Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo doce. Shep
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Capítulo doce. Shep

Capítulo doce

Shep

Tenía ganas de pegarle una buena hostia a algo. No, de pegarle una buena hostia a alguien. Y ese «alguien» era quienquiera que fuese el culpable de que Thea tuviese tantísimo miedo. Aunque no era solo miedo. Era terror.

Me miró y pestañeó en un desesperado intento por contener las lágrimas.

—Estando sola es donde estoy a salvo.

Sus palabras me dolieron e incluso dejaron marca a su paso.

—«Estar sola» no es un lugar. Es una forma de vivir. Y nadie puede vivir así para siempre. No hay persona sobre la faz de la Tierra que no necesite a más gente. Necesitamos compartir lo que nos pesa con alguien.

Noté que algo tiraba de mí en mi interior. Una súplica para que yo fuese ese «alguien».

Thea se me quedó mirando durante un largo minuto, estudiándome con sus profundos ojos marrones.

Porque Thea era así. Miraba como nadie lo hacía.

Guardaba silencio para poder apreciarlo todo bien, de verdad.

La había visto haciéndolo en un sinfín de ocasiones en la panadería, donde se tomaba su tiempo al atender a una señora de la tercera edad que iba allí cada día porque su familia vivía lejos y se sentía sola.

O agachándose delante del expositor de pastas al lado de una niña pequeña para ayudarla a escoger entre todos aquellos deliciosos cupcakes .

Ahora, en cambio, se estaba tomando ese tiempo conmigo. Fijó su profunda y avispada mirada en mí y me analizó en silencio antes de decir nada. Cuando por fin habló, no me sorprendió que sus palabras me sentaran como una patada en el estómago.

—¿Tú también compartes ese peso, Shepard?

No las pronunció en un tono ni alto ni bajo, pero me dolieron igual.

Por lo general, detestaba que la gente usara mi nombre completo. Era demasiado largo. Demasiado formal. Shepard , pastor en inglés; acarreaba demasiadas connotaciones de quien antaño guiaba los rebaños de ovejas.

Tragué saliva con fuerza.

—Tengo una familia que podría rivalizar con cualquier equipo de fútbol americano y que me ayuda siempre que lo necesito.

Una pizca de diversión le atravesó la mirada a Thea.

—¿Y permites que te ayuden a menudo? —se interesó.

Cerré la boca de golpe. Ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que uno de mis hermanos me ayudó con algo en lugar de que fuese yo quien le echara un cable a alguno de ellos.

No es que fuesen egoístas o que no me ofrecieran su ayuda; era más bien que yo no dejaba que así lo hicieran.

O, mejor dicho, que no les pedía ningún tipo de auxilio.

Thea frunció sus perfectos y carnosos labios.

—Ya decía yo...

—Créeme, no me dejan tranquilo ni a sol ni a sombra —respondí—. Son unos entrometidos de narices.

A Thea se le relajó el rostro y a mí me dio la impresión de que su ansiedad se disipaba un poco.

—Me alegro de que puedas contar con ellos.

El dolor echó raíces en mi pecho porque sabía que, para ella, no era el caso. Al menos, no de forma evidente.

—¿Tienes hermanos? —me interesé.

Nada más soltar esa pregunta, Thea entró en tensión y a mí me dieron ganas de pegarme una buena bofetada.

—No, no tengo.

Asentí. Quería saber más, pero era consciente de que, como insistiera, ella se cerraría en banda.

—Son lo mejor y lo peor a la vez.

Thea recuperó la sonrisa.

—Te creo —dijo.

Abrí la boca para pedirle algo más inocuo simplemente porque me gustaba oír el sonido de su voz cuando escuché un pitido.

Thea se sacó algo del bolsillo y silenció el sonido. Al fijarme, comprobé que era un reloj digital de los antiguos. Hacía décadas que no veía ninguno.

Se apartó el pelo de la cara.

—Tengo que ir a darles de comer a los gatos. —Alternó la vista entre mi persona y el jardín de la entrada—. ¿Necesitas algo? ¿O...?

—Todo en orden —le aseguré—. Tengo todo lo que necesito en la camioneta. Si me surge alguna pregunta, llamaré a la puerta.

Thea volvió a guardarse el reloj en el bolsillo del mono; un mono que no debería haber sido sexi bajo ningún concepto pero que lo era.

Por cómo le caía la parte de delante, dejando muy sutilmente al descubierto el escote de ese top.

O porque los laterales estaban cortados lo bastante bajos como para que me quedase claro que podría deslizar la mano por su cintura hasta llegar a la cadera o... incluso más abajo.

Por el amor de Dios... Tenía que centrarme.

Thea me miró a los ojos.

—Gracias. Por esto. Por tu... paciencia.

Noté que se me resquebrajaba un poco el pecho.

—Tenemos todo el tiempo del mundo.

No era verdad. No del todo. Cuanto más tardara en entrar en su casa, mayores eran las probabilidades de que el moho y la putrefacción causaran más estragos. Pero no quería presionarla. De darse el caso, arrancaría todo lo afectado y lo cambiaría. Tardase lo que tardase.

De repente, se humedeció el labio inferior con la lengua.

—Gracias —repitió antes de entrar a toda prisa en la casa.

Me la quedé mirando hasta que hubo desaparecido al otro lado de la puerta. Oí cómo pasaba el cerrojo. No solo esto, sino que, a no ser que me equivocara, también pasó una cadena. Y en cuanto clavé la vista en aquel cerrojo industrial que tenía pegado a la madera, supe que estaba en lo cierto.

Me latió un músculo en la mejilla. ¿De qué narices se estaba escondiendo?