Capítulo quince. Thea #2
—¿Me ha llamado «bebé de caja»?
Percibí tal vacío en su tono de voz que me saltaron todas las alarmas.
—Sí —contesté en un susurro.
—Ya lo hacía cuando íbamos a primaria. Y no se ha cansado nunca de ello —murmuró.
Levanté la vista hacia Shep.
—Lo siento. Es tan cruel...
Se encogió de hombros.
—Así es la vida —dijo—. Y tampoco es ninguna mentira. Al final, acabé en una familia increíble.
Sin embargo, algo me decía que Shep no estaba contándomelo todo. Que no estaba compartiendo conmigo lo mucho que le dolía todo esto. Aunque tampoco lo culpaba. Todos tenemos debilidades que no estamos dispuestos a enseñarle al mundo.
—¿Qué más ha dicho?
Desvié la vista hacia un lado.
—Astilla... —insistió.
—Ha dicho que solo me estabas ayudando porque quieres metérmela.
Para mi sorpresa, Shep soltó una carcajada. Y era preciosa. Porque, ahora que lo tenía tan cerca, no solo oí todas las notas de su risa, sino que también las sentí. Y cada vibración viajó directa a mi pecho.
Shep me sonrió.
—Tampoco voy a mentirte y a decirte que no me gustaría recorrerte el cuerpo con las manos, pero si te estoy ayudando es porque puedo y porque tú lo necesitas. Y hace que sienta que... que valgo para algo. Y esto es algo que siempre echo en falta.
Una maraña de emociones estalló en mi interior. Pánico, deseo, preocupación. Me deshice de las dos primeras y clavé los ojos en los de Shep. Levanté una mano y se la coloqué en la mejilla. Su incipiente barba me hizo cosquillas en la palma y un placentero escalofrío recorrió mi cuerpo.
—Vales, Shepard Colson. No hace falta que arregles nada para valer la pena. No hace falta que caves un millón de zanjas o repares metros y metros de tuberías oxidadas. Vales la pena por el simple hecho de ser como eres.
Unas motas doradas centellearon en sus ojos color ámbar cuando Shep clavó la vista en mí.
—Thea... —graznó.
Bajé la mano mientras me separaba de su abrazo a sabiendas de que, como siguiera ahí un segundo más, haría algo de lo que luego no podría retractarme. Algo para lo que sabía que no estaba preparada, por más que quisiera estarlo. Pero podía darle otra cosa.
—¿Por qué no entras? Pondré la comida a calentar y así me ayudas a darles, de comer a los gatos.
A Shep volvió a iluminársele la mirada.
—¿Estás segura? No hace falta que...
—Confío en ti, Shep. Entra.
Se pasó un largo minuto allí, quieto y de pie, esperando a ver si yo cambiaba de opinión. Entre su paciencia y esa amabilidad, una pequeña parte de mí empezó a derretirse. Consciente de ello, me deshice de dicho pensamiento y me acerqué a la bici.
Eso hizo que Shep entrara en acción. Era un caballero hecho y derecho. Me pasó la caja de la panadería y desató el transportín antes de cogerlo. Las crías maullaron y él acarició la parte delantera de la jaula con los dedos, como si quisiera tranquilizarlas.
Por más nerviosa que estuviese, ese gesto también me tranquilizó a mí. Por la simple ternura que emanaba.
Sin embargo, mientras me acercaba a la puerta de entrada, el corazón empezó a latirme con más fuerza.
Me metí la mano en el bolsillo y pesqué las llaves.
Busqué la correspondiente con los dedos temblorosos.
No conseguí introducirla en la cerradura hasta que lo intenté una segunda vez y el pestillo de seguridad emitió un sonido parecido al de una pistola o un cañón; una especie de golpe ensordecedor que solo oí yo.
Dejé la mano en el pomo un segundo, dos, tres. Si lo hacía, no habría vuelta atrás. Pero una parte cada vez mayor de mí me suplicaba que hiciese algo que fuera a cambiar el rumbo de mi realidad. Que empezara a abrirme con más gente. Que me abriese con Shep.
Giré el pomo y abrí la puerta. Cuando hube entrado, le hice señas a Shep para que me siguiera.
—La cerca de los gatitos está al final del pasillo, en el salón.
Shep pasó por delante de mí con unos movimientos lentos y metódicos, dándome todo el tiempo del mundo para que pudiese corregirlo si se adentraba en algún lugar donde no quería que estuviese.
He aquí otro regalo. Cerré la puerta tras de mí y accioné ese gigantesco cerrojo de seguridad al igual que había hecho ya en un millón de ocasiones antes.
La única diferencia era que, ahora, había alguien más aquí, conmigo.
Una mezcla de nervios y expectación hizo que vibrase todo mi cuerpo mientras avanzaba por el pasillo.
Llevé la caja de pastas a la cocina, donde Shep había dejado las bolsas de comida india, y seguí el sonido de los delicados maullidos que procedían del salón.
Me detuve en el umbral y me quedé mirando a Shep, que iba metiendo a cada bolita de pelo en la cerca.
Este hombre era todo ternura y delicadeza.
Lo cual consiguió que me deshiciera de unos cuantos nervios más.
Mientras Shep depositaba a la gatita gris dentro de la cerca, se levantó y se giró hacia mí. No se movió; simplemente me observó en silencio.
—¿Cómo estás?
Me lo quedé mirando durante un largo minuto y luego respondí con sinceridad:
—Bien. —Noté la presión de las lágrimas en los ojos—. No sabía si conseguiría dar nunca este paso.
Una mezcla de emociones atravesó la mirada de Shep, pero hubo una que se afianzó cuando dijo:
—Estoy orgullosísimo de ti, Astilla. ¿Qué te parece si lo celebramos comiendo algo indio?
—Perfecto.
Y lo era.