Capítulo dieciséis. Shep
Capítulo dieciséis
Shep
—Vale —dijo Anson mientras bajaba la palanca que sujetaba con sus enguantadas manos—. ¿A qué vienen tantos putos silbidos?
Detuve el movimiento a medio camino y dejé la placa de pladur en el aire en lugar de acabar de introducirla en la carretilla.
—¿Estoy silbando?
—Tío, ya has tarareado todos los temazos de los Rolling Stones. Y siento decirte que no te van a pedir que te unas al grupo.
Lo miré con la frente arrugada antes de acabar de introducir la placa.
—Disculpa si estoy de buen humor. No todos somos tan buenos rumiando como tú.
Anson rio por lo bajo.
—Todo es intentarlo y ponerle empeño —contestó.
Le tiré un pedazo pequeño de pladur.
Él se limitó a reír con más brío y lo esquivó.
—Me alegro de que estés contento. Solo quería saber por qué —comentó, haciendo especial énfasis en la pregunta.
Me acerqué a la placa de pladur que Anson acababa de arrancar y la metí en la carretilla.
—Ayer Thea me invitó a cenar dentro.
En cuanto hube pronunciado esas palabras, me sentí como un idiota.
¿Desde cuándo me ponía yo a silbar alegremente porque una mujer me hubiese invitado a cenar en su casa?
Aunque no debería haber dudado de Anson, porque él lo entendía.
Sabía lo que significaba haber sufrido un trauma.
Sabía que podía impedir que alguien disfrutase de su vida al máximo.
Me sonrió como si fuese una de esas muñecas diabólicas.
—Es un gran paso. ¿Cómo fue?
—Bien. —Fue mucho mejor que «bien»—. Estaba nerviosa, pero lo hizo igualmente. Al final también pude echarle una ojeada al baño.
—¿Y qué tal?
—Hay que reformarlo.
Tardaría semanas en arrancar las tablas podridas y asegurarme de que no había moho en ninguna parte, y luego unas cuantas más en cambiarlo todo.
—Menudo marrón.
—Ni que lo digas. Pero pude cambiarle las tuberías afectadas, así que al menos ya vuelve a tener agua corriente.
—Seguro que hay que cambiar las tuberías de toda la casa —musitó Anson.
Yo no quería ni pensar en eso. Detestaba imaginarme a Thea viviendo en una casa que necesitara más reformas de las que ella pudiese gestionar. Pero tendríamos que tomárnoslo con calma. Y, de momento, Thea estaba bien.
—Me ha escrito Trace —me contó él mientras arrancaba otro trozo de pladur.
Lo pillé antes de que cayera.
—¿Ahora sois uña y carne?
—Ya sabes que eso de pasarme demasiado rato con las fuerzas del orden nunca será lo mío.
Eso era quedarse muy pero que muy corto.
—¿Piensas contarme qué quería o la cosa va solo de insinuaciones?
Anson continuó con la siguiente placa.
—Quiere que le haga un perfil a Russ Wheeler.
Me quedé helado. Anoche, cuando me marché de casa de Thea y regresé a la mía, llamé a Trace.
No me gustaba que Russ rondara cerca de Thea en ningún sentido, pero el hecho de que la hubiese acorralado cuando ella salía del trabajo hizo que me resultara más difícil quedarme de brazos cruzados y sin tomar cartas en el asunto.
—Asustó a Thea —le conté agarrando otra placa.
—Eso me dijo Trace. También me comentó que sospecha que ha estado maltratando a su mujer.
Deposité la placa en la carretilla.
—Sí. Los vecinos lo llaman muchísimo. Ha intentado hablar con Raina a solas y ha enviado a mujeres policía para que se abra con ellas, pero la chica no quiere presentar cargos ni hablar del tema. Trace ya no sabe qué más hacer.
Anson se giró hacia mí.
—La ha condicionado para que no hable. Es probable que la haya alejado de cualquier persona con quien tenga una relación mínimamente estrecha. Como solo lo tiene a él, Raina no se arriesgará a perderlo por más que la haga sufrir.
Se me revolvieron las tripas con solo imaginarme a alguien viviendo en esas condiciones, por no hablar ya del hecho de que ese alguien era una persona a quien conocía de toda la vida.
Cuando íbamos a la escuela, Raina estudiaba un par de cursos por debajo del mío, así que no la conocía tan bien como (por desgracia) a Russ.
Ignoraba quiénes eran sus amigos. Lo único que sabía era que, ahora, sus padres se habían mudado a otro estado.
—¿Y Trace te ha preguntado cómo deberías enfocarlo?
Anson asintió.
—Eso y cómo puede pillar a Russ con las manos en la masa.
—¿Alguna genialidad, de momento?
—Todavía no, pero sigo dándole vueltas —respondió Anson.
Me quité uno de los guantes de trabajo y me pasé la mano por la frente.
—Ya que estás, intenta dar con cómo mantenerlo alejado de Thea, ¿quieres?
—Te preocupas por ella.
No fue una pregunta, pero yo contesté igualmente:
—No tengo claro qué le ha pasado, pero no fue nada bueno. Lo último que necesita ahora son las gilipolleces de Russ.
—Te importa muchísimo.
Noté algo dentro de mí. No era algo doloroso, pero tampoco acababa de ser una sensación del todo agradable.
—¿Sinceramente? Sí.
Anson volvió a dibujar esa desquiciada sonrisa a la vez que me daba una palmada en el hombro y me decía:
—Venga. Hora de comer. Vamos a ver a tu chica.
Me gustó demasiado cómo sonaba eso.