Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo uno. Thea #3
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Capítulo uno. Thea #3

—¿Has descansado?

—Hummm... —murmuró él.

Sutton lo acunó de esa forma tan tranquilizadora que parece algo natural en la mayoría de las madres.

—Cuando se despierta, parece que esté medio en coma, lo juro —comentó ella.

Sonreí.

—Es que despertarse es duro. —Pasé por su lado y le hice cosquillas al peque en un costado—. Buenos días, Luca.

—Hola, Titi —susurró él.

Sutton rio.

—Voy a cambiarlo para llevarlo al campamento. ¿Te importa abrir tú?

Negué con la cabeza.

—Pongo el café a hervir y luego sigo con los cupcakes —respondí.

—Me salvas la vida. Justo estoy a medio preparar los del monstruo de las galletas.

—Quiero galleta —musitó Luca con la boca pegada al hombro de su madre.

Reí.

—A ver si puedo terminar uno a tiempo para que puedas llevártelo para comer.

Luca levantó la cabeza y me miró fijamente a los ojos mientras me sonreía adormilado y contestaba:

—Eres la mejor, Titi.

Se me encogió el corazón. Qué ternura de niño, por Dios.

—Eso tú —contesté.

Sutton me sonrió en señal de agradecimiento mientras subía las escaleras. Luca ya había crecido demasiado para que ella pudiese seguir llevándolo a upa, pero tampoco me sorprendía. Sutton era una de las personas más fuertes que conocía.

Eché a andar por la panadería. A lo largo del último año, mi amiga había hecho un trabajo maravilloso al devolverle la vida a ese lugar.

Las paredes eran de un blanco prístino, pero había unos travesaños oscuros expuestos en lo alto y el espacio estaba iluminado por unas lámparas de araña vintage de estilo shabby-chic .

Delante de las paredes había unas banquetas verde azuladas que le daban un toque de color fantasioso al local.

Sin embargo, las verdaderas protagonistas eran las pastas horneadas de Sutton.

Si bien ofrecíamos una amplia variedad de opciones, su especialidad eran los cupcakes , y eran todos una obra de arte.

Los hacía de todo tipo: desde mariposas hasta arcoíris o princesas.

Y, además, en cada festividad se aseguraba de que sus productos tuvieran una temática relacionada con la ocasión. Incluido el puñetero Día del Árbol.

Me puse a preparar el café, tanto el normal como el descafeinado, mientras tarareaba al son de la canción de country que sonaba a través de los altavoces.

Nunca había sido demasiado fan de este género hasta que empecé a trabajar aquí, donde lo escuchaba a todas horas, cortesía de Sutton.

Seguramente porque no me había expuesto a este tipo de música hasta ahora.

El country no es que fuera demasiado común en Los Ángeles y, de pequeña, me crie en el Valle San Fernando, donde el género tampoco era habitual.

Con el tiempo, había empezado a disfrutar de aquellas melodías narrativas y de esos singulares acordes de guitarra.

Seguí canturreando mientras miraba el reloj de pared.

Todavía faltaban quince minutos para abrir.

Fui a la cocina, donde la música sonaba un poco más alta, me puse el delantal, me lavé las manos y cogí el colorante de alimentos, dispuesta a teñir el glaseado blanco de azul. Empezó a sonar otra canción.

Cogí, con una sonrisa, el bol grande con la mezcla y me puse a remover el colorante azul mientras cantaba, sin afinar, la letra de una canción que hablaba de lo que se siente cuando por fin besas a alguien nuevo y ya te da igual lo que haga tu ex.

Dios, cuánto anhelaba esa libertad. Al recordar el cosquilleo que se nota en los labios cuando te besas con otra persona, la emoción hizo que varias mariposas alzaran el vuelo en mi estómago.

—Esos agudos parecen los gritos de unos gatos torturados —comentó alguien con voz grave y cierto tono de diversión.

El shock que me produjo oírlo, escuchar esa voz grave y rasposa, su mera presencia, me llevó a darme la vuelta al instante. El único problema fue que seguía con el bol lleno de glaseado azul chillón en las manos. Y cuando me detuve, el contenido del bol no se detuvo conmigo.

Salió volando y acabó estampándose directamente en el pectoral del hombre que tenía justo delante de mí.

En el pectoral porque, aunque yo era bastante alta, él lo era todavía más y me sacaba unos cuantos centímetros, con lo que debía de ser su metro noventa y dos o noventa y cinco.

Iba con una camiseta blanca que se le tensaba a lo largo de la anchura de su musculado pecho; ese que ahora tenía cubierto de glaseado.

Me quedé literalmente boquiabierta y fui subiendo más y más la mirada hasta que mis ojos se toparon con esos de color ámbar, ahora ya familiares y que me llevaron a inhalar con fuerza.

Unos ojos que eran puro brillo y diversión, aunque también parecían irradiar una mirada más afilada que en otras ocasiones en las que habíamos coincidido.

Unos ojos que hicieron que me diera un vuelco el estómago y que el corazón me latiera desbocado. Unos ojos que hicieron que la palabra «PELIGRO» empezara a centellear con fuerza en mi mente, en unas letras mayúsculas inmensas. De modo que dije lo único que podía decir:

—Ay, mierda...