Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo quince. Thea
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Capítulo quince. Thea

Capítulo quince

Thea

Fui tarareando para mis adentros mientras cogía el transportín de los gatitos con una mano e intentaba aguantar la caja de pastas de la panadería con la otra: productos que habían sobrado en el día de hoy y que serían ideales para los postres.

A lo largo de la última semana, Shep y yo ya habíamos adoptado una especie de rutina.

Él aparecía por mi casa sobre las cuatro, cuando yo ya había regresado de la panadería o del vivero, y siempre traía algo de comida.

Cenábamos en la terraza trasera y él me planteaba preguntas que se ceñían estrictamente al aquí y al ahora.

Procuraba no presionarme nunca y dejaba que compartiese con él solo aquello con lo que me sintiera cómoda. Luego, se ponía a trabajar.

Y resultaba que yo estaba cerca de alguna ventana, desde donde podía pillarlo sin camiseta tras una hora o así. Puuura coincidencia.

Salí de aquella férrea neblina y evité, por los pelos, chocar con el fornido cuerpo de quien tenía justo delante.

—Disculpe —musité.

—Cuidadín, cielo. Si no miras dónde pisas, podrías hacerte daño.

Al oír la zalamera voz de Russ, un escalofrío me recorrió la columna vertebral.

No había vuelto a verlo desde mi visita a Construcciones Castle Rock, como tampoco había coincidido con Raina.

A veces se pasaba días sin poner un pie en La Mezcla, pero nunca había dejado de venir durante más de una semana.

No quería ni pensar en cuál podría ser el motivo de su ausencia.

—Un día largo —dije, y me desplacé rápidamente hacia la izquierda para esquivarlo.

Pero Russ hizo lo mismo a la vez y me cogió la caja de pastas.

—Dame, ya te llevo esto a la bici.

—No hace falta. Ya lo...

—Insisto —me cortó.

Noté cómo me latía el pulso con fuerza. No quería tener a este hombre cerca ni de broma.

Pero tampoco quería empeorar aún más las cosas.

Estábamos en una calle pública a plena luz del día.

Había turistas entrando y saliendo de las tiendas y la gente local estaba disfrutando de los primeros rayos de sol del verano. No me sucedería nada.

Eché a andar hacia la bici, que había atado con candado justo en el lateral del edificio, y no le di las gracias a Russ por esa ayuda que yo no quería.

—Bueno —habló con un tono falsamente liviano—, ¿a quién has contratado para que te arregle la fuga y los daños del agua?

—Lo está revisando Shepard Colson.

Más que verlo, noté cómo el hombre ralentizaba el paso.

—Debe de sobrarte la pasta, pues.

Apreté los dientes.

—Me está haciendo un favor. Su hermana es mi amiga.

Sin faltar a la verdad, de momento, Shep solo me había dejado pagar el coste de los materiales, y sabía que venían con el descuento de constructor incluido. Pero estaba dispuesta a encontrar la forma de compensárselo.

Russ rio por lo bajo.

—Seguro que el bebé de caja solo quiere metértela.

Me giré de golpe hacia él.

—¿Cómo dices?

Russ infló el pecho en una absurda imitación de lo que haría un simio.

—Lo que oyes. No seas estúpida. Está intentando abrirte de piernas. Tú vigila. El bebé de caja es un experto en romper corazones. Pregunta por ahí. Va de chico adorado del pueblo, pero el cabrón es de todo menos eso.

Había tanto que no entendía en ese ataque que no supe ni por dónde empezar, pero una cosa sí que me sorprendió.

—¿El bebé de caja?

Una cruel satisfacción iluminó la mirada de Russ.

—¿No sabes la historia? A Shep lo abandonaron en una de esas cajas que hay en los parques de bomberos. Ni su propia madre lo quiso.

La apremiante necesidad que sentí de pegarle un bofetón al tipo que tenía justo delante de mí fue tal que tuve que morderme la mejilla por dentro para evitar rebajarme a su nivel. En lugar de eso, le arranqué la caja de pastas de las manos con la que me quedaba libre.

—Aléjate de mí. Ya te gustaría ser la mitad de hombre que Shep. Pero no lo serás nunca. Porque eres ruin, maleducado y cruel. Y me atrevería a decir que algo incluso peor.

Russ se quedó estupefacto un segundo, enarcó las cejas sorprendido y luego se burló de mí:

—O sea, que ya te lo estás zumbando. Buena suerte cuando te deje por ahí tirada como el pedazo de basura que claramente eres.

A la que Russ echó a andar calle abajo, un temblor se apoderó de mí. No era más que un acosador, pero yo sabía que, cuando se lo proponían, esta clase de personas podían hacer cosas inconcebibles.

—No pasa nada —les dije a las crías de gato que habían empezado a maullar al oírnos alzar la voz—. Estamos bien.

Levanté el transportín con las manos temblorosas para meter a los animalitos en el remolque que tenía en la parte trasera de la bici.

No conseguí atarlos hasta el tercer intento; luego, coloqué la caja de la panadería delante de los gatos para que las pastas no acabaran muy sacudidas.

Sin embargo, en cuanto pasé una pierna por encima de la bici, me quedé helada.

«¿Cómo sabía Russ que yo iba en bici?».

El trayecto de treinta minutos que tenía hasta casa debería de haberme relajado, pero me lo pasé echando la vista por detrás del hombro cada dos segundos para comprobar que no me siguiera nadie.

A lo mejor Russ me había visto con la bici por el pueblo y ya.

Era lo más probable. Aun así, su crueldad y el hecho de que conociera mis costumbres hicieron que continuase atacada de los nervios.

Me recordó demasiado a Brendan. Alguien que me había sonsacado hasta el más mínimo detalle bajo ese disfraz de persona que me conocía, o con la excusa de la intimidad que compartíamos, y que luego me había apuñalado con dicha información. Clavándomela donde sabía que más me dolería.

Avancé por el camino de grava, esquivando los baches y temblando de los pies a la cabeza. Al distinguir mi casa y la camioneta plateada que había aparcada justo delante, noté cierto escozor en los ojos. Porque sabía que estaba a punto de llegar donde me sentía a salvo.

Hice todo cuanto pude por contener las lágrimas.

Pensé en las flores que quería plantar en el jardín delantero cuando Shep hubiese tapado la zanja.

Pensé en lo que tal vez cultivaría en el invernadero y que le daría a Shep para que se lo llevase a su madre.

Pensé en Alce y en lo mucho que le gustaba jugar en el jardín y mirar cómo trabajaba Shep.

Todo eso me ayudó. Pero no fue suficiente.

Me detuve ante la entrada. Shep ya había echado a andar hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro.

—Hoy he tenido que ir a Roxbury, así que me he decantado por lo indio.

No sé si se convertirá en mi nueva comida favorita, pero he pillado un montón de cosas para probar.

Y me he asegurado de incluir samosas en la lista.

Puede que tengas que volver a recalentar algo, pero...

—Clavó sus ojos en mi cara y la ilusión abandonó su rostro por completo—. ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?

¿Cómo no? Por más que yo hubiese intentado pensar en algo alegre, Shep me caló enseguida.

—Nada. Todo bien.

—Anda ya —gruñó—. Estás temblando como una hoja.

Me llevé las manos a la espalda, como si así pudiese disimular.

—Astilla —susurró—. ¿Qué ha pasado? Por favor...

Lo que me pudo fue ese «por favor». Ese tono suplicante con una pizca desesperada de necesidad. El escozor regresó a mí e intenté pestañear con todas mis fuerzas para deshacerme de esa sensación.

—Es una tontería.

Al oír eso, Shep se movió y se aproximó a mí despacio, aunque también me dejó todo el tiempo del mundo por si quería indicarle que no lo quería cerca. Aunque no me separé; no retrocedí lo más mínimo. Él levantó la mano y me apartó unos mechones de pelo de la cara.

—No es ninguna tontería. No si te afecta de esta manera.

Noté que me latía el corazón con fuerza detrás de la caja torácica. Tenía tantas ganas de contárselo todo a Shep... Pero no podía. Todo eso me avergonzaba demasiado. Sin embargo, seguía queriendo darle algo. Un ínfimo detalle que a lo mejor le ayudaría a comprenderme.

—He tenido un encontronazo con Russ Wheeler.

Shep me acarició el pelo con más energía y soltó un ruido bajo y profundo que se asemejó muchísimo a un gruñido.

—¿Qué ha hecho? —preguntó enfatizando bien cada palabra.

—No me ha tocado —me apresuré a responder—. Solo ha sido... un capullo, supongo. Insensible, cruel. No es por él. No del todo. Es solo que... me ha recordado a alguien. A alguien de quien no quiero acordarme nunca más.

El dolor le atravesó la mirada a Shep.

—Joder —exclamó, me acercó a él y me abrazó.

No es que no me hubiese abrazado nadie en los últimos dos años.

Sutton y Rhodes me daban algún que otro achuchón de vez en cuando, pero no tenían nada que ver con este.

Los brazos de Shep me envolvieron mientras él me apretaba contra su amplio pecho.

Noté todos sus fuertes músculos a mi alrededor y sentí cómo le latía el corazón contra mi barbilla.

Y todo mientras ese aroma a serrín y a cedro me envolvía entera.

Mientras Shep me abrazaba sin dejar entrever intención alguna de soltarme, se me formó un nudo en la garganta. Poco a poco, lo rodeé con los brazos y me aferré a él. Permití que Shep cargase con un poco del peso que durante tanto tiempo había estado soportando sola.

—Te ha herido —señaló Shep con los dientes apretados mientras me acariciaba suavemente el pelo con las manos—. Te ha lastimado de golpe porque es de esa clase de personas. Y ahora tengo ganas de enseñarle lo que es sufrir de verdad.

Me agarré con fuerza a la camiseta blanca de Shep.

—Le he gritado.

Shep se separó muy sutilmente de mí y enarcó una ceja.

—¿Has dado rienda suelta a tus «astillas»?

Fruncí los labios y confesé:

—Ha dicho algunas cosas sobre ti. Me ha irritado.

Shep detuvo el movimiento de sus dedos en mi pelo.

—¿Qué ha dicho? —quiso saber.

Se me secó la boca de repente.

—Da igual... —musité.

Si es que menuda idiota estaba hecha.

—Astilla —me llamó, tirándome con delicadeza del pelo para que volviese a centrar mi atención en él.

Suspiré.

—No sé qué de que te abandonaron cuando eras un bebé. Y de una forma un poco fea.