Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo siete. Thea
16%

Capítulo siete. Thea

Capítulo siete

Thea

Me escocieron los ojos al pestañear desde la encimera de la cocina, bajo la luz del sol de primera hora de la mañana. Era como si mis párpados estuviesen hechos de papel de lija y ácido. No era la mejor combinación del mundo.

Alce me dio unos golpecitos en la pierna con la pata y soltó un melodioso maullido.

—Tú ya has desayunado —musité mientras mezclaba la papilla de las crías—. Esto es para los bebés.

El gato bufó por toda respuesta.

—Mira que llegas a ser dramático...

Seguramente también estuviese mosqueado porque me había pasado la noche moviéndome entre las sábanas.

Entre que me había costado dormir y las pesadillas que había tenido y en las que había visto a Brendan delante de mi cama, gritándome por todos mis fracasos, a duras penas había podido aunar tres horas de sueño.

Tampoco era la primera vez. Cuando me marché de Los Ángeles, no podía ni dormir, directamente. Esperaba que Brendan fuese a aparecer en cualquier motel en el que me alojase y a echar la puerta abajo, y cuando llegué a Sparrow Falls estaba convencida de que acabaría dando con mi paradero.

Entre eso y que me preocupaba que cualquier persona que me mirase durante más de un segundo me hubiese visto desnuda en Internet, había estado hecha un manojo de nervios.

La primera vez que conseguí descansar del tirón, me desperté a la mañana siguiente y lloré de puro alivio.

Así que volver a tener problemas para conciliar el sueño me catapultó de regreso a esa época.

Por si eso fuera poco, tampoco ayudaba que, además, estuviese apechugando con una buena dosis de culpabilidad.

Cuando le dije a Shep que no lo dejaría entrar en mi casa, atisbé el dolor que se le coló en la mirada.

Y el hecho de que lo entendiera y se mostrara empático conmigo no hizo sino empeorarlo todo aún más.

Me deshice de aquella imagen y llevé los dos platos hacia la cerca de los gatitos. Las cuatro crías eran una distracción adorable. Los animalitos estaban durmiendo acurrucados; sin embargo, en cuanto olieron la comida, empezaron con los chirriantes maullidos.

Los saqué de su pequeña casita de dos en dos.

Dejé a los dos atigrados delante de un plato y coloqué el negro con patas blancas y el gris con la zona del pecho blanco en el otro.

La gatita gris era más pequeña; estaba claro que era la más joven.

Me levanté y los observé durante unos minutos, asegurándome de que la gris comiese bien para engordar un poquito.

Alce apoyó ambas patas delanteras en lo alto de la verja y se quedó mirando las crías antes de levantar la vista hacia mí con sumo desdén.

Arrugué los labios.

—Tranquilo, se vienen conmigo al trabajo.

Tenía un remolque de esos para la bici, de los que están pensados para llevar a niños pequeños, y metí el transportín dentro.

Por suerte, el dueño de Brotes y Bayas estaba acostumbrado a tener animales de todo tipo en su despacho o detrás del mostrador.

Duncan era un buen tipo y, si había jaleo en el vivero, incluso les daba de comer a las crías gatunas por Rhodes y por mí.

Los gatitos se terminaron el desayuno enseguida y, como eran tan pequeños, no tuve problemas para meterlos en el transportín. De haberse tratado de Alce, ahora yo estaría sangrando.

El trayecto hasta Brotes y Bayas era más largo que el que tenía que recorrer para llegar a la panadería, pero hoy también hacía buen día. Me encantaba llegar al vivero antes de que abriesen. Fuera, donde todo estaba en silencio, había gorriones, colibríes y mariposas a mansalva.

Oí un portazo mientras frenaba y dejaba la bici cerca del edificio principal. Rhodes se aproximó con una sonrisa en los labios.

—¿Has venido con los peques?

Asentí y comenté:

—Jolín, son una monada.

—¡Trae!

Reí y desenganché el transportín para pasárselo a Rhodes.

Ella se agachó y miró a través de la puertecita mientras colaba sus dedos por entre las barras.

—Hola, bebitos —canturreó.

Los gatitos maullaron y uno intentó mordisquearle el dedo. Rhodes rio con discreción mientras apartaba la mano.

—Parece que al gris le falta ganar unos cuantos gramos.

—Sí, estoy pensando que igual le daré una dosis de más, a ver si se la toma.

—Buena idea —coincidió Rhodes mientras se levantaba y sacaba las llaves. Se quedó quieta y me observó la cara—. ¿Estás bien?

Intenté contener la tensión que iba agarrotándome los músculos.

—He dormido un poco mal, pero ya está.

Me sonrió empática.

—¿Los gatos no te han dejado descansar?

Abrí la boca para darle la razón, pero fui incapaz de hacerlo. Me sentía mal mintiendo a Rhodes. Negué sutilmente con la cabeza.

—Tengo una fuga en casa. Es un marrón.

—Ostras... —musitó a la vez que metía la llave en la cerradura y me hacía señas para que entrase—. ¿Has llamado ya a un fontanero? Seguro que Shep puede ayudarte. Se le dan genial estas cosas.

Me dio un vuelco el estómago al acordarme de la cara de Shep. De cómo me miró con sumo cuidado y ternura en sus ojos color ámbar. De cómo el sol tiñó de matices castaños su bonito pelo marrón. Del tono casi suplicante de su voz cuando me pidió que lo dejase ayudarme.

Tragué saliva para deshacerme de la culpabilidad.

—De hecho, estaba ahí cuando petó. Me cerró la válvula principal. Cuando acabe de trabajar, iré a la biblioteca para investigar un poco y ver cómo lo arreglo.

Solo rezaba por encontrar algo que me permitiese hacerlo solita.

Rhodes ralentizó el ritmo mientras seguía avanzando por el pasillo que daba al despacho de Duncan. Acto seguido, se detuvo en seco y se giró hacia mí.

—Vas a intentar arreglarlo... ¿tú sola?

Se me tensó la columna vertebral, como si una actitud defensiva quisiera adueñarse de mí.

—Bien que he sabido apañármelas con todas las otras cosas que he tenido que arreglar.

—Y me parece increíble. Pero, Thea, esto es serio. Yo tuve una fuga en la casa victoriana y tardaron dos semanas en repararla.

Rhodes sabía un montón acerca de reformas porque Shep y su equipo le habían devuelto la vida a la casa histórica de su familia. Aunque a Rhodes no la alteraba tener a gente a su alrededor.

Como no dije nada, insistió:

—Si empieza a acumularse moho porque no haya quedado bien arreglado, puedes ponerte superenferma. Y Alce también.

Rhodes había ido a matar. Puede que yo estuviese dispuesta a arriesgar mi salud, pero no la de mi gato. Aquella abrumadora sensación se adueñó de mí, me entró el pánico y me sentí acorralada.

Ella me estudió el rostro.

—Shep te ayudará. Te lo prometo.

Negué rápidamente con la cabeza.

—No. —Lo último que quería yo era que Shep me hiciese más favores. Además, no podía aventurarme a tenerlo cerca—. Bastante ha hecho ya. Buscaré otras empresas de por ahí.

Rhodes me miró con el ceño fruncido.

—En el pueblo solo hay otra empresa de construcciones y reparaciones, y no trabajan tan bien como Shep. Además, los dueños son unos capullos descomunales.

Nadie hacía las cosas tan bien como Shep. Había visto el letrero de Construcciones Colson tanto delante de edificios nuevos como de proyectos de restauración. Y todos tenían una cosa en común: eran absolutamente preciosos.

Había una infinidad de estilos. Desde modernos hasta toques artesanos, pero siempre conseguían combinar lo antiguo con lo nuevo como si nada y con suma perfección para lograr cohesionarlo bien todo.

Sin embargo, había buscado cuánto costaban sus servicios y no podría permitírmelos nunca, ni de broma.

—No necesito nada extravagante, Rho. Solo tiene que ser funcional.

Mi amiga apretó los labios.

—Thea...

—Me las apañaré. En serio.

Me detuve delante del edificio de ladrillos que había en la zona norte del pueblo, pasé la pierna por encima del sillín de la bici y bajé.

Era uno de esos lugares de por aquí con un escaparate pintoresco en la parte inferior y un par de despachos arriba.

En más de una ocasión me había quedado embobada mirando la tienda que había en la planta baja porque tenían muebles de estilo shabby-chic con un toque rústico.

Pero no había venido a por muebles. Hoy necesitaba aprovechar la hora del almuerzo para saber cuánto me cobrarían en Construcciones Castle Rock por echarle una ojeada a la fuga de la cabaña.

Y, cuando enviaran a alguien, me quedaría vigilándolo todo el rato.

Si contrataba una empresa en lugar de aceptar el favor del hermano de una amiga, terminaríamos antes.

Y lo que era más importante: no tendría que estar cerca de Shep. No tendría que verle aquella apacible compasión en el rostro. O notar la atracción. No tendría que preocuparme por si él veía demasiado.

Podía hacerlo. Por todas esas razones. El corazón me latió con fuerza mientras bajaba la vista para examinar mi atuendo e hice una mueca.

Me limpié la tierra que me manchaba la camiseta de Brotes y Bayas en un santiamén.

También llevaba los shorts caqui, pero al menos quedaba disimulada con ese color.

Cuando me hube quitado casi toda la suciedad, levanté la vista hacia las puertas de cristal. Justo en la parte frontal había una lista de empresas pintada con una delicada fuente Serif. Fijé la vista en la de construcciones y tragué saliva con fuerza.

Podía hacerlo.

Me fui repitiendo esa misma frase una y otra vez mientras abría la puerta y entraba.

Desde un punto de vista lógico, sabía que las posibilidades de que algún otro capullo intentase instalarme cámaras en casa eran prácticamente nulas; sin embargo, mi cerebro era incapaz de convencer al resto de mi cuerpo de ello.

Cada vez que me imaginaba teniendo a alguien en casa (incluido alguien en quien confiara, como Sutton o Rhodes), me empezaban a sudar las manos y se me aceleraba el corazón.

Y, entonces, los recuerdos del pasado volvían a mí, todos a la vez.

Me acordaba de que una de mis fotos había acabado en una página web de mujeres de compañía junto con mi número de teléfono para «reservas». Y ya me retractaba.