Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo nueve. Thea
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Capítulo nueve. Thea

Capítulo nueve

Thea

—Me salvas la vida —me dijo Sutton mientras llevaba un paquete de harina gigantesco al otro lado del almacén.

Sonreí al ver que se frotaba la cara con la mano, manchándosela de blanco a su paso. Siempre estaba cubierta de harina.

—No es nada, en serio. Ya sabes que me gusta echar horas extras.

Más que gustarme, es que lo necesitaba. Con todo el calvario de Brendan, mi cuenta había sufrido de manera descomunal. Si había podido conseguir una hipoteca había sido gracias a que Nikki había asumido el rol de testaferro en el fiduciario para comprar la propiedad.

Había tenido que congelar mi cuenta para que nadie pudiese abrir otra tarjeta ni efectuar compras en mi nombre.

El único dinero que poseía era lo que Sutton y Duncan estaban (por suerte) dispuestos a pagarme en efectivo.

Cada vez que lo escondía bajo el inestable tablón de mi armario, me sentía como uno de esos conspiracionistas pirados que no creían en los bancos o en el gobierno.

Aunque supongo que, llegados a ese punto, entendía mejor de dónde salían sus miedos. Todo lo relacionado con la tecnología era inseguro. Y yo no podía permitirme correr ese riesgo.

De modo que escatimaba, ahorraba y lo escondía todo.

Sutton se giró para mirarme.

—Va todo bien, ¿no? Creo que podría alargarte los turnos si necesitas...

La corté, negando con la cabeza. Bastante tenía ya Sutton con su negocio y criando a un hijo. Lo último que le faltaba era tener que preocuparse por mí.

—Todo bien. Ahora también trabajo en el vivero y Dunc me ha dicho que cuenta conmigo todo el año.

A Sutton se le iluminó el rostro a más no poder y me abrazó.

—¡Qué buena noticia! Me alegro un montón por ti. Sé lo mucho que te gusta trabajar allí.

—De plantas sé un poquito más que de repostería...

Sutton rio y me soltó.

—Hacer pan se te da bien. Y eres una catadora experta, que es lo más importante aquí. Además, ayudas a los clientes a escoger lo que más le gustará a cada uno.

Le devolví la sonrisa.

—Ahí la has clavado. ¿Y el cupcake ese de pumpkin spice latte que estás probando para otoño? —Fingí desmayarme con exageración—. I-de-al.

Sutton pegó un saltito y gritó un poco, como si fuese una niña pequeña.

—A mí también me alucinó. Intentaré añadirlo a la carta en cuanto empiece septiembre. Así vamos poniéndonos en modo otoño.

—A la gente le encantará. Sobre todo si lo combinas con esa bebida.

A las adolescentes que solían venir a menudo les fliparía, segurísimo.

—Eso espero. Mañana también intentaré preparar unos de sandía. Son supermonos. El cupcake en sí es verde, el glaseado es rosa y las minipepitas de chocolate hacen de semillas.

La miré con el ceño fruncido y comenté:

—No sé yo si me llama mucho la atención un cupcake verde...

Sutton rio.

—Luca quería que utilizara la mezcla para hacer cupcakes de zombis.

—No me sorprende. —Taché el segundo paquete de harina de la hoja del inventario y lo llevé al otro lado de la sala—. ¿Qué tal le ha ido hoy el entreno?

Sutton suspiró mientras cargaba con el tercer paquete.

—Le ha dado fuerte. Tenía que enamorarse del deporte más caro del planeta, ¿cómo no?

—Oye, por lo menos no se ha decantado por la equitación o por la Fórmula 1 —argumenté.

—Cierto. Aunque ojalá le apasionara el dibujo o el ballet . Tampoco es que me entusiasme que mi hijo quiera estamparse contra otros críos en una pista de hielo congelada.

—Te entiendo. A esta edad limitarán el contacto total a un mínimo, ¿no?

—Todavía no tienen equipo, así que no lo sé. Creo que siguen buscando entrenador. Pero, de momento, se ponen todos a jugar a las superestrellas del hockey cuando la pista está abierta. Yo me paso el rato con el corazón en un puño, pero al menos Luca está contento.

Le di un apretón en el brazo y señalé:

—Eres muy buena madre.

Sutton sonrió ligeramente.

—¿Estás segura? Porque, ahora mismo, tengo a mi hijo sentado en la panadería comiendo cupcakes y jugando a videojuegos en la tablet .

—Todo el mundo se merece una recompensa al final del día.

—Pues sí. —Sutton se irguió—. Y tú también. Porque creo que ya hemos acabado. —Se frotó la harina de las manos—. Espera, que te doy algo de lo que ha sobrado hoy.

—Tampoco te pases —la advertí—. Siempre se te olvida que solo tengo un estómago.

—Tienes que comer más —opinó Sutton, saliendo del almacén y echando a andar por el pasillo que daba a la sala principal.

Cuando entramos, Luca levantó la vista. Sonrió con la cara llena de glaseado azul del cupcake del Monstruo de las Galletas.

—Los gatitos roncan.

Desvié la vista hacia el transportín y miré las bolas de pelo que había dentro. Entre que me los llevaba al vivero y que también los traía aquí, estaba más que claro que ya se estaban acostumbrando a la gente.

—Les gusta mucho echarse una siesta después de comer.

—¿Puedo ponerle Zombi a uno? —me preguntó Luca, esperanzado.

No pude contener la risa.

—No sé yo si la gente querrá adoptar un gatito que se llame Zombi...

Luca arrugó la frente.

—Vale. ¿Y La Parca? A mi jugador de hockey favorito lo llaman así.

—¿Ves por qué me preocupo? —intervino Sutton mientras me entregaba una caja con pastas—. ¿En qué clase de deporte apodan así a la gente?

—En uno que mola mazo —respondió Luca sonriendo con la boca azul.

Sutton se limitó a negar con la cabeza y cogió el transportín de los gatos.

—Te ayudo.

—Gracias —contesté despeinando un poquito a Luca—. No mates a demasiados zombis.

—No puedo prometerte nada —contestó con la vista puesta de nuevo en la partida.

Al salir fuera con Sutton, nos recibió el cálido aire del atardecer; hoy había hecho un calor asfixiante.

El sol ya empezaba a ponerse en el horizonte, pero el cielo seguía lo bastante iluminado como para que pudiese llegar tranquila a casa.

A medida que nos fuimos acercando a mi bici, entorné los ojos.

Había algo raro. Cuando llegamos, comprobé de qué se trataba. Tenía las dos ruedas pinchadas.

Una pizca de incomodidad se abrió paso en mi interior mientras me agachaba al lado de la rueda trasera y la tocaba con los dedos. Había una raja fea y grande a lo largo del neumático, y la rueda de delante tenía otra similar.

La incomodidad se convirtió en pánico en cuanto paseé la vista por las calles. No vi a nadie aparte de unas cuantas personas fuera de El Fresco: el bar que había unos metros más abajo. Aparte de un par de restaurantes, en Sparrow Falls, los negocios cerraban pronto.

Se me pusieron los pelos de punta en los brazos. Alguien había hecho esto a propósito. Me había rajado los neumáticos y había seguido con lo suyo. ¿O acaso me estaba vigilando ahora mismo?

El sudor empezó a resbalarme por la columna vertebral mientras el pánico se adueñaba de mí.

¿Habría sido Brendan? Empecé a pensar aturulladamente en todas las precauciones que había tomado.

El fideicomiso. Seguir con el carné de conducir de California y no haberlo cambiado.

Que Nikki se hubiese quedado con mi coche.

Utilizar la oficina de correos de dos pueblos más allá con el mismo nombre que figuraba en el fideicomiso. Había ido con sumo cuidado.

—Hay que ver... —intervino Sutton—. Malditos adolescentes.

Desvié de golpe la vista hacia ella.

—¿Adolescentes? —pregunté.

Sutton miró la bici.

—Algunos han estado liándola bastante. La semana pasada, Trace los arrestó por hacer grafitis en la parte trasera de El Fresco, pero los dueños de unos cuantos locales más han explicado que no captaron el mensaje.

Los chavales siguen vandalizando todo lo que pueden.

—Me dio un apretón en el brazo—. Lo siento.

Puedo llevarte a casa y conseguirte unos neumáticos nuevos.

Adolescentes liantes. Vandalismo aleatorio. No era más que eso. Me lo fui repitiendo una y otra vez. Pero no tenía del todo claro si acababa de creérmelo.