Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo catorce. Shep #2
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Capítulo catorce. Shep #2

—Ahí te doy la razón. —Levanté la bolsa que sujetaba en la mano—. ¿Qué me dices de comida para llevar de El Fresco?

A Thea le centelleó algo en sus profundos ojos marrones. Satisfacción, por lo visto. Acto seguido, esbozó una titubeante sonrisa en los labios.

—Preparan los mejores aros de cebolla de por aquí —comentó—. He intentado copiárselos en casa, pero siempre me falla algo para conseguir su sabor.

—Bueno, pues me alegra decirte que en esta bolsa hay aros de cebolla.

Su titubeante sonrisa se convirtió en una de verdad.

—Un segundo. Voy a cerrar el agua de la manguera.

Estaba a punto de decirle que ya me ocupaba yo, pero Thea ya había echado a correr hacia el invernadero.

Así que me dirigí a la terraza trasera, donde habíamos cenado la noche anterior.

Alce me miró con recelo a medida que yo me iba acercando.

Y entonces vi que llevaba un arnés puesto, atado a una correa que, a su vez, estaba atada a una estaca que había clavada en el suelo.

—No confía en ti para que te pasees a tus anchas, ¿eh?

El animal me bufó.

—Oye, colega, que quien te ha puesto el arnés no soy yo.

Alce plantó el culo en el suelo y procedió a lamerse la pata y limpiarse la cara. Hay que ver lo rara que era esa bestia gatuna mutante.

Deposité las bebidas y la bolsa llena de comida en el suelo y aparté todo lo demás para que Thea pudiese elegir primero.

Como no sabía qué le gustaba, había pedido un poco de todo.

Había un sándwich club, una hamburguesa de queso, un sándwich Reuben y uno de ternera troceada con queso.

Y luego estaban los acompañamientos: patatas fritas normales, aros de cebolla, chips de boniato y tater tots .

—¿Les ha quedado algo de comida en El Fresco? —preguntó Thea, contemplando todo lo que había traído.

Me erguí y me metí las manos en los bolsillos.

—No sabía qué te gustaba.

—¿Y por eso has comprado todo lo que tenían en la carta?

Reí.

—Ni de lejos —contesté.

A Thea se le soltó un mechón de pelo de la trenza en la que se había recogido toda su cabellera y levantó la vista hacia mí.

—No hacía falta que hicieras todo esto...

—Quería hacerlo. No estará tan rico como tus creaciones, pero es que yo no tengo la mano que tienen algunos de mis hermanos para la cocina. —Vi cómo volvía a centrar su atención en la comida con una especie de anhelo en el rostro—. Elige tú primero. A mí me gusta todo.

Inspeccionó los recipientes con cuidado y, acto seguido, se agachó y se decantó por la hamburguesa de queso. Tomé nota mentalmente.

—Hay batidos de chocolate, vainilla y fresa. Y Coca-Cola —añadí.

Thea se acomodó en un escalón de la terraza y cogió el batido de chocolate. A continuación, posó la vista en mí.

—Gracias. No suelo pedir comida para llevar, así que esto es un lujo.

Se me revolvieron las tripas porque tuve la sensación de que si no lo hacía era por motivos económicos. Y enseguida supe que le iría trayendo comida de tantos sitios de la zona como pudiera. Alargué el brazo, pillé el bocadillo de ternera con queso y me lo apoyé en el regazo.

—No hay de qué.

Thea le dio un mordisco a la hamburguesa y cerró los ojos. No hizo sonido alguno, pero su expresión lo dijo todo. Su rostro era puro placer. Y yo no pude evitar imaginármela con esa misma expresión en todo tipo de circunstancias distintas.

«Dios...».

Carraspeé en un intento por deshacerme de cualquier pensamiento similar.

—Bueno —dije tratando de distraerme—, ¿qué te gusta y qué no te gusta en cuanto a comida? Sorpréndeme.

Thea sonrió mientras cogía el batido.

—Me gustan la hamburguesa de queso, todo lo que sea comida italiana, el falafel y las samosas indias.

Enarqué las cejas.

—Conque falafel, ¿eh? No sé yo si tenemos de eso por aquí...

Thea rio y ese sonido fue directo a mi corazón.

—Por desgracia, a Sparrow Falls le faltan lugares de comida india y mediterránea —opinó—. Aunque, de hecho, hay un indio en Roxbury que está muy bien.

—No tenía ni idea.

—Si alguna vez vas por allí, merece la pena probarlo.

Roxbury era un pueblo más grande que Sparrow Falls y que quedaba a unos treinta minutos de aquí. Yo iba en alguna que otra ocasión, si necesitaba material especial para algún proyecto.

—¿Y qué hay de lo que no te gusta? —me interesé.

Thea repiqueteó en el vaso con sus largos y delgados dedos.

—Los crustáceos y el melón. Creo que es por una cuestión de consistencia en ambos casos.

—Te lo compro —coincidí.

Tras un segundo de silencio, me preguntó:

—¿Y a ti?

Resultaba patético lo feliz que me puse al comprobar que me planteaba una simple pregunta.

—Me gustan el filete, el estofado de salchicha con huevos de mi madre y el poke cake de chocolate con crema de cacahuete de Rho. Detesto las chirivías, el pastel de zanahoria y la remolacha.

Thea arrugó los labios.

—¿Qué te han hecho a ti los tubérculos?

—A lo mejor es que deberían quedarse plantados bajo tierra.

Mi respuesta le sacó una risa a Thea y ese sonido me sentó como si acabasen de darme un maldito trofeo.

—Te lo compro. Voy a tener que pedirle a Rho que me pase la receta del poke cake de chocolate con crema de cacahuete. Tiene buena pinta.

—Está espectacular.

Seguimos comiendo sumidos en un agradable silencio.

De vez en cuando nos hacíamos alguna que otra pregunta general, nada que requiriese pensar demasiado ni que fuese a despertar a nuestros fantasmas.

Aun así, seguía siendo la mejor no cita que había tenido en años.

El hecho de que fuese tan fácil resultaba agradable.

Cuando hubimos terminado, empujé las cajas que tenían comida hacia ella.

—¿Por qué no te quedas tú lo que ha sobrado? Si lo dejo en la camioneta, se estropeará.

—Lo guardaré en la nevera, pero luego te lo llevas tú a casa. Y más si no te gusta cocinar.

Intenté pensar en la mejor forma de encauzar la conversación para que se lo quedase ella. No podía hacer demasiado por arreglar lo que fuera que le estuviese ocurriendo a Thea, pero aquí sí podía hacer algo.

—¿Y si nos lo repartimos? Ni tú ni yo nos lo acabaremos todo ni de broma.

Thea me miró con una ceja enarcada.

—¿Y de quién es la culpa, señor Pido-la-carta-entera?

Sonreí.

—Me cuesta mantener los impulsos a raya. —Me apresuré a guardar la comida que había sobrado en la bolsa y se la pasé—. Toma. Voy a seguir con la zanja. Debería poder revisar la tubería entera esta noche.

Thea se colocó la bolsa alrededor de los dedos y la hizo girar, apretándola cada vez más. Aun así, no hizo ademán de marcharse hacia dentro.

Sentí cierta pesadez en el estómago.

—No hay prisa, Astilla. No voy a poner un pie ahí dentro hasta que tú no estés lista.

Clavó sus ojos marrones en mí.

—¿Por qué estás siendo tan agradable conmigo?

Lo preguntó con cierto tono de sospecha en la voz y supe que, si no le decía la verdad ahora (pero absolutamente toda la verdad), perdería cualquier oportunidad con Thea.

Tanto de tener una amistad con ella como de algo más.

Thea necesitaba saber que no le ocultaría nada. Que no le mentiría. Así que me explayé:

—Me gustas. Incluso cuando adoptabas esa personalidad arisca de narices; lo admiraba.

Tienes algo real. Una especie de sinceridad que ya no suele verse muy a menudo.

Y eres amable. Puede que intentes esconderte bajo esas astillas que tanto te gustan a ti, pero he visto lo atenta que eres.

Y el hecho de que no vayas pavoneándote de eso por ahí lo realza aún más.

Preferirías que nadie te viera echándole un cable al resto. Por eso.

—Ah —exclamó ella separando un poco los labios para dejar salir aquella interjección.

Me levanté y me llevé la Coca-Cola conmigo.

—Y eres guapísima, que también ayuda.

Dicho eso, me alejé.