Capítulo ocho. Shep #2
Seguí conduciendo, pasé por delante de la casa principal y atravesé otro puente que llevaba a una construcción más pequeña: la cabaña de invitados.
La arquitectura de este edificio se asemejaba a la de la casa principal, pero esta vivienda contaba con un taller descomunal justo detrás.
Porque Arden necesitaba un lugar inmenso para sus proyectos.
Eso y el establo que quedaba un poco más lejos y donde habitaban sus dos queridos caballos.
Aparqué al lado de la otra furgoneta y fruncí el ceño.
Arden era dueña del mismo vehículo desde el instituto.
Ahora ya estaba oxidado en varios puntos y tenía un sinfín de rasguños en la caja de tanto trajinar materiales y obras de arte ya terminadas.
Necesitaba uno nuevo. Y, teniendo en cuenta lo mucho que le pagaban por sus piezas, vamos que si podía permitírselo.
Apagué el motor, salté de la camioneta y fui hacia la puerta del taller.
Incluso en el caso de no haber oído ese hard rock que la delataba, habría seguido teniendo clarísimo dónde encontrarla.
En ocasiones me preguntaba si Arden iba a casa alguna vez o si directamente dormía en el sofá que tenía en el taller para echar una cabezadita de un par de horas.
Alargué el brazo y reposé la mano en el pomo. No había cerrado con llave. Fruncí aún más el ceño mientras abría la puerta al ensordecedor son de algo que no tenía claro si podía describirse como música.
Di un paso al frente y un gigantesco mastín italiano me cortó el camino. Al menos el perro servía para algo, porque Arden ni siquiera se había percatado de mi presencia.
— Beruhigen —le dije al perro, cuyos temblorosos músculos se relajaron al oír la orden que acababa de darle en alemán. Bajé la mano y lo rasqué detrás de las orejas—. ¿Qué hay, Brutus?
Se inclinó más hacia mí, disfrutando de aquella muestra de afecto.
Al cabo de un segundo, la música se detuvo, pero Arden no se giró. Continuó frente a su mesa de dibujo, deslizando la mano apresuradamente por una hoja de papel enorme.
—¿Qué tal, Shep?
Arrugué los labios. Por lo menos no había apagado las alarmas del sistema de seguridad.
—He venido a recogerte para ir a cenar.
—No puedo. Estoy en pleno proceso de creación.
Miré el gigantesco montón de metal que había en el centro de la sala. De momento, era imposible adivinar qué sería, pero era cuestión de tiempo. Volví a mirar a Arden mientras caminaba hacia ella.
—Siempre estás en pleno proceso de creación. Pero, como hoy no vengas, se te plantarán mamá y Lolli aquí. Y ya sabes que mamá empezará a limpiártelo y a organizártelo todo y te preguntará por qué no tienes nada en la nevera.
Arden levantó la cabeza y el pelo le revoloteó alrededor de la cara a la vez que clavaba sus penetrantes ojos color gris-violeta en los míos.
—Fui hace dos semanas.
—Tres —la corregí.
Mi hermana soltó una maldición y dejó el lápiz en la pequeña repisa de la mesa.
No pude contener la risa.
—Es una cena familiar, no vamos a torturarte.
—Sí, ya... —murmuró Arden mientras se pasaba una mano por el pelo, dejando a la vista las marcas grisáceas que le teñían el rosado lateral del dedo y de la palma—. Estaba inspiradísima.
—¿Cuándo no estás tú inspiradísima? —la reté.
Me sacó la lengua pero saltó del taburete.
—Venga, va. Déjame pillar la bolsa del gimnasio. En teoría, he quedado luego con Kye para ir a entrenar.
Arden cruzó el espacio hasta llegar a aquel sillón de cuero desgastado y cubierto con varias manchas de pintura. Había una bolsa de gimnasio justo al lado; una que yo sabía que estaba llena del equipo de jiu-jitsu . Mientras ella se la colgaba en el hombro, Brutus me miró amenazador.
—¿Nos llevamos a la bestia? —pregunté.
Arden asintió.
— Komm —le dijo al perro, que ladró feliz.
Arden no podía llevárselo a todas partes, pero yo sabía que se sentía más cómoda si podía tenerlo cerca. Aunque yo también lo estaría, porque Brutus había acabado con Arden después de dos años de intenso entrenamiento.
Mi hermana me lanzó una mirada de fastidio.
—Vamos —dijo.
No pude evitar reír.
—Qué exigente —comenté.
Arden se limitó a poner los ojos en blanco y echó a andar en dirección a mi camioneta, donde ayudó a Brutus a subirse a los asientos traseros.
Se pasó el trayecto callada, como de costumbre, con la vista puesta en el otro lado de la ventanilla mientras contemplaba cómo cambiaba el paisaje.
Estaba convencido de que seguramente estuviese inspirándose para alguna nueva creación.
Sin embargo, cuando Arden por fin habló, me di cuenta de que me había equivocado.
—¿Estás bien? —se interesó bajando un poco más su ronco tono de voz.
Maldita sea. Si Arden se preocupaba por mí, tendría que esmerarme más por guardar mis emociones bajo llave.
—Sí. Todo bien. Aunque me muero de ganas de ponerme a currar en ese nuevo proyecto de restauración.
Era todo verdad. Estaba bien. Vivito y coleando. Yo no acarreaba heridas como las de Rhodes.
Arden se giró hacia mí con su penetrante mirada de color gris-violeta.
—Sé lo que es vivir con fantasmas. Tanto con los que reconoces como con los que no. Y te cambia.
Todo en mi interior empezó a dar vueltas y a estrujarme despiadadamente. No quería que Arden se pusiera a pensar en esa época, por más que lo hiciese en un equívoco intento de ayudarme.
—Arden...
—Tú no tienes la culpa de nada —me cortó.
Cerré la boca de golpe.
Arden volvió a mirar por la ventana.
—Algún día te lo creerás. Pero si necesitas que te lo recuerden, puedes contar conmigo.
Intenté tragar saliva para deshacerme del picor que notaba en la garganta, pero fui incapaz de realizar movimiento alguno. Compasión. Eso me estaba regalando. Y yo no sabía si la merecía.