Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo seis. Shep
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Capítulo seis. Shep

Capítulo seis

Shep

La cara de absoluto terror que le vi a Thea hizo que tuviese que contener la risa.

Estaba empapada de los pies a la cabeza, como si hubiese decidido pegarse una ducha con la ropa puesta.

Y parecía que algún animalillo hubiese decidido anidar en su pelo color caoba, que le había quedado hecho un desastre.

Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.

—La válvula del agua —dijo, señalando el surtidor que tenía detrás.

«Hostia».

Thea me había dejado tan prendado que ni siquiera me había dado cuenta del surtidor que quedaba a sus espaldas.

Crucé el jardín delantero con unas grandes zancadas; la chica se lo había currado bien.

Estaba claro que tenía buen ojo para la jardinería.

Aquella mezcla de flores y plantas autóctonas encajaba a la perfección con el entorno.

Me agaché y me acerqué a la válvula por un lateral para no acabar empapado. Thea se acuclilló a mi lado y me pasó una pieza de metal oxidada.

—Se ha roto.

Dios. Aquello era más viejo que Matusalén. Con razón se había desprendido.

—Dame un segundo —le dije, me levanté y regresé a la camioneta.

Las crías de gato estaban en el transportín y había dejado el aire acondicionado puesto; de modo que, mientras yo arreglaba esto, estarían bien. Fui hacia la parte trasera del vehículo, abrí la tapa de la larga caja de herramientas y rebusqué hasta encontrar la llave que necesitaba.

La pillé y volví corriendo hacia el surtidor. Thea seguía allí al lado, empapada y con la vista puesta en el arroyo. No la culpaba. Nadie querría tener un río en el jardín, ni tampoco quedarse sin reservas en el pozo.

Me agaché de nuevo y me puse manos a la obra, intentando cortar el agua de raíz.

La maldita cosa esa estaba oxidada y no se movía; solté una maldición y ejercí más fuerza, no sin mojarme el hombro en el proceso.

Tras varios intentos más, el flujo del agua empezó a amainar hasta que por fin se detuvo por completo.

Me levanté y suspiré. Tenía a Thea ahí mismo.

Seguramente más cerca de lo que la había tenido jamás.

Su aroma me envolvió y me caló bien hondo; era algo floral con una nota a coco.

Se quedó mirando la válvula del agua como si fuese una especie de serpiente antes de levantar la cabeza de golpe y fijar sus profundos ojos marrones en los míos.

Ahí fue cuando reparé en lo cerca que estábamos.

Lo suficientemente cerca como para que pudiese apreciar lo muy arrugada que le había quedado la ropa, que estaba empapada, y cómo se le ceñía a todas y cada una de sus vigorosas curvas.

Toda ella emanaba una seductora elegancia, de esa que te atrae y te cautiva.

Thea bajó la vista hacia mi boca un segundo, dos. Entonces, algo la sacó de aquel trance. Retrocedió un poco, agarrándose ambas manos por delante del cuerpo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

No lo dijo enfadada, pero sus palabras iban acompañadas de un sutil tono de sospecha que hizo que se me pusieran los pelos de punta.

—Rho estaba liada en el trabajo y me ha pedido que te trajera las crías de gato de Nancy.

—Oh...

Al soltar esa exclamación, dibujó una forma perfectamente circular con los labios. Una forma que me hubiese gustado recorrer con mi lengua. Joder.

Se le destensaron un poco los hombros.

—Gracias. Por traer a los gatos y por lo del agua, me refiero. No sabía muy bien qué hacer.

—No hay de qué.

Extendí la mano y señalé lo que tenía ella en la suya.

Thea desvió la vista hacia la válvula que seguía agarrando como si le fuese la vida en ello. La dejó en mi palma y yo la estudié con detenimiento.

—Está superoxidada. —Miré lo que se veía de la tubería que iba hacia la casa—. No me extrañaría que las tuberías también estuviesen mal.

Thea apretó los dedos con fuerza, como si presionar de aquel modo fuese lo único que pudiera mantenerla serena.

—Creo que tengo una fuga en el aseo —confesó con un hilo de voz.

Mierda... Esto no era buena señal. Las fugas podían causar daños incalculables sin que nadie se diera cuenta.

—¿Por qué no me dejas que le eche una ojeada y te...?

—No —me cortó seca, soltando esa palabra cual latigazo.

Enarqué las cejas ante la ferocidad de aquel monosílabo.

—No me importa. —Señalé el lateral de mi camioneta, que rezaba: «Construcciones Colson»—. Me gano la vida con estas cosas.

Se apresuró a mover la cabeza.

—No quiero que entres en mi casa.

Me molesté y puede que me enojase un poco. Estaba intentando ayudarla. Me... Dejé el pensamiento a medias en cuanto lo capté: el sutil temblor que le azotaba los músculos a Thea. Estaba agarrándose las manos para intentar disimularlo, pero estaba aterrada como la que más. ¿De mí?

Di un par de grandes zancadas hacia atrás para dejarle espacio.

Una ola de culpabilidad descomunal se adueñó de mí y a esta rápidamente le siguió algo que solo pude identificar como dolor.

Alguien le había hecho daño a Thea. Esto lo tenía clarísimo.

Le habían hecho tanto daño que ella ni siquiera quería arriesgarse a dejarme entrar en su casa para que la ayudase.

—De acuerdo —le dije con el tono de voz más delicado que pude—. No haremos nada que no quieras. Tú mandas.

Thea se me quedó mirando largo y tendido con los ojos centelleándole bajo el sol del atardecer. Se humedeció los labios sin dejar de agarrarse las manos con fuerza.

—¿Podrías decirme cómo puedo arreglarlo?

Dios, esto me mató. Sabía que Thea llevaba casi dos años en Sparrow Falls.

Había ido tocando muchas teclas hasta que al final acabó en La Mezcla, con Sutton, y con un trabajo a media jornada en Brotes y Bayas.

Se mostraba educada con todo el mundo, pero emanaba esas inconfundibles vibras de «no-te-me-acerques».

Lo cual significaba que estaba ocupándose de todo sola.

No tenía a nadie que la ayudara. Nadie con quien compartir tanto peso.

Intenté elegir mis próximas palabras con cautela.

—Tal vez. La fontanería no es una tarea fácil y tienes que asegurarte de hacerlo bien de verdad.

Le tembló el labio inferior y los apretó los dos en una fina línea para detener el movimiento.

Madre mía...

—¿Te importaría que le echase una ojeada al revestimiento? Solo por fuera —me apresuré a añadir.

Thea apartó la vista de mí y la desvió hacia la ruta que seguramente seguía la tubería que llegaba hasta su casa. Clavó los ojos ahí un segundo y comprendí que ese edificio era su refugio. El único sitio donde seguramente se sentía a salvo.

—Vale.

Lo dijo con un hilo de voz prácticamente inaudible, pero yo estaba tan centrado en Thea que, cuando lo oí, fue como si lo hubiese gritado.

—Vale —repetí yo también—. Voy a por una pala a la camioneta.

Eché a andar antes de que pudiese detenerme; me acerqué al vehículo y pillé la pala de la caja. Al darme la vuelta, me encontré con Thea vigilándome cual halcón. La dejé hacer. Lo que fuera con tal de que se sintiera segura.

Se me revolvieron las tripas y aquella incómoda sensación no hizo sino aumentar mientras yo iba preguntándome qué narices le había sucedido.

Fue una sensación que rivalizaba con el cabreo que estaba aferrándose a mí.

Furia hacia quienquiera que tuviese la culpa de que ahora ella estuviese así de asustada.

Intenté deshacerme de la rabia. Lo último que le hacía falta a Thea era percibir eso. Así que me centré en lo que tenía entre manos, le conté todo lo que pensaba hacer y esperé a que me diese el visto bueno con cada paso.

—Haré un agujero en el punto en el que creo que la tubería se conecta con el edificio para ver si puedo encontrar algo que indique que hay una fuga.

Thea se humedeció los labios de nuevo con un nervioso movimiento de su rosada lengua. Pero asintió.

No tardé demasiado en encontrarlo, pero ya descubrí cómo se iba acumulando el agua incluso antes de que terminase de cavar. No había mucha, pero sí bastante. Además, tampoco es que hiciera falta muchísima para causar estragos en la casa.

Levanté la vista hacia Thea mientras me arrodillaba al lado del agujero. Ella estaba tensa de los pies a la cabeza, y su piel, sutilmente morena, había adoptado un tono blanco para nada natural.

—¿Dónde tienes el aseo?

—Justo ahí. Al otro lado de esta pared.

Suspiré y giré la cabeza para estudiar la tubería oxidada.

—Sin entrar, no puedo confirmártelo al cien por cien, pero parece que esto lleva perdiendo bastante tiempo. Aunque no veo ninguna fuga aquí mismo, así que no tengo claro de dónde viene.

Thea se agarró los dedos con tantísima fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.

Dios, esta chica era la última persona a quien quería dar malas noticias. Era como patear a un cachorro.

—Tienes que vigilar con las fugas. Pueden hacer que se te pudra algo o se te llene de moho. O ambas cosas a la vez. No hace falta que sea yo, pero tienes que pedirle a alguien que sepa del tema que le eche una ojeada por dentro.

A lo mejor yo tenía algo que hacía que a Thea le vinieran malos recuerdos. Me jodía pensarlo, pero era mejor eso que saber que no dejaría que nadie la ayudase.

—No puedo —dijo con dificultad a la hora de pronunciar esas palabras y con los ojos más brillantes todavía.

Me dolió en el alma ver cómo le costaba, lo mucho que se esmeraba en contener las lágrimas.

—Me estás matando, Astilla. Deja que te eche un cable.

Le tembló el cuerpo entero.

—L-Lo siento. Es que... no puedo.