Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo dos. Shep
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Capítulo dos. Shep

Capítulo dos

Shep

Dios, qué guapa era. Ahí, de pie en medio de la cocina, cantando tan desafinada que le sangrarían los oídos a cualquiera. Pero se la veía tan liberada... Me podría haber quedado de pie en la puerta más rato para seguir observándola mejor.

Porque dudaba que hubiese visto a Thea tan despreocupada o desinhibida nunca antes.

Era de esas personas muy reservadas, de esas que se encierran con una docena de cerrojos, entre paredes de triple muro y con una valla de alambres de púas.

Sin embargo, a lo largo de los meses que llevaba pasándome por la panadería, había ido viendo partes de su verdadero yo.

Atisbos que me contaban la verdad de la mujer que se escondía tras esas paredes. Atisbos que hacían que quisiera acercarme más a ella.

Pero ahora, al verla así, no pude evitar que se me escapara la risa. Thea abrió y cerró la boca de nuevo mientras, con la mirada, seguía el glaseado azul chillón que empezaba a resbalarme por la camiseta. Cuando por fin consiguió hablar, lo hizo solo para soltar una maldición.

Reí con más ahínco todavía y ella me fulminó con la mirada.

—No me hace gracia —espetó.

—Venga ya, Astilla. Un poquito de gracia sí tiene.

Thea se enderezó, tiesa, como si tuviese la columna vertebral cubierta de acero.

—¿Astilla?

Arqueé una ceja y alargué el brazo para coger una servilleta de la encimera para limpiarme.

A tomar por saco la camiseta. Era un pequeño precio que debía pagar a cambio de la oportunidad de ver a Thea irritada.

Sus profundos ojos marrones empezaron a encenderse con semejante fogosidad que me resultó imposible no imaginármelos iluminándose de esa misma forma en otras situaciones.

—Astilla. Encaja con tu punzante personalidad.

Se me quedó mirando boquiabierta y volvió a abrir y cerrar la boca de nuevo.

—¿Te cuelas en la panadería, me pegas un susto de muerte y la punzante soy YO?

Me limité a sonreírle. Estaba irritada. Era muchísimo mejor que su desaire habitual.

—La puerta estaba abierta.

Al oír eso, Thea cerró la boca de golpe.

—He supuesto que habíais abierto antes de hora. Pero, como nadie me ha respondido cuando he saludado al entrar y he oído a alguien cantando fatal en la cocina, no he podido evitar ponerme a investigar.

A Thea se le incendiaron las mejillas mientras dejaba el bol del glaseado en la encimera.

—Pensaba que estaba sola.

—Ya lo sé —respondí, simple y llanamente.

De ahí que hubiese sido semejante regalo. Un único momento de Thea siendo ella, sin máscaras.

Fue hacia la puerta, procurando dejar distancia entre los dos.

—Voy a por una camiseta para que te cambies.

—No hace falta que...

—Claro que sí —contestó.

Se agachó para rebuscar entre el montón de camisetas que tenían con varios logos de la panadería.

Me iría al infierno. Porque Thea se agachó, los vaqueros se le tensaron a la altura de ese culo con forma de corazón y yo no pude apartar la vista de ella.

Sacó una camiseta de color lavanda y se levantó antes de pasármela.

—Toma —dijo.

La prenda era lo bastante grande como para que me entrara, pero justo delante tenía el dibujo de un cupcake rosa chillón y, debajo de este, con una fuente ondulada, ponía: «Cuqui- Cupcake ».

Con la camiseta aún en la mano y con el brazo en cuestión alargado hacia mí, Thea arrugó los labios y me preguntó:

—¿Algún problema?

La miré fijamente a los ojos. Reconocía un reto enseguida. Cogí la camiseta que llevaba puesta por la parte trasera del cuello, tiré hacia arriba y me la quité por la cabeza antes de lanzarla al cubo de basura que tenían detrás de la encimera.

—Los verdaderos hombres la llevan lila —anuncié.

Thea fue bajando la mirada de mi cara a mi pecho desnudo y no me pasó para nada desapercibida la forma en que se le ensancharon las pupilas y la fuerza con la que tragó saliva.

Extendí el brazo para que me diera la camiseta.

—¿Te gustan las vistas?

Ella volvió a mirarme a la cara.

—Solo me estaba preguntando qué hace el chico adorado del pueblo desnudándose en medio de un negocio.

Me encogí de hombros y me puse la camiseta.

—No tengo ningún problema con la desnudez. ¿Tú sí?

En cuanto hube pronunciado esas palabras, Thea entró en tensión y empalideció un poco.

«Mierda».

—Lo siento —me apresuré a disculparme—. Soy un cabrón. Solo era una broma...

Thea sacudió la cabeza.

—No pasa nada. Tú solo dime qué quieres para beber o para comer y te lo preparo. Invita la casa.

Sí que pasaba algo, claramente, y se me encogió el estómago. Acababa de liarla pero bien. Y lo había hecho de tal manera que empecé a reprenderme a mí mismo por ello una y otra vez. Y también me preocupé.

—No hace falta que me pagues el desayuno —dije con delicadeza.

—Me da a mí que eso lo decido yo —argumentó Thea, pasando por mi lado, pero volviendo a dejar una buena distancia entre ambos—. Un americano, ¿no?

—Sí —musité, yendo hacia el otro lado de la vitrina pero dándole suficiente espacio; ese que, por lo visto, Thea necesitaba.

—¿Alguna pasta? —quiso saber.

Mientras regresaba a la vitrina en cuestión, donde debería de haberme quedado en todo momento, estudié la oferta. Al imaginarme zampándome uno de esos dulces a esta hora de la mañana, se me revolvieron las tripas. Aunque también había algunas alternativas.

—Un cruasán de jamón y queso.

Asintió y su oscura melena le cayó por el lateral de esa mejilla sutilmente bronceada. Pero no dijo nada. Y yo no insistí. Bastante cabrón me sentía ya.

Thea estaba tapando el café en el mismo instante en que Sutton salió de la trastienda, con Luca de la mano. Me dedicó una amplia sonrisa mientras se frotaba la camisa para quitarse un poco de harina.

—Buenos días, Shep.

—Buenos días —la saludé antes de sonreír a Luca y decirle—: Hola, campeón.

Él me devolvió el gesto, dejando a la vista que se le había caído un diente incisivo.

—¡Señor Shep! ¿Puedo ayudarle a construir algo otra vez?

Reí.

—Cuando quieras. En el trabajo siempre nos viene bien tener a alguien que sabe lo que se hace.

A Luca se le hinchó el pecho.

—Mamá, ¿puedo ir? ¿Puedo?

Sutton se limitó a negar con la cabeza.

—Primero te toca campamento —dijo.

—Pero ¿luego? Porfiiiiiiiiii —suplicó el niño.

—Tal vez otro día de la semana. Creía que hoy querías ir a la pista de hielo a patinar.

Luca parecía absolutamente atormentado con la decisión.

—Las obras seguirán ahí, campeón. No hay prisa —le aseguré.

El niño soltó un sutil resoplido, como si tuviese que cargar con el peso del mundo entero él solo.

—Hoy patino y mañana voy a la obra.

Le tendí una mano para que me chocara los cinco y respondí:

—Buena elección, chaval.

Sutton me sonrió cansada.

—Gracias.

—No hay de qué.

Mientras ella se iba a toda prisa hacia la puerta, un sutil movimiento me llamó la atención justo antes de que otro tipo de culpabilidad se adueñara de mí. Me obligué a sonreír.

—Hey, Mara. ¿Qué tal?

Ella me dedicó una sonrisa pletórica y la culpabilidad me caló más hondo todavía.

—Bastante bien, ¿y tú?

—Todo bien. Solo he venido a por algo de desayuno —señalé desviando la vista hacia Thea mientras me sacaba la cartera del bolsillo.

Thea me apartó la mirada enseguida.

—Ya te lo he dicho. Invita la casa. Por lo del... —Hizo un gesto sin sentido con la mano y tuve que contener la risa—. Lo del glaseado.

Mara alternó la vista entre Thea y yo, y se interesó por lo que había oído:

—¿Lo del glaseado?

—Un incidente matutino. No es nada —insistí, saqué dos billetes de veinte de la cartera y los metí en el bote de las propinas.

—Shep —me reprendió Thea en voz baja.

Agaché un poco la cabeza para mirarla a los ojos y aclaré:

—Tú decidirás si cobrarme o no, pero la propina que dejo es cosa mía. Siento haber sido tan capullo.

Sus carnosos labios rojos dibujaron una fina línea antes de que los separara de nuevo para decir:

—No importa.

Aunque sí que importaba. El comportamiento de Thea no encajaba en absoluto. Era de ese que daba a entender que le habían hecho daño en el pasado. Y que en su interior, muy en el fondo, hervía cierto cabreo, acompañado de una fogosidad completamente improcedente.

No conocía a Thea. No demasiado. Había venido regularmente a la panadería desde que abrió hacía meses porque me atrajo la despampanante belleza de Thea. Pero ella no había compartido nada conmigo que me permitiese llegar a conocerla de verdad.

Solo había presenciado pequeñeces. Breves momentos en los que Thea bajaba la guardia. Lo cual solía ocurrir cuando la veía bromeando con Luca o riendo con Sutton.

Y mi hermana, que trabajaba con Thea en el vivero del pueblo, tampoco me había dicho nada. Todo cuanto le había podido sonsacar a Rhodes era que creía que Thea estaba huyendo de algo. La pregunta era... ¿de qué?

—Shep —me llamó Mara, y yo desvié la atención hacia ella de nuevo.

La culpabilidad se sumó a esa pizca de irritación que sentí al ver que alguien me obligaba a alejarme de Thea. Si es que era un cabrón de tres pares de narices.

Mara sonrió con timidez.

—¿Te apetece quedarte? Podríamos desayunar juntos. No empiezo a trabajar en la ferretería hasta dentro de una hora.

Hostia... Mara y yo lo habíamos dejado hacía meses.

Estuvimos quedando durante seis semanas hasta que me di cuenta de que no encajábamos.

No es que la chica no fuese buena persona.

Lo era. Pero, en estas situaciones, era aún más complicado dejar a alguien.

Eso de decirle a otro que creías que os iría mejor como amigos nunca acababa bien.

Y ahora era como si Mara pensara que podría convencerme de lo contrario.

Nunca había sido de las que presionan en exceso, pero sí seguía insistiendo con una incómoda firmeza.

Cada dos semanas encontraba la forma de pedirme que compartiese algo de mi tiempo con ella. Ya me estaba quedando sin excusas.

Carraspeé y respondí:

—He quedado con Anson en una nueva obra.

A Mara se le desdibujó la expresión y la culpabilidad me carcomió todavía más por dentro.

—Vale. Otro día, quizá.

Intenté disimular una mueca mientras ignoraba su sugerencia.

—Que vaya bien el día —dije. Giré la cara para mirar por encima del hombro mientras me dirigía hacia la puerta y recomendé—: Aléjate un rato del glaseado azul, Astilla.

Thea me miró con el ceño fruncido, pero el calor había regresado tras esos ojos oscuros. Y eso era muchísimo mejor que el destello de miedo que le había visto antes.

Sentí la necesidad de descubrir a qué se debía ese miedo y de hacer desaparecer de la faz de la Tierra lo que fuese que lo causara. Pero sería una pérdida de energía. Porque seguramente también le fallaría a ella.