Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo uno. Thea #2
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Capítulo uno. Thea #2

Me guardé las llaves en el bolsillo delantero y agarré el casco.

Me encantaban los meses en los que podía ir al pueblo en bici.

Puede que tardara más de treinta minutos, pero así ahorraba porque no tenía que poner gasolina y el trayecto se convertía en una especie de meditación. Una con unas vistas fascinantes.

Hoy no era ninguna excepción. Me impulsé y eché a pedalear por el camino de gravilla que llevaba hasta la carretera de doble sentido que conducía al pueblo.

El aire fresco de la mañana hacía que me escocieran las mejillas, pero eso me recordaba que estaba viva.

Nunca me tomaba dichos recordatorios a la ligera.

Cuando me acerqué al confín del bosque y seguí avanzando por la pradera, una vaca me saludó con un fuerte mugido.

—Buenos días, Bessie —le dije.

No tenía ni idea de si era la misma vaca de ayer. A mí me parecían todas idénticas. Aunque, jolín..., eran todas igual de adorables.

Giré hacia el este en dirección al pueblo, donde ya empezaban a asomarse aquellas impresionantes montañas y el sol se iba alzando en lo alto de los picos.

Los rayos de primera hora de la mañana teñían los bosques y los campos de un sinfín de colores; algo que jamás habría visto en Los Ángeles.

Y eso también era un regalo. Un viaje que jamás me habría imaginado, pero por el cual me sentía igualmente agradecida.

La rueda de la bici rozó la banda rugosa de la carretera y solté un taco mientras me recolocaba en el arcén. Más valía evitar que tanto agradecimiento me rompiese la crisma.

Seguí con la vista puesta en la carretera lo que quedaba de trayecto.

Enseguida llegué a las afueras del pueblo.

Sparrow Falls era el tipo de lugar pintoresco que aparece en las pelis pero que nadie pensaría que existe de verdad.

Muchos de los edificios de ladrillo que flanqueaban la calle mayor databan de principios del siglo XX , pero los habían reformado laboriosamente.

Además, cualquier nueva edificación tendría que evaluarse antes de forma exhaustiva para que encajara.

La comunidad se enorgullecía del pueblo.

Y eso se reflejaba en lo meticulosamente cuidadas que estaban las jardineras en todas y cada una de las esquinas de Cascade Avenue.

En el hecho de que casi nunca había ni un resto de basura descuidado en ninguna parte.

Además, este sitio tenía alma. Un alma que, al principio, me asustó.

En Los Ángeles, la gente iba a lo suyo. Pero aquí no. Aquí, cuando te cruzabas con locales, te saludaban con un «Hola» o con un gesto de cabeza. Se ofrecían para echarte un cable si ibas cargada como una mula y, si estaban delante de ti, te sujetaban la puerta para que pudieras pasar.

Esos simples actos de amabilidad hacían que fuese todavía más difícil permanecer en el anonimato.

Caminar por la cuerda floja que separaba el ser prudente del parecer una borde requería unas habilidades bastante complicadas, que, en la mayoría de las ocasiones, yo no lograba dominar.

Sin embargo, una parte de mí esperaba que, al final, esta nueva vida me permitiese, sencillamente, ser .

Detuve la bicicleta justo enfrente de una tienda con un escaparate de cristal inmenso y un letrero verde azulado que rezaba: L A M EZCLA .

Las letras eran perfectamente imperfectas: una clara representación del caos que era la dueña del local.

Aun así, la fortuita energía de Sutton era del todo proporcional a su amabilidad: una combinación increíblemente encantadora.

Até el candado de la bici a una farola y crucé la calle para ir hacia la puerta de la panadería, donde tecleé la contraseña del cerrojo electrónico.

El aparato emitió un zumbido y luego se oyó un «pop».

Empujé para abrir y la campanita que había encima de la puerta tintineó.

La música country se colaba desde la cocina y el local estaba calentito.

—¡Buenos días! —saludé.

Al cabo de un segundo apareció Sutton en la entrada de la cocina. Llevaba su rubia melena recogida en un moño alto y sujetado con lo que parecía un cuchillo de untar. Tenía algo de harina en la mejilla y en el pelo, pero las oscuras bolsas que le acunaban los ojos no me pasaron desapercibidas.

No tenía ni idea de cómo lograba Sutton despertarse entre las tres y las cuatro de la madrugada cada mañana para ponerse a hornear. Y a eso cabía sumarle que regentaba un negocio y que tenía un hijo de siete años al que criar. Yo estaba bastante convencida de que era la Mujer Maravilla.

—Hola, Thea. ¿Cómo pinta el día?

—Hará un sol radiante.

—Ojalá. El buen tiempo atrae a muchos turistas —respondió con una sonrisa—. El pan, los scones , las magdalenas y los cruasanes ya están listos. Falta que se enfríen las masas danesas, tanto las dulces como las saladas. Ahora estoy con los cupcakes .

La miré con el ceño fruncido y le pregunté:

—¿Cuántas tazas de café llevas ya?

Sutton arrugó los labios.

—Unas cuantas —contestó.

—¿Mamááááá? —farfulló una voz de niño a la vez que se oían unos pasos en las escaleras traseras, que daban al pequeño apartamento que había justo encima de la panadería.

—¡Aquí, cielo! —respondió Sutton, y echó a andar hacia la zona de donde procedía la voz del crío.

El niño apareció al cabo de un segundo con un pijama de dibujos de pucks y sticks de hockey de colores chillones. Tenía el pelo castaño, más oscuro que su madre, pero compartían los mismos penetrantes ojos color turquesa.

En cuanto estuvo cerca de Sutton, se lanzó a sus brazos. Ella lo cogió con brío y lo abrazó con fuerza antes de acariciarle la espalda.