Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuatro. Shep
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Capítulo cuatro. Shep

Capítulo cuatro

Shep

Aquella casa había que reformarla entera. Pero eso no hacía sino avivar la energía que me corría por las venas. El cosquilleo que notaba en los dedos era una clara pista de cuántas ganas tenía de pillar un lápiz y ponerme a hacer un boceto de cómo podría quedar la obra.

Siempre era como un chute de adrenalina. Coger algo que la gente veía como escombros y convertirlo en una joya. Y, por más que me encantara utilizar todo tipo de tecnología imaginable para poder llevar eso a cabo, siempre comenzaba a trabajar a la vieja usanza: con papel y lápiz.

La forma en la que el grafito se deslizaba por la página tenía algo que hacía que mi mente se abriera a muchas posibilidades.

Y este lugar las ofrecía a montones. Este proyecto era diez veces más grande que cualquiera en el que hubiese trabajado hasta la fecha.

Lo cual solo conseguía que la adrenalina fuese aún mayor.

Empecé con aquella gigantesca casa rural que debía de datar, como mínimo, de los años veinte, que es más o menos cuando se creó esta parte del estado.

El tiempo había ido deteriorando el revestimiento, aportándole un tono grisáceo a lo que en su día debió de ser de color blanco.

Habría que cambiarle el techo; eso, por descontado. Ahora bien, ¿los cimientos? Sólidos.

Quería echar abajo media docena de paredes. Añadir ventanas. Pero todo eso iríamos viéndolo con el tiempo; con ello y con un montón de horas de trabajo.

No obstante, ser el dueño de una empresa de construcción también te permitía disfrutar de ciertas ventajas. Como, por ejemplo, del hecho de tener descuentos en algunos materiales y el acceso a bastantes trabajadores.

Me sonó el móvil, bajé la vista y sacudí la cabeza. Mis hermanos eran de lo que no hay. Daba igual que solo dos compartieran sangre o que los demás nos hubiésemos ido sumando a la familia en algún punto entre los cero y los dieciséis años. Estábamos muy unidos y nos encantaba chincharnos.

El chat de grupo que teníamos los siete cambiaba de nombre constantemente; todo el mundo intentaba superar al resto o tocarle las narices a alguien. Hoy, la notificación en cuestión rezaba:

Nombre del grupo cambiado a «Compitruenos»

Cope: Solo quiero saber si estáis vivos. Hace más de cuarenta y ocho horas que no sé nada de vosotros, cabrones

Ahora que había vuelto a Seattle para acabar con sus responsabilidades después de esta temporada en la NHL, Cope solo podía seguirnos la pista mediante mensajes de texto o videollamadas.

Así que tampoco lo culpaba por su petición.

Además, últimamente el chat había estado más tranquilo.

Después de que Rhodes acabara secuestrada, torturada y casi asesinada a manos de un tío al que yo había contratado y con quien me había pasado años trabajando, los mensajes para comprobar si estábamos todos bien habían ido en aumento.

El escozor de la culpabilidad, uno ya familiar, hizo que la ira me inundara el pecho y me erosionara todos los músculos y la médula ósea al completo. Yo no había visto lo enfermo y rebuscadamente cruel que era Silas y mi hermana casi pierde la vida por eso.

Kye: Tío, igual podrías ahorrarte las bromas estas de vida o muerte durante un tiempo

Fallon: Esa delicadeza, Copeland

Kye: Hostia. Fal te ha llamado por tu nombre entero. Ahora sí que estás jodido. Ya puedes vigilar

Fallon y Kyler siempre se habían apoyado mutuamente; tanto que yo me preguntaba si podían comunicarse sin necesidad de palabras. Cuando Kye se vino a vivir con nosotros a los dieciséis, no quería hablar con nadie. Sin embargo, fue como si Fallon siempre hubiese sabido cómo llegar a él.

Apareció una foto en el chat: Rhodes sujetando un rastrillo justo delante de un montón de algo marrón y con el otro brazo enyesado.

Rhodes: Hoy seguro que nadie se atreve a meterse conmigo

Kye: No, porque tienes un montón de mierda delante

Rhodes: Por ejemplo

Cope: Perdona, Rho. He sido un capullo y un desconsiderado

Rhodes: Pensaba que ya habías dejado de andarte con pies de plomo conmigo. Prefiero las bromas

Hacía casi un mes del calvario que le había tocado vivir a Rho y, a pesar de que no quería que nos preocupásemos, yo sabía la verdad. Rho todavía arrastraba las heridas de lo que había ocurrido, y eran bastante profundas.

Me alegraba que hubiese encontrado confort en mi mejor amigo, Anson; palabras que jamás pensé que me pasarían por la mente. Sin embargo, el taciturno de mi amigo y mi hermana, que era la alegría de la huerta, se compenetraban. Y les iba bien.

A sabiendas de que Cope y Rho seguirían con ese tira y afloja de la culpabilidad durante horas, me decanté por echar mano de la única herramienta de distracción que tenía. Le saqué una foto a la casa que me quedaba delante y la envié.

Yo: Acabo de hacer una oferta. Qué os parece?

Cope: Que en cuanto pongas un pie dentro te perseguirán los fantasmas

Kye: O igual te asesinan. Esto tiene toda la pinta de haber sido la casa de un asesino en serie con pintas de leñador

La casa en cuestión estaba en medio de la nada. Desolada. Ubicada sobre un terreno de doscientas hectáreas, flanqueada por tierras forestales nacionales por un lado y poco más de cuatro mil hectáreas de pasto por el otro.

No obstante, en este punto de mi vida, el hecho de que estuviese tan aislada me atraía mucho más que nunca antes.

Necesitaba un lugar donde poder vivir sin la presión que me generaban todas las expectativas ajenas.

O sin el peso con el que cargaba por haberle fallado a tantísima gente en distintos momentos de mi existencia.

Tampoco era idiota. Sabía que llevaba acarreando ese peso desde el día en que nací.

Pero ¿qué esperaba, si me habían abandonado cuando solo tenía unas semanas?

Me habían dejado en una de aquellas cajas que hay en el parque de bomberos en el pueblo colindante, donde nadie tenía ni idea de quién era yo ni de dónde había salido.

Tuve una suerte de narices de que me adoptaran los Colson. Eran la única familia que había tenido en toda mi vida. Aun así, no podía evitar preguntarme cuál fue la razón que llevó a alguien a abandonarme en esa urna. Y qué tendría yo para que tuviesen tantas ganas de deshacerse de mí.

El móvil volvió a sonar y me sacó de ese bucle.

Cope: Quién está bromeando con la muerte ahora?

Suspiré y silencié el chat. Trace, el mayor de mis hermanos, y Arden, la menor de las hermanas, ya lo habían hecho hacía tiempo.

Cada vez respondían menos y de forma más espaciada a los mensajes grupales.

Arden escribía sobre todo para decir que no teníamos vida.

Y Trace lo hacía para mantenernos a raya, cual buen sheriff del condado.

Aunque no los culpaba. Cope y Kye podrían pasarse horas así. Y, ahora mismo, yo tenía trabajo que hacer. Le eché una última ojeada a la casa y fui hacia la camioneta. Apreté el botón del mando, el vehículo emitió el pitido correspondiente, me subí y arranqué.

El reloj marcaba las tres y media. Tenía tiempo de sobra de pasarme por el vivero antes de regresar a casa y proceder a resucitar algunas plantas. Dejé el móvil en el posavasos y puse rumbo hacia allí.

Tardé unos buenos quince minutos en ver el rústico letrero de B ROTES Y B AYAS .

El vivero era el único sitio al que iba siempre a por cualquier cosa relacionada con el paisajismo, además del puesto de trabajo de mi experta no oficial.

Aparqué justo fuera del estacionamiento de gravilla y fui en busca de Rhodes.

La foto que nos había enviado me dio una pista de dónde podía estar. Me paseé por los invernaderos y por el patio central, donde había una minicafetería. Sin embargo, no la encontré hasta que me llegó ese sutil olor a estiércol.

Rhodes había metido su oscura melena por el cierre de la gorra, a modo de coleta. Con cada rastrillazo que cogía de esa pila de abono y excrementos de animales, se le mecía un poco el pelo. En cuanto la vi revolviendo aquella mezcla de estiércol con una sola mano, hice una mueca.

—¿Seguro que tienes que hacer eso? —le pregunté mientras me colocaba bien la gorra para protegerme los ojos del sol.

Rhodes se irguió, se giró hacia mí y se apoyó en el rastrillo.

—Sé que me tienes controlada a través de Anson, así que sé que te has enterado de que el doctor Avery me ha dado el visto bueno y ya puedo retomar las actividades físicas. El yeso este no me lo impedirá. —Levantó el brazo que llevaba enyesado y lo movió para dar más énfasis a sus palabras.

—Seguramente tampoco te vendría mal tomarte la primera semana de vuelta al curro con más calma —sugerí.

Se molestó y sus ojos color avellana centellearon.

—Llevo días apechugando detrás de la maldita caja registradora. Necesito que me dé el sol y volver a sentirme útil.

Suspiré.

—Lo siento, Rho-Rho —musité.

—No me vengas tú también con estas... —gruñó.

Esbocé una especie de sonrisa y respondí:

—¿Qué quieres que te diga? Cope me lo está pegando.

—Lo que necesita Cope es encontrar un hobby —se quejó ella—. Otro que no sea ir escribiéndome para saber cómo estoy.

—¿Por qué no le basta con ser jugador de hockey profesional y estar cobrando de más porque tiene un sueldo absurdamente alto?

—Claramente no. —Cambió de postura y echó la cabeza un poco hacia atrás para estudiarme mejor—. Bueno, ¿ya tienes nueva casa?

Intenté evitar cualquier reacción física para que no se me notara la incomodidad. Pero no pude contenerme.

—He acabado con la de Juniper Lane. Ya iba siendo hora.

Rhodes se limitó a sacudir la cabeza.

—¿Es que no quieres disfrutar nunca de los lugares que tanto te esmeras en renovar? —me preguntó.

Pues no. La vez que más había durado en un sitio tras reformarlo fueron dos meses. Y fue una tortura. Era todo demasiado prístino. Demasiado perfecto. Me desvivía por el desorden y el caos, por volver a unificarlo todo, por hacer que estuviese mejor de lo que había estado jamás.

—¿Acaso es un crimen que te apasione lo que haces? —le pregunté, incapaz de camuflar ese sutil tono defensivo en la voz.

Rhodes guardó silencio un segundo y me examinó con su penetrante mirada.

—Por supuesto que no. Pero no puedo evitar preguntarme de qué huyes exactamente.

—A lo mejor no huyo de nada. A lo mejor estoy reencaminándome hacia algo —argumenté haciendo especial énfasis en el verbo.

Porque eso mismo me decía a mí mismo. Que estaba buscando la adrenalina que me aportaba el crear algo. El reconstruirlo.

—Puede... —Rhodes apoyó el rastrillo contra la carretilla—. ¿Con el tema ese, bien?

Con «el tema ese» se refería al hecho de que, la noche anterior, el programa televisivo Dateline emitiera todo un episodio sobre Silas Arnett y su reinado de terror, ese que había durado décadas. Tragué saliva para deshacerme de la bilis, que ya iba revolviéndose.

—¿No debería de estar preguntándotelo yo a ti?

Rhodes se encogió de hombros.

—Podemos preguntárnoslo mutuamente. Porque nos preocupamos los dos y porque ambos hemos pasado por mierdas varias.

Yo no había pasado por nada. No, si me comparaba con Rhodes.

No me merecía que se preocupara por mí y me estuviese preguntando por cómo me encontraba yo.

Pero Rhodes lo hacía. No solo había perdido a toda su familia a los trece años, sino que el cabrón que lo había perpetrado había regresado para acabar su trabajo.

Y se había acercado a ella por mi culpa.

—Yo estoy bien. ¿Y tú? —le pregunté.

Eso era lo que quería saber en realidad. No, era lo que ne-ce-si-ta-ba saber. Porque, tal vez, si me aseguraba de que Rhodes se encontraba bien de verdad, se disiparía una pizca de toda la culpabilidad que me iba comiendo vivo.

—Hombre, si de verdad me tragara la mentira esa de que estás bien, yo también lo estaría. Pero, como no me lo trago, lo que estoy es molesta.

Se me escapó una risa, envolví a Rhodes con un brazo y le di un coscorrón sin quitarle la gorra.

Ella se movió y me pegó con el brazo bueno.

—¡Para! —gritó.

Se giró y me pellizcó el costado. Con fuerza.

—Hostia, Rho —me quejé, soltándola y frotándome la piel que acababa de magullarme.

Ahí fue cuando me miró fijamente y se interesó:

—¿Qué llevas puesto?

Bajé la vista y, de repente, me acordé de que todavía iba con la camiseta de «Cuqui- Cupcake » de antes. Mis trabajadores se habían pasado la mañana tocándome los cojones.

—He tenido un pequeño percance en la panadería.

Rhodes arqueó una ceja.

—Conque un percance, ¿eh?

—Se me ha caído algo encima, ya está.

—¿Thea te ha echado el café por la cabeza?

Miré a mi hermana con el ceño fruncido.

—Lo has dicho como si estuvieses orgullosa de ella.

Dibujó una sonrisa de medio lado y contestó:

—Me gusta que te mantenga a raya. Estás demasiado acostumbrado a que las mujeres caigan rendidas a tus pies.

Arrugué todavía más la frente.

—No se caen rendidas a mis pies.

Rhodes rio por la nariz.

—Es por eso de tener esas pintas de chico bueno. Te quieren un poquito demasiado. Te conviene alguien que no se deje dominar.

Yo no me sentía tan bueno, y menos este último mes.

—Ay, leches —soltó Rhodes, mirándose el reloj—. Se me había olvidado que tengo que ir a recoger a sus nuevos gatitos de acogida.

—¿De Thea? —me interesé.

Dios, si es que era patético. Estaba desesperado por saber literalmente cualquier cosa de esa mujer.

Rhodes asintió.

—Ahora ya aparece oficialmente en la lista de Nancy de Colas y Bigotes.

Rhodes y Lolli, nuestra abuela, llevaban años colaborando con el refugio de animales, pero no tenía ni idea de que Thea también estuviese metida en eso. Aunque, en parte, tampoco me sorprendía. Y, al enterarme, se me fue la lengua antes de que pudiera hacer nada por contenerme:

—Puedo dejárselos yo en su casa.

Rhodes sonrió con picardía, pero no me chinchó.

—¿Seguro?

—Ya he terminado por hoy.

—De acuerdo. Ahora te mando su dirección; la de Nancy ya la sabes.

Había hecho varios recados para el refugio, sobre todo para transportar donaciones de comida, juguetes y mantas de Lolli. Esa mujer conseguía que incluso los más tacaños donasen algo para la causa.

—Guay.

Rhodes se detuvo un segundo, como si estuviese meditando algo.

—Ahora en serio: eres muy buen hermano. Lo sabes, ¿no?

Sus palabras se me clavaron como dolorosas cuchillas y me rasgaron por dentro.

—Rho...

—Va en serio. Tú no tienes la culpa de lo que sucedió, como tampoco la tenemos ni Anson ni yo.

Ese escozor volvió a mí, solo que esta vez lo hizo con más intensidad.

—Debería haberme dado cuenta.

—No se dio cuenta nadie. Y como sigas arrastrando esta culpa sin sentido, te ahogarás en ella.

Percibí el miedo que ocultaba su voz, lo cual no hizo sino amplificar más mi culpabilidad. Así que hice lo único que podía hacer. Volví a abrazarla.

—Te quiero, Rho-Rho. Aunque ahora apestes a mierda de caballo.

Mi hermana rio, justo como yo esperaba que lo hiciera. De momento tendría que bastarme con ese sonido y con el hecho de saber que estaba viva y en perfecto estado, y que Silas no se había salido con la suya.