Capítulo cinco. Thea
Capítulo cinco
Thea
El sol de última hora de la tarde brillaba bajo y dejé que me bañara la piel mientras yo caminaba por la parte trasera de mi propiedad. Las vistas de ese bosque infinito no dejaban nunca de maravillarme. Fui ralentizando el paso a medida que me fijaba con detenimiento en todo cuanto me rodeaba.
Esa nota de pino que permeaba el aire era distinta a cualquier otro aroma de pinos; era algo exclusivamente característico de Sparrow Falls.
Al igual que ese cielo de color azul cristalino con unas nubes que parecían algodón de azúcar y la impresionante inmensidad de la naturaleza que me rodeaba y que hacía que me sintiera tan pequeña.
Daba igual que en ocasiones me sintiera sola y deseara que alguien me conociera de verdad. Era afortunada como la que más de estar allí y de tener ese espacio.
Deseé que Nikki pudiera verlo y sentí una punzada de dolor en el pecho. Un mes, le envié un par de Polaroids junto con el dinero, pero las fotos no le hacían justicia a este lugar.
Levanté la vista al cielo y dejé que el sol me acariciara la piel un ratito más. Me bastaba con esto. Tenía mi jardín, mis libros, a Alce... Estaba a salvo. Querer más sería pasarme de avariciosa.
Suspiré y regresé al invernadero. Cuando vivía en Los Ángeles, solía ir a comprar a los muchos mercados de agricultores que había en mi barrio y por los alrededores.
Me encantaba inventarme recetas nuevas con los productos que encontraba allí, pero no tenía ni idea de lo que significaba cultivar unos productos tan ricos.
Ahora sí.
En cuanto atisbé aquel viejo invernadero, se me curvaron los labios. Cuando me mudé aquí, me enamoré de inmediato de este espacio. La parte inferior de las paredes era de una rica madera envejecida. Y la parte superior era todo cristal.
Algunos de esos cristales estaban agrietados o hechos añicos; sin embargo, tras un poco de investigación y bastante esmero, logré cambiarlos todos.
Aprender cómo conseguir que no se me murieran las plantas ya me costó más.
Leí libros y artículos en la biblioteca y experimenté de varias formas.
Pero ahora, casi dos años después, ya le había pillado el tranquillo.
Me coloqué bien la cesta de mimbre grande en el brazo y abrí la puerta con la otra mano. Nada más entrar, noté el espesor del aire; un espesor que hacía que mis plantas estuviesen contentas. Dejé la cesta en el banco que había justo en medio.
En cierto modo, ocuparme de las plantas y las verduras me tranquilizaba. Crear algo positivo, cuidarlo y hacerlo crecer había curado algo en mí. Al igual que había ocurrido al hacerme cargo de gatitos de acogida. Era como si cuidarlos a ellos cosiera algo que estaba roto en mí.
Me puse manos a la obra, regué las plantas, arranqué las malas hierbas y podé un poco.
Mientras avanzaba, iba comprobando qué tendría que recolectar.
Puerros, calabazas de verano, las primeras y minúsculas fresas...
El aguacatero que había plantado ya llegaba al techo acristalado del invernadero.
Tendría que ocuparme pronto de él. Y era consciente de que también podía coger unas cuantas mazorcas del maíz que había plantado afuera.
Ya estaba pensando en lo que podría preparar con esos ingredientes.
Ensalada de maíz y calabaza con puerros asados para resaltar el sabor.
A lo mejor podría hacer algo de postre con las fresas.
A Sutton se le ocurrirían ideas mejores.
A pesar de que llevaba meses trabajando con ella, todavía no había conseguido dominar ese arte.
Fui adentrándome rápidamente por el espacio, pillando todo lo que necesitaría para la cena de esta noche. Me detuve justo delante de una planta de catnip que había en una esquina y sonreí. Arranqué una ramita, la metí en la cesta y me dirigí a la puerta.
Crucé la parte de atrás de la propiedad y subí los peldaños que daban a la terraza trasera, que estaba clarísimo que habían añadido a posteriori , después de que alguien hubiese vivido ya en esa pequeña cabaña.
Hoy cenaría fuera. No tenía mesa, pero podría comer en la chaise longue sin problemas.
Y sacaría a Alce con la correa para que disfrutase de un ratito al aire libre.
Agarré las llaves del bolsillo y abrí el cerrojo especial de la puerta trasera. Entré y Alce me saludó con un melodioso maullido. Sonreí y le rasqué detrás de las orejas. Él ya estaba moviendo la naricita.
—Dame un segundo y ahora te traigo tu droga favorita.
Respondió con unos cuantos maullidos a modo de protesta, esos que siempre me hacen reír. Fui corriendo hacia la cocina, dejé la cesta y saqué la menta gatera. En el proceso, miré el reloj y solté una maldición. Rhodes llegaría en cualquier momento.
Regresé con Alce a toda prisa, rama en mano. Él se apoyó en las patas de atrás cual suricata y me agarró el brazo con las delanteras para acercarse la hierba a la boca.
—Oye, cuidadín. Como no vigiles, lo mismo me arrancas el dedo...
Pero el gato ya estaba masticando las hojas; era como si estuviese en el paraíso, clarísimamente.
Sonreí mientras iba hacia la cerca de los gatos de acogida para volver a asegurarme de que estaba todo listo.
Como solo tenían seis semanas, no se subirían por los bordes, pero era bastante probable que la cosa no tardase en cambiar.
Las crías de gato siempre encontraban la manera de apañárselas.
Alce soltó un maullido amenazador.
Me erguí y lo miré a modo de advertencia.
—Esos gatitos no te robarán el catnip , tranquilo.
Desvié la vista de nuevo hacia la cerca y fruncí el ceño.
Tenía que rellenar un poco más el arenero.
Fui hacia el pequeño aseo que había al salir del salón y donde también guardaba todo lo relacionado con los mininos.
Abrí el armario de debajo del lavamanos, tiré de la bolsa de arena y me quedé petrificada.
El terror se me arremolinó en el estómago mientras observaba el agua que había debajo del lavamanos.
Me afané en sacarlo todo solo para encontrarme con más agua todavía.
Tampoco es que hubiese una inundación, pero sí parecía que todo lo que había ahí hubiese acabado empapado con el tiempo.
Pasé la mano por la tubería mientras la inspeccionaba.
No vi que perdiera por ninguna parte, pero eso tampoco significaba que no hubiese ninguna fuga.
Me levanté, miré a mi alrededor y distinguí un sutil resplandor en el suelo de linóleo justo al lado del lavamanos. Me agaché. También estaba mojado.
«Mierda. Mierda. Mierda...».
Tenía que cortar el agua de la casa. Seguramente tendría que llamar a un fontanero.
Al imaginarme a alguien en mi casa (a alguien cualquiera, pero, sobre todo, a un desconocido), noté cómo cierta presión empezaba a oprimirme el pecho.
Se me fue cerrando la caja torácica alrededor de los pulmones y sentí que me costaba respirar con normalidad.
—Paso a paso —susurré.
A lo mejor podía arreglarlo yo sola. Seguro que había algún libro en la biblioteca que debía de explicar cómo encontrar una fuga de agua. Tal vez todavía podía pasarme por allí antes de que cerraran.
Pero primero tenía que cortar el agua de la cabaña para que la cosa no fuera a peor. Ya sería lo último que me faltaba.
Salí con decisión del baño y giré la esquina hacia la puerta de entrada. Por lo menos, el baño de los invitados estaba pegado a una pared exterior, así que esperaba que los daños fuesen mínimos. Estudié el jardín delantero en busca de algo que pudiese parecer una válvula de cierre.
Nunca había sido la propietaria de una casa hasta que compré esta. Mi vida en Los Ángeles había consistido en mudarme de un apartamento a otro. Ni siquiera cuando era pequeña tuve una casa de esas típicas con jardín. Mis padres no podían permitírselo.
Al final, atisbé una tapa pequeña en el suelo. Fui corriendo hacia allí y la levanté; acto seguido, alargué la mano hacia aquella válvula oxidada y que parecía más vieja que la casa en sí, si es que era posible.
Intenté girarla, pero no se movía. Noté cierta presión en los ojos.
—Venga... —musité, ejerciendo con más fuerza mis movimientos.
Solté un taco por lo bajo y al final conseguí moverla. Aunque no para bien.
Primero, estaba en cuclillas justo encima de la tapa, y ahora, de repente, el agua me estaba salpicando en la cara. Tardó solo unos segundos en empaparlo todo: mi pelo, el top y lo que quedase cerca de allí.
Retrocedí a trompicones mientras el pánico se iba adueñando de mí. Y entonces me di cuenta de que seguía con la válvula en la mano. La había sacado.
Volví a agacharme e intenté colocarme en un ángulo desde el que pudiese evitar acabar todavía más empapada. Pero la válvula no paraba de chirriar a modo de protesta y yo seguía mojándome.
«Joder. Joder. Joder...».
No tenía ni la más remota idea de qué hacer. De cómo conseguir que parase. De cómo arreglarlo. De nada.
Oí un portazo. Me levanté de golpe y me giré.
Y ahí estaba Shep, con una expresión confundida y divirtiéndose como el que más.
—¿Qué diablos te ha pasado? —me preguntó.