Capítulo siete. Thea #3
—A ver si lo adivino... Te ha tirado los tejos mientras te decía que te cobraría un millón de dólares por la reparación.
—Debería haberte escuchado.
Rhodes dejó las plantas en el nuevo expositor, que, claramente, estaba a medio diseñar.
—Por lo común, me regodearía ante una confesión de ese tipo. Pero me sabe mal que hayas tenido que lidiar con sus gilipolleces cuando ya tenías un día de mierda.
Suspiré.
—¿Qué le pasa? Conozco a Raina de la panadería... —Dejé la frase a medias al ver que a Rhodes le cambiaba un poco la expresión—. ¿Qué? —insistí.
Negó con la cabeza y respondió:
—No lo sé muy bien. Lo que sí sé es que Trace ha tenido que ir a su casa varias veces. Los vecinos lo llaman por los gritos.
—Esto me da mala espina... —señalé en voz baja.
Rhodes alargó la mano y me dio un apretón en el brazo con suma empatía en el rostro.
—A mí también. Pero también sé que no puedes obligar a alguien a que pida ayuda.
Por el amor de Dios, si eso yo lo tenía clarísimo.
A Nikki no le había dado buena espina mi relación con Brendan.
Me había hecho algunas preguntas con cuidado y delicadeza.
Y yo le había mentido como si me fuera la vida en ello.
No le conté a mi amiga gran parte de lo ocurrido hasta que el tío me hubo arruinado.
Y, cuando por fin me sinceré con ella, ni siquiera fui capaz de explicárselo todo.
Presente y pasado colisionaron y se me nubló la vista.
—Ojalá pudiéramos hacer algo.
—Eres una buena persona, Thea.
Se me aclaró la vista, volví a ver a Rhodes con claridad frente a mí y negué con la cabeza para decir:
—Estoy hecha un desastre...
Ella sonrió y contestó:
—Eso les sucede a los mejores.
A lo mejor tenía razón.
Rhodes se repiqueteó el muslo con los dedos.
—Bueno, ¿puedo pedirle a Shep que te ayude?
Al captar la esperanza en sus ojos, me dio un vuelco enorme el estómago.
—No sé yo, Rho. Tengo la sensación de estar aprovechándome de la situación y...
Alargó el brazo de inmediato para cogerme la mano y me apretó los dedos.
—Creo que Shep lo necesita.
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Que necesita arreglarme la fuga de agua?
—Que necesita sentir que te está ayudando. —Rhodes me soltó la mano y se pasó los dedos por sus oscuros mechones—. No a ti en concreto. A alguien. A quien sea.
Las palabras de Rhodes ocultaban una pizca de desesperación y eso hizo que me saltaran las alarmas.
—¿Va todo bien? —quise saber.
Rhodes giró la cabeza y desvió la vista hacia el vivero, aunque tenía la mirada más bien perdida.
—Se culpa por lo que me pasó.
Noté algo en el esternón; una sensación que hizo que me entraran ganas de cambiar el peso de un pie al otro ahí mismo.
Rhodes había vivido un calvario por culpa de un asesino en serie y, a pesar de que no hablábamos del tema, yo sabía que mi amiga seguía acarreando ciertas heridas; tanto físicas como emocionales.
—¿Por qué iba a culparse por algo que hizo un monstruo? —pregunté adoptando un tono más serio.
Rhodes se frotó la cara con una mano, como si estuviese empezando a notar la fatiga de todo lo que le había ocurrido por primera vez.
—Porque contrató a Silas. Se pasó años trabajando con él. Shep cree que tiene la culpa de que Silas pudiese llegar a mí.
La incomodidad que sentía en mi interior aumentó hasta convertirse en dolor. Por Shep. Porque cuadraba. Se responsabilizaba de todo lo que le rodeaba... Así que también iba a responsabilizarse de esto, cómo no. Tragué saliva con fuerza mientras pensaba en lo ciega que estuve yo con otro monstruo.
—No siempre vemos la maldad que pueden poseer otras personas. Pero no por eso tenemos la culpa de nada. Eso únicamente significa que somos conscientes de lo bueno en quienes nos rodean.
Con el tiempo, yo había perdido un poco esa capacidad. Ahora buscaba la oscuridad en lugar de la luz. Y, al hacerlo, le había hecho daño a Shep. Me vino a la mente una imagen de su cara, de su marcada mandíbula con esa barba de dos días y del brillo herido de sus ojos color ámbar.
Pestañeé para quitarme ese recuerdo de la cabeza y me encontré con que Rhodes tenía la vista puesta en mí. Advertí curiosidad y cierta preocupación en su mirada, pero no abrió la boca; no insistió.
—Puedes pedirle que me ayude —le dije.
A Rhodes se le iluminó la expresión.
—Gracias. En serio. Creo que lo necesita, de verdad.
—Pero le voy a pagar —puntualicé—. Sé que me hará un mejor precio, me guste o no, pero no pienso dejar que trabaje gratis.
Rhodes rio un poco y señaló:
—Qué bien lo conoces, ya.
¿Cómo era posible esto? Pues por varias conversaciones que no habían durado más que unos pocos segundos. Porque lo había observado desde lejos. Porque había escuchado las historias que me había contado Rhodes.
Y, aun así, sabía que, con él, tendría que reforzar triplemente los muros que yo misma había construido para mantener a todo el mundo alejado de mí, esos que me ayudaban a estar a salvo.
No porque Shep fuese a hacerme daño de forma voluntaria, sino porque yo tenía la sensación de que ese hombre era dueño de una capacidad para poder atravesar todas mis barreras.