Capítulo ocho. Shep
Capítulo ocho
Shep
Ya en el garaje, cuya puerta estaba acabando de bajar, cerré la camioneta de un portazo.
Giré el cuello y noté cómo cedía un poco la tensión.
No fue suficiente. Estábamos compaginando más encargos de los que deberíamos y añadir un proyecto personal a la lista significaba superar nuestros límites.
Pero no podía resistirme a aquella vieja finca; era un tesoro escondido espectacular.
Cogí el móvil y desbloqueé la puerta de mi casa con la aplicación. La mayoría de la gente no pondría un cerrojo en la puerta que separa el garaje y el resto de la vivienda, pero yo no era como la mayoría.
Me había criado en un hogar donde habían adoptado a niños que habían sufrido las experiencias más duras del mundo. Sabía que lo malo podía encontrarte incluso en tu propia casa y, por lo tanto, vivía preparado para todo. Solo que lo había hecho con ayuda de la tecnología.
En cuanto la puerta se abrió, se oyó un sutil pitido.
Mientras tecleaba el código para bloquear la alarma, oí que se había activado el aire acondicionado.
Los veranos en Sparrow Falls eran de lo más dispares.
Si bien por las noches, la temperatura podía bajar a los cuatro grados y medio, durante el día podíamos llegar a los treinta y ocho.
Cuando no estaba en casa, dejaba el termostato a unos veinticinco grados, pero había programado el aparato para que descendiera hasta los veintitrés en cuanto se activaran los cerrojos electrónicos.
Las luces se fueron encendiendo de forma automática mientras yo caminaba por mi moderna casa de estilo Craftsman.
Tenía más espacio del que necesitaba (cuatro habitaciones y cinco baños), pero esto significaba que el valor del inmueble aumentaría en cuanto lo pusiera a la venta la próxima semana.
Mientras abría la nevera, me llegó un mensaje y me sonó el móvil.
Mara: No me habías dicho que la casa de Juniper Lane salía en La Tribuna. Qué pasada! Deberíamos celebrarlo!
Arrugué la frente sin apartar la vista del aparato.
Si leías entre líneas, el mensaje era una acusación silenciosa, una felicitación y una sutil sugerencia para que pasáramos algo de tiempo juntos, todo a la vez.
La irritación se fue adueñando de mí. Y, pisándole los talones, enseguida apareció otra sensación: la culpabilidad.
Me quedé mirando el teléfono y, de pronto, descubrí que estaba recibiendo una videollamada. Me sentí aliviado ante esa excusa para no responder al mensaje de Mara. Acepté la llamada y la cara de Cope, con su ático en el centro de Seattle de fondo, llenó la pantalla.
—Tío, ¿me estás evitando? —me preguntó.
Pillé una birra de la nevera y cerré la puerta mientras me enderezaba.
—Los hay que nos ganamos la vida trabajando de verdad, idiota.
—No estaré en plena temporada, pero hoy ya estaba en el maldito gimnasio a las seis de la mañana.
Abrí un cajón y rebusqué a tientas hasta encontrar el abridor.
—¿Quieres una medalla? Si quieres te la grabo. Yo me he despertado a las cinco y media y acabo de llegar a casa. ¿Qué has hecho tú por la tarde?
Cope miró a la cámara frunciendo el ceño a modo de respuesta.
Solté una risa.
—¿Te la has pasado sentado jugando a la Xbox?
Su silencio me dijo todo cuanto necesitaba saber.
—Ya decía yo... Bueno, ¿qué es tan importante para que me hayas llamado... —revisé cuántas notificaciones tenía— ocho veces? ¿O es que te aburrías y ya?
Sabía que no se trataba de nada urgente. De lo contrario, Cope me habría enviado un mensaje después de llamarme contándome que necesitaba hablar conmigo. Sin embargo, últimamente, mi hermano pequeño había estado más encima de mí y yo había entrado en modo evasivo.
Cope se recolocó en el sofá donde estaba sentado.
—Quería que me hablaras de tu casa encantada.
—No está encantada.
Cope enarcó una ceja.
—Tendrás que exorcizar la mierda esa antes de empezar con la reforma. Yo que tú iba llamando a un cura. Y tal vez iría a por algo de agua bendita. A estas alturas, seguro que puedes pedirla por Amazon.
Arrugué los labios.
—No creo que haga falta.
—¿Te quedarás en la de estilo Craftsman mientras la renuevas?
Negué con la cabeza.
—Jennie la pondrá en el mercado la semana que viene.
Cope silbó por lo bajo.
—¿Y dónde te quedarás?
—Todavía no lo sé. Seguramente alquilaré algo.
Con la de trabajo que había tenido, no me había dado tiempo a buscar nada, pero podía pedirle a Jennie que lo hiciera por mí.
—Quédate en mi casa. Hay muchísimo espacio y yo no llegaré hasta dentro de varias semanas.
Le di un buen sorbo a la cerveza y dejé que el frío líquido fuera aliviándome el peso del día.
—Ya sabes cómo soy. Necesito mi propio espacio.
Si bien Cope tenía una casa gigantesca con un buen estanque a las afueras del pueblo, en cuanto regresara, se inmiscuiría en mi vida de inmediato.
Y como Arden, la pequeña de nuestras hermanas, estaba viviendo en la casa de invitados que tenía Cope en su propiedad, eran demasiados familiares juntos para mí.
No es que no los quisiera o que no me apeteciera pasar tiempo con ellos, pero yo necesitaba saber que contaba con el espacio y el tiempo necesarios para poder soltarme. Para no tener que estar siempre... activo.
Cope arrugó la frente. Esa expresión era muy poco habitual en él.
—Tú y tu extraña costumbre de pasar rato a solas.
Solté una risotada. Cope y Fallon eran los hijos biológicos de los Colson, junto con Jacob, antes de que este falleciera.
Así que habíamos estado siempre unidos, desde que nacieron ellos dos.
Cope era plenamente consciente de que yo necesitaba recluirme.
De pequeños, me subía a la casa del árbol o me iba al arroyo.
Me bastaba cualquier sitio donde pudiese respirar y ya.
—A lo mejor es que me gusta meditar o es que quiero alejarme de ti, lapa.
En la actualidad, yo había cumplido treinta y cuatro años. Y Cope, que tenía cuatro menos que yo, siempre había ido conmigo a todas partes.
—Oye, que el que me pidió entradas para los playoffs fuiste tú. ¿Quién es la lapa ahora?
Sonreí.
—Sí, vale. Pero ¿qué quieres que te diga? Es maravilloso ver cómo te pegan una buena paliza.
Cope me fulminó con la mirada desde el otro lado de la pantalla.
—Cuando vuelva a casa, tú y yo nos vamos a ir a la nueva pista de patinaje. Ya verás quién le pega una paliza a quién.
No habría competición alguna. Cope barrería el hielo conmigo. Era una bestia. Por más calmado que fuese fuera de la pista, cuando se calzaba los patines se convertía en una persona completamente distinta. Y yo me preguntaba qué guardaba mi hermano de forma tan hermética en su interior.
—Bien visto. —Miré el reloj de muñeca—. Debo irme. Tengo que pasar por la casa de Arden antes de salir pitando hacia la cena familiar.
—Vale, pero respóndeme deprisa. ¿Cómo estás?
La culpabilidad se arremolinó en mi interior al notar que en la voz de Cope ya no había pizca de humor, sino que mi hermano había adoptado un tono totalmente serio.
—Estoy bien. ¿Por qué no iba a estarlo?
Me miró con segundas.
—A mí no me vengas con estas. Te conozco.
Apreté las muelas.
—Rho se encuentra bien. Se está curando. Y Anson dice que ya no tiene tantas pesadillas. Así que, si ella está bien, yo también.
Cope guardó silencio durante un largo minuto, observándome. Estudiándome como si quisiera decirme que era un mentiroso, pero no insistió. Esta vez, no.
—Vale. Si necesitas hablar, llámame.
—De acuerdo.
No lo haría. Me lo guardaría. O lo sacaría currando en alguna casa. Pero es que yo gestionaba mis emociones así. Mi padre lo entendía. De pequeño, el único que se dio cuenta de que necesitaba hacer algo con las manos para poder gestionar cualquier cosa que me afectara fue él.
Y me hacía reparar vallas del rancho, ayudarlo a construir un cobertizo nuevo o arreglar el establo.
Gracias a él, había descubierto mi pasión tanto por crear algo de la nada como por devolverle la vida a algo que la gente había olvidado y abandonado.
Lo perdimos hacía años, pero yo seguía sintiendo la misma aflicción que acompañaba el echarlo de menos cada vez que empezaba cualquier cosa de cero.
—Salúdalos a todos de mi parte —me pidió Cope, sacándome de mis cavilaciones.
—Hecho.
—Hasta luego, Bob el constructor —se despidió Cope, que cortó la llamada antes de que me diera tiempo a responder nada.
Me limité a sacudir la cabeza y fui a darme una ducha bien caliente.
Me aseé, me cambié y me dirigí a la propiedad de Cope en un periquete.
En cuanto me acerqué al portón de entrada y bajé la ventanilla, oí el zumbido de la cámara al moverse.
El objetivo me enfocó la cara mientras yo introducía el código correspondiente.
Como Cope era una estrella del hockey , necesitaba este nivel de seguridad. Aquí no llegaban demasiados mirones, pero siempre había algún que otro superfán ocasional. Y, como no tuviese un buen sistema de seguridad, se le plantarían en la puerta de la casa.
Además, estas medidas de seguridad también servían para proteger a Arden. Aunque ya sabía cuidarse solita, vaya.
En cuanto el portón se abrió, levanté el pie del freno.
Desde aquí no se veían las estructuras de la propiedad; solo un camino pavimentado y flanqueado por álamos.
Eran unos minutos de todo curvas que cruzaban el arroyo que daba al gran estanque que había junto a la casa principal.
Al final, el camino se abría y dejaba al descubierto un majestuoso paisaje.
La casa en sí era una mezcla de una rica madera rojiza, piedras y cristal.
Aquellas gigantescas ventanas no permitían ver nada del interior, pero yo era plenamente consciente de que desde dentro sí que se podía admirar el exterior.
Un lado daba a los rostros dorados de Castle Rock y, en el otro, había un ventanal con vistas a las Montañas Monarca, con el estanque justo a sus pies.
No me entraba en la cabeza que Cope pudiese pasarse gran parte del año lejos de este lugar.