Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo trece. Thea #2
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Capítulo trece. Thea #2

No podía ni imaginarme cómo debía de ser tener a un padre que sacara tiempo para enseñarte algo tan complejo como construir algo.

El mío casi nunca había estado presente.

Y, cuando sí lo estaba, casi siempre se peleaba a grito pelado con mi madre y acababan haciendo que los vecinos llamasen a la policía y que esta se personara en nuestro pequeño apartamento de North Hollywood.

Aunque yo nunca había oído a Rhodes hablar de su padre de acogida, de modo que me pregunté qué le habría pasado.

—Compartir algo así tiene que ser muy especial.

Shep asintió y le dio un sorbo a la limonada.

—Supo que yo necesitaba resolver mis problemas de forma activa, así que me proporcionó las herramientas para hacerlo.

A veces, acabábamos hablando del tema en cuestión.

Otras, el simple hecho de ponerme manos a la obra me ayudaba a solucionarlo solo.

A día de hoy, hay ocasiones en las que estoy trabajando y todavía oigo su voz.

Agarré la botella con fuerza.

—¿Falleció?

Shep hizo un esfuerzo al tragar saliva.

—Sufrió un accidente de tráfico cuando yo tenía diecisiete años. Fallon y Cope sobrevivieron, pero mi padre y mi hermano Jacob no salieron con vida.

Me puse tensa de los pies a la cabeza, como si algo me estuviese estrujando el cuerpo entero. No podía ni imaginarme lo que tenía que ser perder a un padre y a un hermano a la vez. En comparación con esto, mis problemas no eran para tanto.

—Lo siento —dije en voz baja.

Esas dos palabras no servían de nada, pero eran todo cuanto podía ofrecerle.

Shep fijó sus ojos color ámbar en los míos.

—Gracias —respondió.

Tuve que apartarle la mirada. Era demasiado intensa. Shep estaba dejándome entrever demasiado y eso hacía que yo quisiera desvelarle todos mis secretos. Bajé la vista hacia mi plato y jugueteé con una patata.

Shep se movió y, con el rabillo del ojo, vi cómo le daba un mordisco al sándwich. El gruñido que se le escapó hizo que se me avivara el cuerpo entero y me erguí ante su atención. Ese sonido me envolvió cual onda vibratoria y no tuve más remedio que mirarlo a la cara. Hacia sus labios.

—Santo cielo, Astilla. Esto es lo más bueno que he probado en la vida. Y mira que en la familia tenemos a más de un buen chef.

Noté que me subía el calor a las mejillas, pero esta vez no fue por vergüenza sino por placer.

Hacía tantísimo tiempo que no le preparaba algo a alguien...

Tiempo atrás, solía cocinarle a Nikki cada semana y organizaba unas cenas épicas con un montón de amigos en mi apartamento.

Antes de que estos me diesen la espalda.

Me deshice de aquel pensamiento y me centré en lo positivo del aquí y el ahora. Me focalicé en lo mucho que a Shep le gustaba mi creación culinaria.

—Me encanta inventarme recetas. Es una especie de reto divertido. Cojo cualquier cosa que tenga a mano, en el invernadero, y me pongo en modo científica pirada.

Shep se giró justo al mismo tiempo en que yo señalaba la estructura con la cabeza. Silbó por lo bajini y dijo:

—La que tienes montada allí.

—Siempre me ha gustado ir a comprar a los mercados de agricultores, pero nunca había intentado plantar nada, aparte de albahaca, hasta que llegué aquí, a Sparrow Falls.

Shep abrió el bocadillo y estudió los ingredientes.

—¿La rúcula es tuya?

Asentí.

—Y el ajo para el alioli. Y la cebolla.

Shep se limitó a mover la cabeza.

—Mi madre tiene un huerto donde planta unas cuantas verduras —me contó—, pero esto le pasa la mano por la cara. Le encantaría verlo.

Agarré la limonada con más fuerza. Bastante estresante era ya tener a Shep aquí. ¿Que viniese otra persona a quien yo no conocía de nada? Lo más probable era que me volviese majara.

—Astilla —me llamó, y desvié la vista de golpe hacia él—.

No estaba invitándola para que viniese a tomar un cóctel y caviar.

Solo me refería a que le encantaría y que valoraría mucho toda la dedicación que has puesto en este invernadero porque la he visto haciendo algo parecido pero en una versión mucho más reducida.

Bajé la vista hacia Alce, que estaba restregando la espalda en la hierba, atacando las hojas.

—Perdona.

—No tienes que disculparte por absolutamente nada. Esta es tu casa. Aquí mandas tú.

El escozor regresó a mí y las lágrimas se me fueron acumulando detrás de los ojos, ejerciendo presión. Por culpa de la frustración y del bochorno. No quería ser así. Y, sin embargo, no sabía cómo parar.

Shep me cubrió la mano con la suya. Lo hizo con delicadeza, pero yo me agité por igual. A lo largo de los últimos dos años, las dos únicas personas que me habían tocado, así, en general, habían sido Sutton y Rhodes. Esto era algo totalmente distinto.

Noté los callos de la palma de Shep acariciándome la mano, que era más suave que la suya. Su calor me atravesó la piel. Era igual que notar el calor del sol, solo que ahora dicha sensación procedía de su roce. Levanté la vista de golpe y, en su mirada, solo encontré empatía y amabilidad.

—Todos hacemos lo que sea con tal de seguir adelante. Nunca voy a juzgarte por lo que sea que te ayude a sentir que estás a salvo.

Clavé los ojos en los suyos de color ámbar y supe que Shep estaba diciendo la verdad. Pero, por primera vez en dos años, deseé no necesitar todas aquellas medidas de seguridad y todos esos muros para mantener a los demás lejos de mí. Porque, por más arriesgado que fuera, con Shep sí quería abrirme.