Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo trece. Thea
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Capítulo trece. Thea

Capítulo trece

Thea

¿Qué diablos estaba haciendo? Ser una estúpida colosal, eso estaba haciendo.

Alce se subió de un salto al taburete que había al lado de la encimera y me pegó un manotazo en el brazo con la pata, como si quisiera darme la razón.

—Ya sé que soy idiota —le dije—. No hace falta que tú también me lo recuerdes.

Soltó uno de sus melodiosos maullidos a modo de respuesta.

Le tiré un trozo de pavo. No tenía reparo alguno en sobornarlo para que no me tocara las narices.

Di de comer a los gatitos y los mimé un poquito a todos, con calma. Luego, limpié la cerca. Eran minúsculos, pero hay que ver cómo la liaban.

Cuando hube acabado, hice lo propio con la cocina. A estas alturas, mi encimera seguramente podría servir de mesa de operaciones. Al terminar, eché una ojeada rápida por la ventana delantera y me arrepentí nada más hube separado las cortinas.

A lo largo de esa hora, en algún momento mientras yo fregaba la casa, Shep se había quitado la camiseta. Ahora, dicha prenda blanca colgaba del lateral de su camioneta en lugar de estar cumpliendo su función: cubrirle el cuerpo a Shep. «Menudos bíceps, colega».

Al verlo trabajar, una ola de calor me recorrió entera. Se le marcaban y tensaban los músculos mientras él clavaba la pala en la tierra para arrancarla e ir echándola a un montón, y una pátina de sudor hacía que dichos músculos le resplandecieran bajo la luz del atardecer.

Me apresuré a pasar las cortinas de nuevo, pero no sirvió de nada. Aquella imagen se me quedaría grabada a fuego en la memoria para toda la eternidad.

Como tenía que encontrar algo más con lo que mantenerme ocupada, me dispuse a preparar la cena.

Me dije que era una simple cuestión de cortesía, pero sabía que no era verdad.

Quería tener más tiempo para disfrutar de la amabilidad de Shep, de la luz que desprendía.

Porque ese hombre tenía algo que conseguía que volviera a sentirme viva por primera vez desde hacía dos años.

Así que aquí estaba yo: intentando dar con el mejor sándwich del mundo.

Robé la idea de la carta de La Mezcla y le di un toque personal.

Dos rebanadas de pan de aceitunas que había hecho yo misma, alioli, pavo ahumado, el cheddar más fuerte que encontré y rúcula.

Luego, le añadí un poco de cebolla caramelizada.

Corté los bocadillos en dos, los puse en unos platos y saqué una bolsa de patatas fritas caseras que había preparado anoche, cuando estaba estresada. La pimienta molida y la sal que les eché por encima les habían dado el toque que las convertiría en el acompañamiento ideal.

Alce volvió a darme un golpe en el brazo con la pata.

Lo miré con segundas, a modo de advertencia.

—No seas maleducado. Tú ya has comido más que suficiente.

Me ladró. Porque ¿cómo no? Yo había dado con el único gato que ladraba en todo el mundo. A ver, en realidad era más bien una especie de grito agudo, pero igualmente. Absurdo a rabiar.

Suspiré.

—¿Quieres venir conmigo?

El gato maulló por toda respuesta.

—Vale, ve a por el arnés.

Puede que Alce fuese la distracción que necesitaba para volver a encontrarme cara a cara con Shep.

Al cabo de un segundo, mi gato regresó a la cocina a toda prisa y con el arnés en la boca.

Me agaché y me apresuré a ponérselo antes de pillar las dos botellas de cristal reutilizables que había llenado de limonada y metérmelas en el bolsillo delantero del mono.

Me pasé la correa por la muñeca, cogí los platos y eché a andar hacia la puerta. Me costó un poco hacer malabares para abrir sin que se escapara Alce, pero al final lo conseguí. Salí fuera, donde sabía que ya casi no quedaba luz natural.

Antes de que pudiese verlo, noté los ojos de Shep puestos en mí. La calidez de su mirada era distinta a la de cualquier otra persona. Cuando alguien más me miraba, notaba un escalofrío, pero con Shep no me ocurría eso. Con él notaba una especie de calor sutil y ahumado.

Les ordené a mis piernas que echaran a andar y acortaran la distancia que nos separaba mientras yo buscaba la fuente de dicho calor.

Shep tenía sus ojos color ámbar fijos en mí y su expresión, aunque ilegible, seguía siendo cálida.

Me examinó la cara con la mirada antes de bajarla un poco y detenerla un segundo en las bebidas y la comida.

Cuando reparó en Alce, se quedó de piedra.

—¿Qué narices es la cosa esta?

Fue justo lo que necesitaba yo. Se me escapó una carcajada.

—Se llama Alce.

—Debería llamarse Bestia —opinó él, sin dejar de mirarlo.

Alce bufó a modo de respuesta y Shep arqueó las cejas de golpe.

—¿En serio?

Le sonreí y le dije:

—Alce puede ser un poquito delicado y es consciente de cuando alguien habla de él.

Shep volvió a mirarme a la cara con ese calor ahumado bien presente.

—¿Qué traes ahí?

De pronto, me sentí un tanto inquieta. Avergonzada por haberle preparado algo de comer a un hombre sin preguntarle primero si tenía hambre siquiera.

Por lo visto, Shep se percató de mi incomodidad.

—¿Astilla?

Volví a centrar mi atención en él.

—He pensado que igual tendrías hambre.

La sonrisa que se le dibujó en el rostro fue como un intenso rayo de sol. Era pura luz y calidez. Y me envolvió entera, abriéndose paso en mi interior e iluminando partes de mí que llevaban muchísimo tiempo a oscuras.

—Has pensado bien. —Desvió la vista hacia la camioneta—. Déjame que me ponga algo encima.

No esperó a que le respondiera; simplemente echó a correr hacia el vehículo para pillar la camiseta. Aun así, yo no pude apartar la mirada de sus músculos, que se le movían y se le tensaban bajo el dorado brillo del sol.

Alce me dio un golpe en la pierna con la pata y me agaché hacia el animal, susurrándole al oído:

—Mirar nunca le ha hecho daño a nadie.

Mi gato se limitó a maullar en señal de respuesta.

—Trae, ya cojo yo los platos. Me da a mí que necesitarás tener las dos manos libres para la bestia esta —comentó Shep frunciendo los labios.

—Toma —dije con un tono algo más ligero en la voz.

—¿Dónde podemos sentarnos a comer? —quiso saber él.

No había pensado tanto. Y ahora me arrepentía de ello. Sabía que si lo invitaba a pasar dentro tendría que vérmelas con el pánico en todo momento, pero en la terraza trasera solo tenía una única chaise longue .

—Astilla —me llamó con delicadeza—, no vamos a ir dentro, así que descarta esa idea. Voy de tierra hasta las orejas; por mí, encantado de que nos sentemos aquí mismo. Pero quiero que nos pongamos donde tú te sientas cómoda.

Sus palabras me dolieron. Eran tan increíblemente amables y comprensivas... Mi interior se convirtió en el campo de batalla de un montón de emociones: vergüenza, alegría, alivio...

—La terraza trasera —grazné—. Podemos sentarnos en los escalones.

Shep volvió a sonreír. La luz del sol aniquiló las sombras que me nublaban la mente.

—Perfecto —dijo, a la vez que echaba a andar, no en plan rápido pero sí rumbo al sitio que yo acababa de mencionar.

La terraza, que era más nueva que el resto de la casa, tenía unos peldaños anchos que nos sirvieron tanto de mesa como de sillas. Shep esperó a que me hubiese acomodado yo para luego sentarse él, dejando un poco de distancia entre los dos.

Me mordisqueé el interior de la mejilla antes de hablar.

—No te tengo miedo. No en ese sentido.

Fue una estupidez por mi parte compartir esa información con él. Darle algo. Porque así solo conseguiría que me hiciera más preguntas. Cuestiones a las que yo no podría o no querría contestar. Pero es que no soportaba imaginarme a Shep creyendo que le tenía miedo.

Se le iluminó la mirada y, acto seguido, sonrió levemente.

—A lo mejor soy yo, que le tengo miedo a esa bestia.

Alce soltó un maullido grave, como si quisiera decir: «Pues sí, deberías».

—Normal. Aterra un poco —reconocí.

Sin embargo, Shep se me acercó sutilmente; lo bastante como para que nuestros platos se tocaran. Guardó silencio un momento antes de decir:

—Me gustaría conocerte. Considero que nos ayudaría mucho a los dos, pero no quiero preguntarte nada que te incomode. ¿Crees que puedes darme alguna pista?

Noté que se me formaba un nudo en el estómago; si ya me costaba respirar, mejor no hablemos de articular palabras. Admiraba lo directo que era, que no se anduviera por las ramas.

—Cíñete a preguntas del presente.

Shep observó mi cara en silencio, buscando el motivo que se escondía detrás de mi petición, pero no me preguntó el porqué. En lugar de eso, hizo lo que le había pedido.

—Flor favorita de tu jardín.

La tensión me abandonó el cuerpo.

—Las peonías.

Señalé las plantas que habían crecido con más fuerza de la que habría esperado. Eran de tonos rosados y de color melocotón. Una belleza infinita.

—Espectaculares, lo son un rato, sí.

Su halago me aportó cierta calidez.

—Y atraen a los colibríes —comenté.

Shep volvió a centrar su atención en mí mientras interiorizaba mis palabras.

—También tienes muchos comederos —señaló.

Asentí.

—Es que tienen algo. Y no me refiero solo a que sean bonitos. Son diminutos pero fuertes. Y unos escapistas muy hábiles.

Permaneció en silencio durante un minuto bien largo y ahí supe que le había proporcionado demasiada información. Pero fue como si Shep también lo hubiese entendido. Apartó la vista de mí y la desvió hacia el jardín.

—Tienes buena mano para las plantas. No cabe duda.

La satisfacción se adueñó de mí y me obligué a dejar de apretar los puños.

—Ahora. Al principio, se me murieron muchísimas. Pero después de seis meses intentándolo, les he pillado el tranquillo.

—Se aprende mucho más a base de intentarlo que leyendo o asistiendo a clases.

Estudié a Shep un segundo.

—¿Así es como aprendiste tú a construir casas?

Asintió y se recostó sobre un codo.

—En gran parte. Estudié Empresariales en la universidad e hice unas cuantas clases de diseño y arquitectura. Y, durante esos cuatro años, trabajé en una empresa local a media jornada. Pero, lo básico, lo aprendí de mi padre.