Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo once. Thea #2
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Capítulo once. Thea #2

—Gracias, Thea. —Se despidió de la mujer que tenía al lado con un sutil gesto con la mano—. Me alegro de verte, Mara. —Y, acto seguido, con un movimiento de cabeza dirigido a Sutton, añadió—: Gracias, reina suprema de la repostería.

Sutton se echó a reír y comentó:

—Si es que la adoro.

—Yo también —coincidí con ella mientras Mara seguía a Rhodes hacia la puerta.

Sutton se giró hacia mí y me preguntó:

—Bueno, ¿en serio vas a dejar que Shep te ayude?

—Estamos siendo cotillas, ¿eh?

Sutton se limitó a sonreír.

—De alguna manera tengo que informarme —respondió.

Sabía que lo decía en broma, pero no pude evitar sentir una pizca de culpabilidad. Había sido superbuena conmigo y yo no había hecho más que mentirle y contarle medias verdades.

Toda la diversión que inundaba el rostro de Sutton desapareció.

—Hey, ¿qué pasa?

Negué con la cabeza y contesté:

—Nada.

Ella me miró seria.

—Con esta cara, cualquiera diría que acaban de apuñalarte. Por algo será.

Tragué saliva con fuerza en un intento por deshacerme del nudo que se me había instalado en la garganta.

—Es solo que... no sé gestionar bien esto de tener a gente en casa.

Sutton frunció el ceño.

—Y Shep tendrá que estar ahí para arreglarte la fuga de agua y cualquier daño que haya causado.

Asentí. No era toda la verdad, pero era más de lo que habría dicho antes.

Sutton se apoyó en el expositor de pastas.

—¿Sabes cómo empezó Shep a ayudarme con la renovación de este lugar?

Negué con la cabeza.

—Shep pasaba por aquí, a pie, y vio que estaba intentando arrastrar una sección de la banqueta yo sola.

No dudó ni un segundo. Vino directo hacia mí y me dijo: «Ya cojo yo la otra punta».

—Sutton sonrió—. Cuando hubimos entrado la primera pieza, me preguntó dónde tenía las otras.

Yo estaba tan agobiada que ni siquiera le discutí nada.

Cuando hubimos terminado, me pidió que le contara qué tenía en mente.

Y eso hice. —Rio y sacudió la cabeza al acordarse de eso—.

No me dijo que se me había ido la olla por intentar hacerlo sola.

Simplemente comentó: «Igual no te vendría mal contar con un par de manos más para hacer todo esto.

Yo puedo venir los sábados de este mes y puedo pedirle a mi equipo que te ayude a colocar las vigas cuando te lleguen».

—Se giró hacia mí y vi cómo las lágrimas le centelleaban en los ojos—.

Así, sin más. Nunca me pidió nada a cambio.

Vino a ayudarme cada fin de semana durante un mes.

E incluso algunas noches. Me envió un pulverizador de pintura para que pudiese ir más deprisa con las paredes. Es un buen hombre, Thea.

—Ya lo sé —respondí con un hilo de voz y un nudo tremendo en la garganta—. Pero una vez pensé que otro hombre también era bueno. Y resultó ser todo lo contrario. Ahora soy incapaz de confiar, por más que quiera.

A Sutton le brillaron los ojos y me cogió la mano. Me la apretó con tanta fuerza que casi me corta la circulación.

—Sé a qué te refieres, Thea. Sé lo que es pensar que la vida es de una forma y que dé un giro de ciento ochenta grados en una milésima de segundo.

El corazón empezó a latirme con fuerza detrás de la caja torácica al captar las llamas de enfado y dolor que le ardían a Sutton en la mirada.

—Pero no podemos dejar que una mala experiencia dicte el resto de nuestra vida. No podemos permitir que gane lo malo. Que nos impida vivir. Si nos encerramos de esta forma, no solo nos resguardamos de lo malo, también nos alejamos de lo bueno.

Me escocían los ojos. El dolor de sus palabras me estaba calando hondo. Porque sabía que Sutton tenía razón. Me había encerrado en una fortaleza inquebrantable. Y, a pesar de que eso significara que estaba a salvo, también era sinónimo de que me encontraba sola.

Eché a andar por el jardín que había delante de la cabaña. De un extremo al otro y de vuelta al punto de partida. Era un milagro que no hubiese cavado una zanja en el suelo de gravilla con las botas.

Había destinado la última hora y media a hacer todo cuanto se me había pasado por la cabeza.

Tras haber comprado un par de neumáticos nuevos para la bici que habían reducido considerablemente mis ahorros, había regresado a casa, había acomodado a los gatitos y había jugado con Alce.

Acto seguido, había rellenado los comederos de los colibríes, pero aquellos hábiles escapistas no me habían cautivado como de costumbre.

Así que me había ido al invernadero a regar las plantas y a arrancar las malas hierbas.

Cuando hube terminado, había continuado arrancando más malas hierbas y regando las flores, pero esta vez de los parterres que tenía alrededor de la cabaña.

Los jardines estaban en perfectas condiciones, pero yo seguía tan nerviosa que no tenía ni idea de qué más hacer.

Al oír un motor, levanté la cabeza de golpe. El camino que llevaba hasta aquí estaba repleto de unos árboles que escondían mi refugio, pero eso también significaba que yo no veía quién venía hasta que ya estaba cerca. Aunque lo oía por la gravilla.

Al final, distinguí una camioneta plateada que tomaba la última curva.

El sol hizo resplandecer la pintura metálica y le proporcionó un aire todavía más perfecto.

No sé cómo, pero Shep mantenía el vehículo impecablemente limpio a pesar de que a menudo conducía por caminos de tierra.

Brillante y perfecto, al igual que ese hombre en sí.

Me miré a mí misma. Llevaba un mono Carhartt con algo de tierra a la altura de las rodillas y alguna que otra mancha en la parte del pecho.

El top que me había puesto debajo también había visto días mejores.

Intenté decirme a mí misma que era mejor así, con esas caóticas pintas, pero una parte de mí desearía haber sido más lista y haber optado por el único par de vaqueros bonitos que tenía y, al menos, una camiseta limpia.

Oí un portazo y levanté la cabeza para ver a Shep aproximarse decidido.

Aquellos vaqueros oscuros se le ajustaban a las caderas y revelaban lo musculadas que tenía las piernas al andar.

Esa camiseta blanca se tensaba a lo ancho de su definido pecho, que era puro músculo.

Y, a pesar de que yo notaba que me estaba mirando fijamente, sus ojos color ámbar quedaban camuflados bajo una gorra que rezaba «Construcciones Colson».

Cuando se detuvo a unos pocos metros de mí, tragué saliva con fuerza.

—Hola —lo saludé con un tono agudo.

—Buenas, Astilla —respondió él con la voz áspera.

Solté un suspiro en un intento por calmar mi acelerado corazón.

—Gracias por, eh..., por volver.

—No hay problema. ¿Sigues sin agua?

Asentí.

Shep frunció el ceño.

—¿Te has quedado en casa de alguien estos días?

Negué con la cabeza. Por lo visto, se me había comido la lengua el gato. Por más que Shep estuviese a unos metros de distancia, podía notar su aroma. Olía a serrín, a cedro y muy sutilmente a sudor. Y, en cierto modo, aquella combinación era lo mejor que había olido en toda mi vida.

Pero Shep no parecía igual de contento; para nada. Tenía los labios bastante fruncidos.

—¿Has permanecido aquí a pesar de no tener agua?

Intenté tragar saliva de nuevo con la esperanza de poder aclararme la voz.

—Todavía tengo agua en el invernadero. La he ido trayendo a la cabaña.

A Shep le latió un músculo en la mandíbula.

—Vamos a arreglar esto para que puedas volver a tener agua en tu maldita casa.

Retrocedí un poco ante la ferocidad que escondían sus palabras.

Fue un acto reflejo y, por más que hubiese querido, tampoco habría podido contenerme.

Sin embargo, mi reacción dejó a Shep petrificado.

Si bien no podía verle los ojos, el pánico que le inundó el rostro no me pasó desapercibido. Él también dio un paso atrás.

—Lo siento —se disculpó con delicadeza—. No estoy enfadado contigo. Solo con el hecho de que no tengas agua en casa. Nadie debería vivir en estas condiciones.

—No pasa nada, en serio —conseguí articular a pesar de que tenía la lengua pegada al paladar—. Es como estar de acampada.

Shep encorvó los labios de tal forma que pensé que había querido esbozar una sonrisa, pero no lo consiguió.

—Supongo que es todo una cuestión de perspectiva. —Levantó los brazos para quitarse la gorra y darle la vuelta, de modo que al final pude admirar sus bonitos ojos color ámbar—. ¿Crees que estás lista para dejarme entrar y que eche una ojeada al baño?

En cuanto habló, el asombro que había sentido al contemplar esos preciosos ojos se desvaneció.

Porque el pánico regresó a mí. Los recuerdos empezaron a aporrear los muros que tan cuidadosamente había levantado en mi interior.

El resultado de haber dejado entrar a alguien más en mi casa en el pasado.

El eco de la frase que no paraba de oír en mi cabeza: «Lo destrozas todo».

Shep apretó la mandíbula y luego se obligó a relajarla.

—Vale, nada de entrar por hoy. Puedo hacer mucho aquí fuera. Iré cavando a lo largo de la tubería, a ver si puedo hacerme una idea de a qué nos enfrentamos. Lo haremos paso a paso. Tú mandas.

Noté que me escocían los ojos (ahora, con más brío) y no pude evitar que se me llenaran de lágrimas.

—¿Por qué eres tan paciente conmigo? —le pregunté con un hilo de voz prácticamente inaudible.

Shep me miró a los ojos y respondió:

—Porque está más claro que el agua que llevas demasiado tiempo luchando sola, Astilla. Necesitas poder cederle ese peso a alguien más durante un rato. Puede que yo no consiga solucionarlo todo, pero puedo ayudarte a llevar esa carga.