Capítulo once. Thea
Capítulo once
Thea
Oí un fuerte golpe, me sobresalté y pegué tal salto que casi me cargo el glaseado que estaba tiñendo de un sutil tono rosado.
Walter me miró desde el lavaplatos con suma preocupación en el rostro.
—Lo siento. ¿Estás bien?
El cocinero solo había dejado una olla en el fregadero, como ya había hecho miles de veces antes. Hoy, en cambio, casi conseguía que acabase con mi cara completamente cubierta de glaseado.
Daba igual que, de camino a casa, Sutton me hubiese contado todo lo que habían hecho esos vándalos adolescentes y que me hubiese dicho que la bromita de rajarme los neumáticos encajaba perfectamente con todas sus otras trastadas.
Yo estaba a la que saltaba. No paraba de analizarlo todo con la mirada.
Estudiaba a cada persona que entraba en la panadería en busca del más mínimo indicio de peligro.
No podía parar. Era incapaz de relajar el cuerpo. Parecía que tuviese los músculos hechos de cemento.
Aun así, me obligué a sonreírle al hombre que me trataba como si fuese su nieta.
—Todo en orden. No he dormido demasiado bien y estoy un poco espesa.
Era todo cierto. Simplemente no le conté el porqué.
Las arrugas que le envolvían los ojos a Walter se le pronunciaron todavía más cuando entornó la vista en un intento por analizarme bien.
—Asegúrate de tomar un poco de la infusión para dormir que tenemos aquí cuando llegues a casa. A mí siempre me funciona. Incluso puedes echarle unas gotas de bourbon .
Arrugué los labios mientras procedía a cubrir el glaseado y lo dejaba en la mesa de decoración de Sutton.
—Me da a mí que lo que te hace dormir es el bourbon , precisamente —señalé.
Walter sonrió y regresó a los fogones.
—Un poquito de lo bueno nunca le hizo daño a nadie.
Hacía tantísimo tiempo que no me había tomado una copa... A pesar de que no había tenido ningún problema desde que había llegado a Sparrow Falls hacía casi dos años, seguía sin consumir nada que pudiese obstaculizar mi capacidad de reacción. No podía permitírmelo.
Mi droga favorita era la lectura. Los libros que compraba en la tienda de segunda mano por unos pocos centavos o los que alquilaba en la biblioteca gracias al carné que me había prestado Sutton.
Las temáticas eran de lo más variopintas: misteriosos asesinatos, historias de planetas lejanos o romances épicos (mi favorita).
Pero existía una condición: que tuviesen un final feliz.
Bastante crudo era ya el mundo real. Necesitaba que esas historias me dieran esperanza.
De modo que, cuando anoche experimenté que no podía dormir, cogí un libro sobre un cowboy malhumorado que era padre soltero y que se estaba enamorando de su canguro a pesar de sus heroicos intentos por evitarlo. La lectura me hizo compañía hasta las tres de la madrugada, cuando por fin caí rendida.
Le di una palmadita en el hombro a Walter y crucé la cocina para colocarme detrás de la caja registradora.
—Todos nos merecemos un poquito de lo bueno y más.
Él me sonrió y añadió:
—Bien dicho, chiquilla.
Reí mientras regresaba al mostrador. Eché una ojeada rápida y comprobé que Sutton estaba con el agua al cuello. Iba de una mesa a la otra, limpiándolas y preparándolas, pero ya tenía a dos personas más esperando en la caja.
Me puse justo detrás y sonreí a la mujer que estaba esperando para ser atendida. La misma que habló con Shep el día en que lo manché de glaseado.
—Hola, Mara. ¿Qué te pongo?
La chica me dedicó una cálida sonrisa. Toda ella encajaba en esa misma personalidad. Tenía el pelo de un rubio dorado y los ojos azul aciano. Era guapísima. Además, su pequeña figura y aquellos delicados rasgos la convertían en la típica muchacha a la que los hombres querían proteger.
Me bastaba con mirarla para sentirme todo lo contrario. Entre mis largas y patosas extremidades y mi sosa vestimenta, parecía un andrajoso gigante a su lado.
—Un caramel latte con doble de café, por favor. Y un trozo de pan de limón con semillas de amapola.
Asentí y marqué los productos en la pantalla de la tablet .
—Serán nueve con cincuenta.
Mara sacó la tarjeta de crédito y la acercó al lector.
—Gracias —dijo.
—No hay de qué.
Me apresuré a prepararle el pedido, pero, mientras lo hacía, atisbé una nueva clienta que entraba en la panadería.
Rhodes llevaba su oscura y alocada melena recogida en un moño alto e iba vestida con la camiseta de manga corta y los shorts de Brotes y Bayas.
En cuanto me vio, se le iluminó el rostro y me saludó con la mano.
Mientras ella caminaba para colocarse en la cola, me entró un escalofrío.
Sabía que tenía previsto hablar con Shep y pedirle que se apiadara de mí y me ayudase con lo de la fuga de agua.
Una parte de mí esperaba que su hermano se hubiese negado.
Así no tendría que hacerle frente a la bestial ansiedad que sentía al tener a alguien en casa.
Otra parte de mí, una más lista, rezaba por que hubiese aceptado.
Esta mañana había tenido que ir a ducharme a un camping .
Y, cuando iba al baño, como la cisterna no funcionaba, no me quedaba otra que echar cubos de agua que había llenado en el invernadero.
Tenía que solucionar el problema y rápido.
Sutton se apresuró a venir detrás del mostrador, me dio un apretón en el brazo al pasar y me sacó de ese bucle.
—Yo me ocupo de las bebidas —anunció—. ¿Qué ha pedido?
— Caramel latte con doble de café.
—Hecho.
Me afané a pasarle a Mara su porción de pan de limón con semillas de amapola.
—Aquí tienes. La bebida sale enseguida.
Noté cómo me miraba, examinándome. No en plan borde, sino curiosa. Lo cual era lógico, teniendo en cuenta el final de la riña en la que nos había pillado con Shep, pero a mí no me gustaba que fijara los ojos en mí con tanta intensidad. Así que la ignoré.
—Gracias —respondió Mara.
Hasta su voz era musical y delicada.
Regresé a la caja registradora y tomé nota a un hombre unos cuantos años mayor que yo que tenía pinta de haberse pasado la mañana de excursión por las montañas. Pidió medio menú, lo cual acabó de confirmarlo. Cuando él se hubo acomodado, miré a Rhodes.
Mi amiga me sonrió.
—Estáis a tope —señaló.
Asentí, agradecida de que no hubiese nadie más en la cola para no tener que ir con prisas.
—La temporada de turistas sigue en pleno apogeo.
—Tienes toda la razón. —Rhodes desvió la vista hacia el expositor de pastas—. Cupcakes de Coca-Cola de cereza. Tengo que probarlos.
Dibujé en mis labios una leve sonrisa.
—Tengo que confesar que me mostré más bien escéptica cuando a Sutton se le ocurrió esta receta, pero están riquísimos.
Rhodes se sacó un pequeño tarjetero del bolsillo.
—Eso seguro —dijo—. Es una pasada; Sutton es un genio con la repostería.
—¡Te he oído! —gritó esta desde la cafetera.
Rhodes rio.
—Nunca entenderé cómo lo haces.
—Soy de ideas fijas —respondió Sutton—. Me paso la vida pensando en el azúcar.
—Y no veas lo agradecidos que te estamos el resto —le contestó Rhodes antes de girarse hacia mí para pagar con una sonrisa en los labios—. Shep me ha dicho que te ayudará encantado.
Alivio y pánico empezaron a correrme por las venas en igual medida.
—Vale —respondí con cierta tirantez, como si mi garganta quisiera estrujar la palabra.
Rhodes se dio cuenta y alargó el brazo por encima del mostrador para apoyar su mano sobre la mía.
—Te lo arreglará en un periquete y ya no tendrás que seguir estresándote. Terminas a las tres, ¿verdad?
Asentí rápidamente. Hoy había tenido que venir en coche porque todavía no tenía los neumáticos nuevos para la bici.
—Tengo que hacer un recado antes, o sea, que estaré en casa a partir de las cuatro.
—Se lo diré —confirmó Rhodes, y me soltó la mano.
Como no disponía de un móvil para decírselo yo misma a Shep, me sentí más bicho raro aún.
Guardaba uno de esos teléfonos de prepago en la mesita de noche por si tenía que llamar a los bomberos o a la policía.
Pero lo compré en una estación de servicio, pagando en efectivo, justo antes de llegar a la frontera estatal de Oregón.
No lo había encendido desde que me mudé a Sparrow Falls, de modo que no tenía ni idea de si todavía funcionaba. Además, el hecho de que fuese un móvil con tapa significaba que tardaría media hora en escribir un mensaje.
—Gracias —susurré.
Me invadió una sensación extraña, de esas que te indican que alguien te está observando.
Paseé la vista por la sala en un santiamén y mis ojos se detuvieron en Mara. Seguía con la mirada clavada en mí, como si estuviese intentando descifrarme.
«Mierda».
Lo último que me hacía falta era que alguien se pusiera a indagar sobre mi vida.
Cuando me vine a vivir a este pueblo, empecé a utilizar mi segundo nombre con la esperanza de que me aportara un ápice de protección, pero tampoco es que me hubiese currado ninguna identidad falsa para protegerme.
Como alguien descubriese mi nombre de pila y buscara un poco por Internet, lo encontraría todo, incluidas las fotos que no dejaban nada a la imaginación.
La bilis se me arremolinó en el estómago mientras el calor, derivado de la vergüenza, empezaba a subirme por las mejillas. Pero me deshice de ambas sensaciones. Todavía no había petado y no pensaba empezar hoy.
En lugar de eso, cogí el cupcake de Rhodes y añadí un segundo a la cajita.
—Para Anson. Invita la casa.
Rhodes sonrió.
—Como no vigiles, al final os haréis mejores amigos.
Al oír sus palabras, resoplé. El novio de Rhodes era la persona más arisca del mundo, pero era digno de ver cómo se derretía con ella.
—Lo dudo mucho, la verdad. Sus habilidades comunicativas se limitan a gruñir y a arrugar la frente.
Rhodes soltó una carcajada.
—Sí, hombre. Ya está mejorando y usa más palabras.
Eso también era cierto. Porque Rhodes lo había cambiado. Había curado algo en él que le había devuelto la vida. Y ese es el mejor regalo que se le puede hacer a alguien.
Le pasé la cajita justo en el mismo instante en el que Sutton le ofrecía el latte a Mara. Rhodes me sonrió.