Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo diez. Shep
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Capítulo diez. Shep

Capítulo diez

Shep

En cuanto el extenso rancho quedó a la vista, me envolvió una sensación ya familiar. Una cálida punzada. Agradecimiento por haber acabado en este sitio cuando la cosa podría haber salido muchísimo peor.

Amplios campos con ganado de pasto y una docena o más de caballos pululando alrededor de esa finca blanca con un porche envolvente.

Mamá había conseguido mantenerla a flote con la ayuda de un equipo de rancheros expertos, incluso después de que falleciera nuestro padre.

Sin embargo, a ninguno de nosotros, los hijos, nos había llamado nunca la atención para ocuparnos de todo esto.

Aparqué entre la camioneta oscura de Anson y el coche de Fallon.

La camioneta con cristales tintados e intrincados detalles de Kye estaba al otro lado del vehículo de mi hermana: siempre juntos, incluso al aparcar.

Trace había dejado su todoterreno más cerca del establo; estaba convencido de que, seguramente, su hija Keely lo había obligado a venir antes para poder montar a caballo.

Apagué el motor y pillé la bolsa de Arden.

—Puedo cogerla yo —soltó ella.

—Y yo —espeté.

Me sacó la lengua.

—Siempre salvando a los demás.

A mí no me parecía que fuera mucho el caso, últimamente. Más bien fallaba en el intento. Mientras subíamos los peldaños, empecé a oír las voces de quienes había dentro: los chillidos alegres de Keely, la risa inhibida de Rhodes, y Lolli gritándole a alguien.

Alargué el brazo y giré el pomo. ¿Cómo no? El cerrojo no estaba pasado. Abrí la puerta con la frente arrugada.

En cuanto entré, Keely se puso muy contenta.

—¡Tío Shep! ¡Tía Arden! —Echó a correr hacia nosotros, dando saltos en el aire con toda la energía de una niña de seis años.

La cogí al vuelo y la abracé. Ella enseguida se inclinó hacia Arden—.

¡He montado a Nebuloso y hemos ido superrápido!

Yo quería seguir hasta las montañas, pero papá ha dicho que teníamos que volver.

Arden sonrió y alargó el brazo para despeinar a Keely mientras Brutus se sentaba diligentemente a su lado.

—A lo mejor podemos hacer una excursión y acampar antes de que empieces el cole —sugirió Arden.

Keely abrió los ojos como platos, entusiasmada con la idea, y se retorció y se contorsionó en mis brazos para que la bajara y poder echar a correr hacia Trace.

—Papi, ¿podemos? ¿Podemos?

Él le sonrió y contestó:

—Claro. ¿De aquí a dos fines de semana?

A Trace le dolía no estar siempre con su hija. No había tenido un divorcio de los feos, pero tampoco había sido fácil. Y lo mataba tener que estar semanas sin Keely.

—¡Sí, sí, sí! —gritó Keely danzando por la sala.

Mamá rio mientras se nos acercaba a Arden y a mí.

—Me alegro muchísimo de que hayáis venido —dijo.

Se puso de puntillas para darme un beso en la mejilla. Nora Colson no era una mujer alta, pero escondía una fiereza sin igual en su pequeña figura.

Abrazó a Arden y la achuchó un poco.

—Te echaba de menos.

A pesar de que a Arden le incomodaban un poco las muestras de afecto, le devolvió el gesto.

—Perdona, Nora. He estado muy metida en mis procesos de creación.

Cada uno la llamaba de una forma distinta.

Para mí, siempre había sido «mamá». Aunque también es cierto que a mí me acogieron cuando no era más que un crío.

Trace, que llegó cuando tenía doce años, también adoptó el mismo término enseguida.

Rhodes, Arden y Kye se decantaron por «Nora».

A mamá nunca le importó. Nos quería a todos por igual.

—Por fin. —Resopló Lolli, que estaba al lado de aquel gigantesco ventanal—. Estaba esperando a que llegaseis para enseñaros mi última obra.

Se levantó con el vaivén de su ondulado vestido y el tintineo de las decenas de collares que llevaba puestos.

Todo el mundo la miró. Fallon y Kye lo hicieron desde el sofá donde estaban sentados.

Rhodes levantó la vista desde la butaca en la que estaba acurrucada sobre el regazo de Anson. Y Trace la observó preocupado.

Lolli enseguida se acercó a algo que estaba apoyado contra la pared y cubierto con un trapo.

Tiró de la tela y lo desveló. El lienzo estaba repleto de un sinfín de piedras brillantes: el nuevo hobby de Lolli.

Pero nuestra abuela no podía hacer nada predecible.

Ella tenía que hacer las cosas a su manera. Siempre inapropiada.

Kye empezó a toser en un intento por disimular la risa.

Fallon se quedó mirando la pieza literalmente boquiabierta y más roja que un tomate.

—¿Eso es...? ¿Están desnudos? ¿Montando a caballo?

—Yo diría que es una escena de sexo a caballo, Fal —señaló Kye con los labios arrugados.

Yo no podía apartar la vista de la «obra de arte» de Lolli. Las dos personas que había en el caballo parecían humanas, pero tenían un par de alas gigantes y estaba claro que estaban... unidas.

—No digas esa palabra que empieza por S —soltó Keely, seria—, que papá se pone rojo.

—Dios mío... —musitó Trace frotándose la cara con la mano—. Más os vale que la niña no hable de esto en el campamento de equitación.

Lolli desvió la vista hacia él de repente.

—Si algún campamento tiene algo en contra de hablar abierta y honestamente sobre sexo, que vengan a verme.

Rhodes se atragantó con la risa.

—Ya me imagino lo que les dirías, Lolli.

Ella resopló y contestó:

—Tanta represión os matará. Moriréis de un infarto o algo así. La vida hay que vivirla.

—Dilo —la animó Kye.

Fui incapaz de descifrar la mirada que le lanzó Fallon. ¿Preocupación o molestia, tal vez?

Kye sí que vivía la vida al máximo. Cuando se vino con nosotros a los dieciséis años, se metió en más líos que cualquier otro chaval que hubiese adoptado Nora.

Hubo visitas a comisaría a altas horas de la noche e innumerables reuniones con el director.

Pero Kye se adaptó y encontró distintas formas de soltar lo que fuera que lo atormentaba.

Practicaba varias artes marciales. Competía en carreras de bici.

Y creaba obras de arte. Seguramente había descubierto su pasión por el dibujo gracias a Lolli, pero yo estaba convencido de que nadie hubiese esperado que fuera a dedicarse a tatuar dicho arte ni en su cuerpo ni en el de otros.

Y, ahora, la peña venía de cualquier parte del mundo para grabarse los diseños de Kye en la piel.

—Bueno —dijo Lolli escudriñando la sala con la vista—, ¿quién quiere llevárselo a casa?

El silencio se abrió paso entre nosotros. Juro que se oían grillos. Pero yo ya tenía un elfo medio desnudo detrás de la puerta del despacho. No podía sumarle esto también.

—Seréis mojigatos... —musitó Lolli.

Kye sonrió y dijo:

—Ya me lo llevo yo al estudio. A la chica que se encarga de los piercings le va toda esta mierda de las hadas. Le flipará.

Mamá fulminó a Kye con la mirada.

—Esa boquita, por favor.

Kye arrugó los labios.

—Perdona, Nora.

Ella movió la cabeza y reflexionó:

—Debería haberte castigado más cuando ibas al instituto.

Rhodes bajó del regazo de Anson y echó a andar hacia mí. Él la siguió con la mirada y no la apartó en ningún momento. La vigilaba con sumo cuidado para asegurarse de que estaba bien. A salvo.

—¿Tienes un minuto? —me preguntó Rhodes.

Entré en tensión de los pies a la cabeza y asentí, no sin hacer de tripas corazón.

—Claro.

Rhodes señaló la entrada, que quedaba a mis espaldas. El hecho de que considerara que dicha conversación requería de cierta privacidad solo hizo que me pusiera más tenso todavía. Pero, aun así, la seguí.

Rhodes desvió la vista hacia el salón, como si quisiera asegurarse de que nadie estaba escuchando.

—¿Estás bien? —quise saber mientras la preocupación empezaba a adueñarse otra vez de mí.

—¿Yo? Sí, estoy bien —contestó en voz baja—. Quería hablarte de Thea.

Me tensé de nuevo, pero ahora fue por un motivo completamente distinto.

Me había pasado el día en el curro sin poder quitarme de la cabeza la cara de Thea.

De lo aterrada que estaba de tenerme en su casa.

De su tozudez por resolver ese problema por sí sola.

Hice todo cuanto pude por mantener un tono de voz neutro, casi desinteresado.

—¿Qué le pasa?

—Me contó que la habías ayudado con una fuga de agua en su casa.

Asentí.

—Todo cuanto me permitió ella.

Rhodes se mordió la comisura del labio.

—Ayer fue a ver a los de Construcciones Castle Rock.

Fui incapaz de morderme la lengua y solté un taco. El dueño, Bob, estaba chapado a la antigua. Era un poco sexista y nunca se enteraba de lo que sucedía a su alrededor. Ahora bien, ¿su hijo? Russ era de armas tomar; siempre lo había sido.

Habíamos ido juntos a clase y trataba a todo el mundo como una mierda. Pero a mí me tenía especial tirria. En primaria, le encantaba llamarme «bebé de caja» y, a día de hoy, seguía usando dicho apodo.

—Dime que no los ha contratado.

Los de Castle Rock hacían un trabajo chapucero (eso, siendo generoso) y cobraban unos precios desorbitados para lo que sí conseguían reparar.

—Por suerte, no —confirmó Rhodes—. Puede que la haya convencido de que la ayudes tú.

Noté cierto cosquilleo en los músculos, una especie de energía fantasma que me corría por las venas.

—¿Estás segura? Porque ni siquiera me dejó entrar en su casa para ver dónde estaba el problema.

El dolor atravesó el rostro de Rhodes y a mí me entraron ganas de pegarme una bofetada. Aun así, mi hermana insistió:

—No sé qué le ha ocurrido, pero sé que está huyendo de algo. Dunc le paga en efectivo. Y no tiene ni teléfono ni correo electrónico.

Me saltaron todas las alarmas.

—¿Ni teléfono ni correo?

No conocía a nadie que no tuviese ninguna de las dos cosas.

Rhodes negó con la cabeza.

—Creo que necesita a alguien que vaya a su mismo ritmo. Que haga lo que sea con tal de que se sienta cómoda.

Se me pasaron un millón de posibilidades por la cabeza y ninguna era buena. Todas hicieron que una sensación para nada agradable echara raíces en mi interior.

—¿Shep? —me llamó Rhodes.

—Perdona —musité saliendo de aquella espiral de pensamientos.

—¿La ayudarás?

Tragué saliva para deshacerme del nudo que sentía en la garganta y respondí:

—Por supuesto.

Sin embargo, ofrecerme para ayudarla y que ella estuviese dispuesta a aceptar mi ayuda eran dos cosas distintas.

Además, pensaba que Thea no se abriría conmigo hasta, tal vez, dentro de mucho.

Y eso, en cierto modo, me dolía. Era un dolor punzante que yo me moría de ganas de sanar.

Pero Thea tendría que ser quien diera el primer paso.

Y yo dudaba que llegara a hacerlo nunca.