Capítulo catorce. Shep
Capítulo catorce
Shep
Anson levantó la vista hacia la antigua finca y silbó.
—Con esta sí que te has marcado un buen reto.
—Tampoco está tan mal como la casa de estilo victoriano de Rho —me defendí.
Anson sacudió la cabeza y echó a andar por el lateral de la construcción.
—Igual no, pero es más grande y vamos a tener que hacerlo casi todo tú y yo solos —señaló.
Iríamos mucho más deprisa si pudiéramos destinar a todo un equipo a esto, pero teníamos muchísimos más proyectos y ser el jefe de Construcciones Colson significaba que debía tomar las decisiones que más beneficiaran a la empresa en sí.
No podía atrasar el trabajo de otra persona porque quisiera tener a más gente trabajando en un proyecto personal, y menos cuando uno de dichos proyectos era la casa de mi hermana.
Lo mejor que podía hacer era contar con Anson, que ya era mucho porque mi amigo trabajaba de maravilla y su atención al detalle no tenía parangón.
Le vendría de ser perfilador. Como había trabajado para el FBI y le había tocado comprender mentes trastornadas, ahora Anson estaba atento al más mínimo detalle.
Lo cual venía bien para la construcción.
—Que sea más grande solo significa que así aumentará su valor.
Sin embargo, en el mismo instante en que las palabras salieron de mi boca, dudé que fuera cierto. Esta antigua casa tenía algo que llamaba mi atención. Y la belleza del silencioso entorno que la rodeaba me hacía sentir en paz.
—Cierto —afirmó Anson estudiando la edificación—. ¿Tienes ya alguna oferta oficial para la de estilo Craftsman?
Asentí.
—Más de lo que pedía. Cerraremos la venta la semana que viene. Además, Jennie ha conseguido que pospongan la mudanza hasta dentro de dos semanas. Debería de bastarme para encontrar algo.
Anson guardó silencio un minuto antes de girarse y confesarme:
—Están preocupados por ti.
Me puse tenso.
—No es por mí por quien deberían preocuparse.
Él se encogió de hombros.
—Puede, o puede que no, pero el caso es que se preocupan. Porque les importas —añadió marcando bien la última palabra.
—¿Sabes una cosa? —musité—. Creo que me caías mejor cuando te negabas a hablar con nadie.
Anson soltó una carcajada. Ese simple hecho fue indicio suficiente de lo mucho que había cambiado a lo largo de los últimos meses. De lo mucho que Rhodes lo había cambiado.
—Quien siempre quería hablar de mis sentimientos eras tú. ¿Qué opinas ahora que le hemos dado la vuelta a la tortilla?
—Que es una mierda. Gracias —murmuré.
Me sonó el móvil y bajé la vista hacia la pantalla.
Mara: Tengo dos entradas para el Festival de Diseño de Roxbury del finde que viene. Quieres venir conmigo?
Arrugué la frente sin apartar la vista del aparato. A pesar de que Mara sabía bastante sobre el sector de la construcción porque trabajaba en una ferretería, cuando me ponía a hablar de diseños arquitectónicos, la chica se aburría. Apechugaba con ello porque quería complacerme, pero fingía de pena.
—¿A qué viene esa cara? —se interesó Anson—. Cualquiera diría que acaban de tirarte basura podrida en la pantalla del móvil.
Suspiré y giré el teléfono hacia él.
—Mara —lo informé.
Anson movió la cabeza y respondió:
—¿Fuiste claro cuando le dijiste que se había terminado?
Miré a mi amigo con el ceño fruncido.
—Por supuesto que sí.
Levantó ambas manos.
—Yo solo digo que a veces no eres lo suficientemente claro porque no quieres hacer daño a los demás. Es mejor hacer daño de buenas a primeras y así evitar futuras agonías.
—Pero ¿tú quién eres? ¿El Yoda de Sparrow Falls? —espeté—. Le dije que la quería solo como amiga y que creía que debíamos dejarlo ahí.
Anson asintió.
—Pues sí que fuiste suficientemente claro. Pero, si aún te pide estas cosas, tiene pinta de que necesita que se lo dejes más claro todavía.
Fulminé el móvil con la mirada, pero sabía que Anson tenía razón. Mara y yo lo habíamos dejado a principios de primavera y ella seguía intentando encontrar cualquier ocasión para que nos viéramos, por más que hubiese ignorado mensajes anteriores suyos.
Yo: Gracias por la oferta, pero creo que es mejor que no pasemos más tiempo juntos a solas. No quiero darte falsas esperanzas. Me pareces una chica increíble, pero no veo que tengamos futuro
En cuanto le di a enviar, vi que aparecían tres puntitos en pantalla. Luego, desaparecieron. Y volvieron a aparecer.
Mara: Qué pena que lo veas así. Sobre todo, después de la cantidad de cosas que hemos compartido. Pero bueno, ya paro
Hice una mueca.
—Ufff... —musitó Anson, que estaba leyendo los wasaps por encima de mi hombro.
Lo aparté de un golpe.
—Eres un cotilla...
—Oye, que el primero me lo has enseñado tú.
Ahí llevaba razón, pero yo no quería pensar en Mara ni en su chantaje emocional.
—Venga, que me gustaría que vieses la parte de atrás. Estoy pensando en construir una piscina.
Anson soltó otro discreto silbido.
—Estás yendo a por lo mejor de lo mejor con esta casa.
—Creo que le pega —afirmé.
No siempre iba a buscar el lujo absoluto en todo.
Dejaba que fueran las casas y el terreno los que guiaran la reforma.
Nunca había sido de esos constructores que instalaban una mansión de esas gigantescas en un terreno de mil metros cuadrados.
Ahora bien, ¿en esta propiedad? Aquí pegaba. El lujo podía encajar en este terreno.
—Dios... —soltó Anson cuando avanzamos por la esquina de la construcción y contempló el jardín trasero y la superficie que lo rodeaba—. Si Rho y yo no fuéramos a mudarnos a la casa victoriana, te haría una oferta para esta.
Al oír las palabras de Anson, me puse muy nervioso porque no tenía del todo claro si quería desprenderme de esta casa.
—Por lo menos tú compartes mi visión. Creo que la piscina irá aquí. —Además, el maravilloso jardín de Thea en el que estuve ayer me dio unas cuantas ideas—. Con piedras naturales sin pulir para que parezca más un estanque que una piscina.
—Quedará genial. Podrías ponerle uno de esos sistemas de agua que simulan una minicascada.
Mientras Anson lo decía, yo ya lo iba visualizando. Sería algo que evocase un arroyo que baja hasta una laguna.
—Me gusta —confesé.
Él se giró hacia mí.
—¿Y de dónde narices vas a sacar el tiempo para llevar a cabo todo esto? Rho me ha comentado que también estás echándole un cable a Thea.
Me angustié y tuve que obligarme a relajar los músculos en cuanto lo oí pronunciar su nombre. Aunque pensaba tantísimas veces en ella que ya había perdido la cuenta. En su absurdo mono y en ese gato del tamaño de un león. En el increíble bocadillo que había preparado y en su cauta amabilidad.
—Espero que sea algo rapidillo —mentí.
Anson sonrió.
—Sí, seguro... Te está dando la oportunidad de que puedas camelarte a la única mujer que te ha rechazado en diez años. Tú lo que esperas es que ese trabajo dure hasta Navidad.
Fui incapaz de contenerme y se me escapó la risa.
—Vale, sí, me gusta tener la oportunidad de poder conocerla.
Se me quedó mirando largo y tendido.
—¿Y qué has descubierto? —preguntó.
No me sorprendió que Anson sintiera curiosidad. Le resultaba imposible ignorar aquella faceta de perfilador que lo instaba a analizar hasta el más mínimo detalle de cualquiera. Sobre todo, si la persona en cuestión era un tanto misteriosa.
Medité bien las palabras y me planteé si hablarle de Thea sería sinónimo de traicionarla. Pero Anson era una tumba y, además, sabía que él y Rho seguramente ya habrían sacado a colación el tema.
—Le han hecho daño. Eso lo tengo clarísimo.
Anson adoptó una expresión glacial. Al trabajar en el FBI, había visto cosas terribles, pero sentía especial odio por quienes hacían daño a las mujeres.
—No sé cómo, pero la idea de tenerme en su casa la agobió a más no poder. De momento, solo he podido trabajar fuera.
Anson analizó las palabras y las fue filtrando mentalmente.
—Da igual de qué forma le hayan hecho daño. Ahora, necesitará tener el control. Debes dejar que sea ella quien tome las riendas de la situación. Si te pone un límite, no lo cruces.
Asentí.
—No he insistido —le aseguré—. Pero no sé qué hacer para que confíe en mí.
Anson me miró fijamente a los ojos y dijo:
—Dale tiempo y sé vulnerable con ella. A lo mejor así aúna la valentía suficiente como para ser vulnerable contigo ella también.
La camioneta fue rebotando por el camino de gravilla que llevaba a la casa de Thea. No pude evitar preguntarme si aquel camino era privado o si pertenecía a la jurisdicción del condado. Necesitaba una reparación urgente. Lo añadí a mi lista de cosas por comprobar.
Al girar en la curva, atisbé un destello de pelo marrón. Thea se irguió y agarró la manguera con más fuerza mientras continuaba regando el jardín de la entrada. Esa manguera que sabía que había tenido que arrastrar desde el invernadero.
La molestia se sumó a la frustración que me corría por las venas. Tenía que encontrar el punto exacto de donde procedía la fuga para que Thea volviese a tener agua en casa.
Se me quedó mirando mientras me acercaba; no obstante, en cuanto pudo confirmar que quien estaba detrás del volante era yo, capté que se le destensaban un poco los músculos. Y aquel leve gesto hizo que me sintiera como si acabase de tocarme la puñetera lotería.
Mientras aproximaba el coche a esa zona de aparcamiento improvisado que tenía delante de la casa, me fijé en Alce, que perseguía un insecto en la hierba.
No pude evitar sacudir la cabeza. Estaba convencido de que, si alguien tomaba a ese animal como sujeto de estudio, descubriría que se trataba de una mutación mestiza y no de un gato.
Aparqué, apagué el motor y agarré la bolsa y el portavasos que había dejado justo al lado. Me maldije por no haberle preguntado a Thea anoche qué le gustaba de comer, pero, gracias a esos sándwiches de pavo, por lo menos sabía que no era vegetariana.
Bajé de la camioneta y caminé hacia ella.
—El jardín tiene buen aspecto. Bueno, menos por la zanja que he cavado yo.
Dibujó una sonrisa con sus carnosos labios y contestó:
—Volver a poner la tierra en su sitio es mucho más fácil que sacarla.