Capítulo siete. Thea #2
Pero ahora no tenía elección. Y eso fui recordándome a mí misma mientras subía las escaleras hasta llegar al rellano.
Había cuatro puertas diferentes y un par de sofás en medio por si alguien tenía que esperar.
Pasé por delante de un despacho de contabilidad, uno de abogados y, finalmente, llegué delante del de Construcciones Castle Rock.
Acerqué la mano al pomo de la puerta sin llegar a tocarlo. Con un movimiento rápido lo empujé hacia abajo antes de que pudiera autoconvencerme para largarme de allí.
En cuanto entré, la mujer que había detrás del mostrador de recepción levantó la vista y le atisbé una pizca de sorpresa en los ojos. Emoción que también podía observarse en los míos, seguro.
—Raina.
Me sonrió tímidamente.
—Hola, Thea.
—No sabía que trabajabas aquí.
Asintió con la cabeza.
—Sí, es de mi...
—Eh, monada, ¿puedes pasarme...? —El hombre dejó la frase a medias al salir de su despacho y desvió la vista hacia mí—. No me habías dicho que teníamos visita.
No me pasó desapercibido el tono de reproche con el que habló.
No lo dijo demasiado alto y la mayoría de la gente ni se habría percatado, pero yo estaba acostumbrada a estar al tanto para poder captar cualquier posible peligro.
Estaba acostumbrada a andarme con pies de plomo y a buscar cualquier posible señal de infelicidad por parte de mi pareja. Así que lo oí alto y claro.
Raina también. Y empalideció.
—Perdona, Russ. Acaba de llegar.
Me obligué a sonreír a pesar de notar que se me tensaba el cuerpo entero y que un apremiante impulso de salir por patas se adueñaba de mí.
—Solo estaba saludando a Raina. Nos conocemos de la panadería.
Russ pareció reflexionar un poco y soltó:
—Nunca he entendido qué necesidad tiene mi mujer de ir allí cuando aquí ya tenemos agua caliente.
«Su mujer». Tuve que esforzarme por no desviar la vista hacia Raina, sobre todo porque sabía que escondía un moratón bajo el corrector de ojos. Así pues, en lugar de eso, me obligué a sonreír con más ahínco.
—Intuyo que usted nunca ha probado nuestras pastas.
El hombre bajó la vista de mi cara a mi escote y comentó:
—Igual tendré que remediarlo...
«Qué asco».
—Bueno —prosiguió él—. ¿Qué podemos hacer por ti?
Al imaginarme a ese hombre en mi casa se me revolvieron las tripas. No obstante, teniendo en cuenta que ahora estaba en el despacho, era muy probable que él no trabajase personalmente en los proyectos. Inhalé y me obligué a seguir:
—Tengo una fuga en casa. No sé muy bien de dónde sale, pero ha dañado el suelo del aseo del cuarto de invitados. Y la tubería que da a la casa también. Quería saber cuánto me costaría que vinieran a echarle un vistazo.
Russ silbó por lo bajo.
—Las fugas son muy puñeteras. No sabremos a qué atenernos hasta que lleguemos allí. Solemos cobrar doscientos cincuenta por el asesoramiento, pero... —Me estudió con la mirada—. Como eres amiga de Raina, puede que hasta te haga un descuento.
El hombre recorrió mis piernas desnudas con la mirada sin disimular lo más mínimo.
Sentí una fuerte necesidad de cruzarlas o de encontrar algún mueble tras el cual esconderme.
Ahora sí que no pude evitar mirar a Raina.
El gesto duró una milésima de segundo, pero comprobé que ella había bajado la vista y que le habían subido los colores.
—Y, como eres su amiga, ya vendré y lo revisaré yo mismo. —Infló su fuerte pectoral—. Poca gente consigue que los dueños hagan el trabajo personalmente.
Desvié la vista de nuevo hacia él. Ni de puñetera broma. Noté que me pesaba la lengua, como si hubiese tenido una reacción alérgica y se me hubiese hinchado de repente. Tragué saliva en un intento por pronunciar las siguientes palabras con firmeza:
—Muchas gracias. Todavía tengo que hablar con un par de personas más, pero les diré alguna cosa.
Russ entornó los ojos.
—¿Con quién más estás hablando? —se interesó.
Pero ¿esto qué era? ¿Una guerra entre constructoras?
—Con los de Fontanería Clara Elección y con Construcciones Colson.
No tenía ni idea de por qué se me rompió la voz al mencionar la empresa de Shep ni de por qué se lo había contado directamente. Supuse que estaba desesperada por encontrar una alternativa.
A Russ se le marcaron todavía más las arrugas de tensión alrededor de la boca.
—Los de Clara Elección hacen bien su trabajo, pero solo podrán ayudarte con la fuga. No reforman nada.
—Hummm —musité sin darle la razón ni llevarle la contraria tampoco.
—Y si quieres que te estafen, entonces llama a Colson. Te cobrarán un pastizal hasta por lo más mínimo. Es un milagro que no los haya denunciado nadie por fraude. Además, el dueño es un cabrón.
Al oír eso, me puse más tensa. Shep era muchas cosas.
Insistente. Entrometido. Encantador a rabiar.
Pero lo último que le veía haciendo era aprovecharse de los demás.
Rhodes me había contado que cada mes dedicaba parte de su tiempo y del de su equipo a la organización sin ánimo de lucro Habitat for Humanity.
Lo que significaba que esos días pagaba a sus trabajadores para que ayudasen a otras personas.
—Ahí no compartimos la misma opinión, pero gracias por darme su punto de vista. Si considero oportuno trabajar con ustedes, se lo haré saber. Gracias por la información. —Me giré hacia Raina y esperé hasta que me miró a los ojos—. Confío en verte mañana.
Asintió rápidamente, pero lo hizo con la vista puesta en su marido, como si estuviese buscando su aprobación.
—Que vaya bien el día —se despidió Raina.
Fui pitando hacia la puerta antes de que el majo de Russ pudiese interceptarme. Y no me detuve hasta que me hube subido a la bici y hube puesto rumbo a Brotes y Bayas. Hice el trayecto en un tiempo récord, con los músculos a plena potencia por una mezcla de ansiedad, enfado y fastidio.
Nunca había estado más convencida de que Raina se encontraba en una mala situación. En el mejor de los casos, su marido era un capullo. ¿En el peor? La chica estaba viviendo una pesadilla.
Al pensar en eso me dio un vuelco el estómago mientras me bajaba de la bici.
Rhodes cruzó el aparcamiento, decidida, con un par de equináceas violetas gigantescas.
—¿Adónde has ido?
Arrugué los labios de forma involuntaria.
—A Construcciones Castle Rock. Tenías razón. El jefe es un capullo.
La preocupación se adueñó del rostro de Rhodes.
—¿Qué idiota te ha tocado, Bob o Russ?
—Russ —gruñí.