Capítulo tres. Thea
Capítulo tres
Thea
En la panadería se oía el sutil murmullo de la clientela que había venido a desayunar.
Mis momentos favoritos del día eran esta hora y el ajetreo del almuerzo.
Solía haber suficiente trabajo para que me perdiera en el constante ritmo de tomar nota y servir mesas.
No me daba tiempo a pensar en nada que no fuera las tareas que tenía que desempeñar.
Pero hoy era distinto.
Hoy solo podía pensar en Shepard Colson.
En cómo le había centelleado la mirada al vacilarme.
En cómo el sol de primera hora de la mañana le había iluminado el pelo y había hecho que los reflejos castaños que se le escondían bajo ese marrón oscuro destellaran con vida propia.
Y en los vastos músculos que había dejado al descubierto al quitarse por la cabeza esa camiseta que yo misma le había desgraciado.
—Tierra llamando a Thea.
Me sobresalté al oír la voz bromista de Sutton.
—Perdona, ¿qué?
Apretó los labios como si estuviese intentando contener la risa.
—Walter ya ha acabado de preparar la comida.
El cocinero, un hombre de más de setenta años, me saludó con la mano y me guiñó un ojo.
—Perdona —repetí en voz baja.
—Pareces distraída por algo —canturreó Sutton—. O por alguien... —añadió enfatizando la última palabra.
Se me contrajeron sutilmente los músculos sin que pudiese hacer nada por contener la tensión que se iba extendiendo por mi interior como si de lana de acero se tratara.
—Es solo que hoy no he dormido demasiado —musité mientras pillaba los dos platos que había dejado Walter.
Pasé por el lado de Sutton a toda prisa y fui directa hacia la mesa donde había sentada una pareja que no era del pueblo.
—Aquí tienen. ¿Les apetece algo más?
La mujer me sonrió y contestó:
—Creo que esto es todo. Qué buena pinta...
Intenté devolverle la sonrisa, pero, a pesar de que me esforcé, no acabé de conseguirlo del todo.
—Bueno, si cambian de opinión, avísenme.
Cuando regresé detrás del mostrador, Sutton ya había terminado de cobrar a un cliente y se giró hacia mí.
—Le gustas —me dijo.
La tensión fue en aumento.
—¿A quién? —pregunté haciéndome la tonta mientras iba hacia la vitrina para recolocar las cosas.
—Thea —me llamó Sutton apoyándose en la encimera trasera, repleta de platos.
—¿Hummm? —hice, y me puse a ordenar las pastas hasta dejarlas igual de rectas que si tuviera que venir algún sargento a inspeccionarlas.
Sutton guardó silencio. He aquí la jugada magistral de las madres: esperar hasta que yo me viera obligada a levantarme y a apartarle la mirada. Solo que, cuando lo hice, lo único que encontré en su rostro fue amabilidad y una pizca de preocupación.
Y eso era todavía peor. No quería que Sutton siguiera indagando. Era consciente de que ya había visto más de lo que debería haberle permitido. Pero he aquí lo que pasa cuando te abres un poco con la gente. Tanto ella como Rhodes habían atisbado ciertas grietas en mi fachada.
—Es un buen tipo —comentó Sutton con delicadeza—. ¿Sabías que me ayudó con algunas cosas de la panadería sin pedirme nada a cambio, solo porque vio que me estaba costando hacer la reforma a mí sola?
El estómago me dio un vuelco. No tenía ni idea, pero tampoco me sorprendía.
Rhodes ya me había contado en varias ocasiones que su hermano se desvivía por ayudar a la gente que le importaba.
Aunque yo, esto, no quería saberlo. Y menos cuando ya notaba el cosquilleo ese, fruto de la atracción.
Un cosquilleo peligroso, potencialmente letal.
Y eso solo significaba una cosa: que tenía que mantenerme alejada.
—No tengo interés alguno en salir con nadie —le dije a Sutton—. Ni con Shep ni con nadie más.
Sutton suspiró.
—Te entiendo. De verdad que sí. Sé lo que es estar escaldada. Hace que te replantees eso de volver a acercar la mano al fuego.
Por decirlo de la forma más sutil habida y por haber del mundo...
—Estoy bien, Sutton. En serio. Es solo que no estoy buscando esto ahora mismo.
Y era verdad. Estaba bien. Al cargarse tantas cosas de mi vida, lo único que Brendan consiguió fue que ahora yo valorase mucho más todo lo que tenía. A Alce, mi casa, mi jardín, e incluso esa sutil amistad que había encontrado en Sutton y Rhodes. No necesitaba más.
Sutton apretó los labios como si estuviese conteniendo algo que se moría de ganas de decir. Y entonces cedió a la tentación.
—Es que no quiero que te pierdas algo increíble por culpa del miedo. Las posibilidades de encontrar a un hombre como Shep son una entre un millón.
La estudié un segundo y algo que se parecía una barbaridad a los celos empezó a cobrar vida en mi interior.
—¿Te gusta? —le pregunté.
A Sutton se le encendió la mirada.
—¡No! Qué va. Es mi amigo, nada más. Pero he visto cómo te mira.
Volví a entrar en tensión y Sutton se dio cuenta.
—No lo hace en plan baboso. Es como si estuviese dispuesto a dar lo que fuera con tal de que tú simplemente desviases la vista hacia él.
Me mordí el interior de la mejilla. Sabía que tenía que decirle algo a Sutton porque, de lo contrario, no dejaría nunca el tema. Y yo necesitaba desesperadamente que lo dejara correr de inmediato.
—Es que no puedo. —Clavé la vista en sus ojos, implorando—. No estoy hecha para esto.
Porque, por más que existiera un hombre que fuera la mejor persona del mundo, mi cerebro seguiría jugándome malas pasadas.
Me preguntaría cuándo se pondría en mi contra.
Me pasaría los días buscando intenciones ocultas escondidas bajo su amabilidad.
Y me preguntaría a todas horas qué haría para acabar destrozándome a la larga.
Lo cual no sería justo para nadie. Y yo tampoco quería pasar por eso. Otra vez no.
A Sutton se le desdibujó la expresión, pero alargó el brazo y me apretó la mano.
—Vale. Pero que sepas que me tienes aquí para lo que haga falta. Siempre.
Asentí.
—Gracias.
—¿Puedes quedarte tú en la caja? Creo que el pastel ya se ha enfriado lo suficiente para echarle el glaseado.
—Claro.
Tal fue el alivio que sentí ante su distanciamiento que la culpabilidad se adueñó de mí. Pero es que necesitaba algo de tiempo para afianzar mis defensas. Porque flaqueaban peligrosamente.
Sutton desapareció en la cocina y tanto ella como Walter se pusieron a cantar al son de una balada de Tim McGraw.
Pasé un trapo por las encimeras y por la vitrina de las pastas, asegurándome de quitar cualquier mancha que pudiese haber e intentando pensar en cualquier cosa que no fuera el hecho de que me sentía sola.
De que era imposible que no me sintiera así cuando nadie en Sparrow Falls conocía mi verdadera identidad.
Al oír unos pasos, me erguí y tiré el trapo en el fregadero. Me obligué a sonreír para saludar a esa clienta ya habitual.
—Buenos días, Raina.
Me dedicó la misma sonrisa dubitativa de siempre, con su cabellera castaña envolviéndole la cara como si estuviese escondiéndola del mundo.
—Buenos días.
—¿Una magdalena de Nutella y un Earl Grey? —pregunté.
Raina asintió y se le movió sutilmente el pelo, dejando sus ojos color avellana un poco más al descubierto.
Llevaba un maquillaje discreto, pero resultaba evidente que tenía mucha experiencia aplicándolo.
Aun así, me fijé en ese atisbo de moratón que se le asomaba debajo del corrector, justo a lo largo del pómulo.
Noté que me escocía la garganta. No era la primera vez que le apreciaba algo parecido; le había visto algún moratón en el brazo que le sobresalía por debajo de la manga o unos cuantos puntos de un color distinto en la muñeca al pagar. Pero nunca le había visto nada en la cara, hasta hoy.
Raina me entregó un billete de diez dólares.
—Quédate el cambio —dijo.
—Gracias —contesté tratando de mantener un tono de voz firme mientras les daba a las teclas de la caja registradora.
Noté un zumbido en los oídos y la cabeza empezó a irme a mil por hora. A lo mejor estaba viendo cosas donde no las había.
No sabía absolutamente nada de Raina más allá del hecho de que tenía mi edad, que era una chica callada y que cada día pedía lo mismo. A lo mejor le gustaba el kick-boxing o tal vez le habían dado con una pelota de sóftbol en la mejilla. O... quizá se trataba de algo peor.
Varias posibilidades acudieron a mi mente mientras cogía una magdalena con las pinzas y la metía en una bolsa. Acto seguido, le preparé el té en cuestión de segundos y me giré hacia ella con una alegre expresión en el rostro.
—Aquí tienes.
Raina respondió con la misma tímida sonrisa de siempre.
—Gracias —contestó.
Intenté leer entre líneas para descubrir si sus palabras escondían el más mínimo indicio de algún grito de ayuda, pero, mientras ella cogía el desayuno y se marchaba hacia la puerta, yo fui incapaz de ver nada. Nada más allá de aquel exterior sereno y callado que mostraba casi todas las mañanas.
Sin embargo, yo sabía cómo iba eso de dibujar una imagen completamente distinta a cómo te sentías por dentro, para que, de puertas para fuera, nadie se diese cuenta de nada.
A mí se me había dado tan bien que, en ocasiones, incluso yo me creía mis propias mentiras.
Y mis cicatrices no eran de las que se pueden ver físicamente.
Lo cual hacía que tuviese la sensación de estar loca, que era justo de lo que me había acusado él.
Y lo cual me servía también de recordatorio sobre por qué tenía que mantenerme alejada de Shep Colson (o de cualquier hombre como él). Porque si algo parecía demasiado bueno para ser verdad, normalmente, lo era. Y, total, aunque no fuera el caso, el miedo me impediría ir a por nada.