Capítulo uno. Thea
Capítulo uno
Thea
Dos años después
Los primeros rayos de sol se colaban a través de la ventana de la cocina mientras, a mis pies, se oían unos maullidos que parecían más bien ladridos.
Advertí a Alce con la mirada.
—No puedo ir más rápido.
No era suficiente. Alce saltó a la encimera; toda una hazaña, teniendo en cuenta que ya rozaba los nueve kilos de musculada gloria. Se arrastró por ahí encima y, cuando llegó a mí, me dio un golpe en el brazo con la pata.
Lo miré con los ojos entornados.
—¿En serio?
Él simplemente se lamió la pata y procedió a lavarse la cara.
—Que sepas que no me trago este rollo inocente ni de broma. —Resoplé mientras le mezclaba algo de pienso con comida líquida.
Cuando hube terminado, le llevé el plato a su esquina del salón, donde le había colocado una alfombra y un árbol para gatos. Oí cómo le tintineaba el cascabel mientras me seguía a toda prisa.
Me agaché y bajé el bol. Alce se abalanzó enseguida y fue dándome golpes en la mano para que me apartara de en medio, como el despiadado minimonstruo que era. Aunque era una bestia adorable.
Al levantarme, reparé en la cerca que había instalado para los gatitos de acogida que me llegarían en un par de días.
Las crías también tenían un arenero, mantas térmicas y una pequeña casa donde descansar.
Era el rinconcito perfecto. Darle vida a ese espacio me había aportado cierta paz.
Construirles una casa donde se sintieran a salvo y estuvieran calentitos y felices me había dado esperanza.
A pesar de que mi mundo estuviese hecho trizas, podía arreglar el suyo.
Miré a Alce y luego el bol. Ya casi se había zampado la mitad. Un glotón de manual. Me giré y eché a andar por el pasillo, notaba cómo crujía la madera bajo mis pies.
Aquella vieja cabaña en las montañas de Oregón central llevaba años deshabitada.
A medida que se fue haciendo mayor, el antiguo propietario fue vendiendo el terreno por partes.
Cuando finalmente murió, la casa y lo que quedaba de terreno quedaron en manos del Estado.
La vivienda se encontraba en unas condiciones tan deplorables que nadie la quiso. Nadie menos yo.
Pagué una cantidad insignificante; aunque, cuatro minutos después, me di cuenta de que el agua caliente empezaba a enfriarse y que el suelo del salón estaba inclinado hacia la derecha.
Lo mejor de todo era que el terreno era zona natural protegida o campos de pastoreo, y era tan grande que se extendía más allá de donde alcanzaba la vista.
Últimamente, los únicos visitantes eran vacas y caballos. Justo como a mí me gustaba.
La pequeña cabaña de madera estaba enclavada en medio del bosque, pero se habían talado bastantes pinos de esos tan altos que rodeaban la casa para que entrase mucha luz natural: rayos de sol que permitían que floreciese tanto el jardín como el invernadero.
Aun así, los árboles seguían ofreciendo bastante protección para que, en cierto modo, me sintiera... a salvo.
Esta casa era la perfección absoluta y, si había sido posible, era solo gracias a Nikki.
Me había ayudado a abrir un fondo para poder comprar la propiedad.
Le enviaba cada mes efectivo escondido en el fondo de alguna caja con algo de repostería y ella lo utilizaba para pagar esa pequeña hipoteca por mí.
No había nada que pudiese vincularse conmigo; nada que Brendan pudiese rastrear.
Porque yo había desaparecido.
Adiós al correo electrónico. Adiós al móvil. Adiós a la tele por cable o al ordenador. Nada de tecnología de ningún tipo. Había cerrado todas mis cuentas y había borrado todas las huellas dactilares que pudiese controlar a nivel personal.
Aunque todavía quedaban algunas. Seguían circulando fotos y vídeos míos en mi estado más vulnerable por Internet y yo no podía hacer nada al respecto.
Al pensarlo, se me instaló un nudo en la garganta y tragué saliva para deshacerme del escozor.
No podía hacer nada. Lo había intentado.
Seguramente habría tenido que gastarme miles de dólares que no tenía para pagar los honorarios de algún abogado y ni siquiera así habría conseguido hacerlo desaparecer todo.
Porque los cabrones que había detrás de esa vertiente más oscura de Internet vivían por y para mantener ese tipo de cosas bien custodiadas.
En lugar de eso, dejé que Selena muriese.
Simplemente se desvaneció en medio de la nada y todo lo que fue desapareció como desaparece algo escrito en la arena cuando hay marea alta.
Ahora, era Thea. Mi rubia cabellera era de un marrón intenso y las lentes de contacto habían aportado un tono lodoso a mis claros ojos verdes.
Si alguien había visto esas fotos crueles o el montón de instantáneas que nos habían sacado los paparazzi a Brendan y a mí cuando estábamos juntos, ya no me reconocería.
Me pasé el peine por mis oscuros mechones y me miré las raíces.
Tendría que retocármelas este fin de semana.
Aunque en el armario de la ropa blanca del pasillo tenía tinte para toda la vida.
Me eché agua en la cara y, acto seguido, me puse crema y protector solar.
Al terminar mi turno en la panadería, me iría a trabajar al vivero y, si no te andabas con cuidado, el sol te podía freír la piel en una hora.
Consulté el reloj y me puse unos vaqueros y una camiseta a toda prisa, no sin antes asegurarme de que no tuviesen ningún roto. Me calcé las botas y regresé con Alce.
—¿Te vas a portar bien hoy?
El gato maulló desde la torre donde estaba subido, delante de la ventana.
—¿A quién quiero engañar? Si tú siempre encuentras la forma de liarla...
Me cercioré de que los seguros de las ventanas estuviesen todos pasados y, a continuación, volví a rascar a Alce una última vez.
Como quería que me quedase, empezó a quejarse de nuevo mientras yo caminaba hacia la puerta principal. Pero estaría divinamente. Tenía un televisor para gatos enorme: el gigantesco ventanal que daba al jardín y al bosque que se asomaba justo detrás.
Algún día, le regalaría unas vistas mejores. Un ventanal inmenso con vistas a Castle Rock o a la cordillera que se alzaba al este. O a ambos puntos, quizá.
Eso fue lo que me llevó a detenerme cuando me subí al coche y hui de Los Ángeles a Oregón.
Las estatuas doradas de Castle Rock y las Montañas Monarca cubiertas con esa capa de nieve en tonos púrpuras eran tan espectaculares que te robaban el aliento y te dejaban petrificada.
La inmensidad de este lugar hizo que mis problemas no parecieran tan grandes.
Y la forma en la que el pequeño pueblo de Sparrow Falls quedaba anclado en medio de tanta grandiosidad logró que me sintiera a salvo por primera vez desde que había conocido a Brendan Boseman.
Exhalé al salir. A pesar de que estábamos en pleno junio, por la mañana, en las montañas, hacía fresco.
Aunque los colibríes ya habían salido. Se me dibujó una sonrisa mientras observaba cómo dos de ellos, muy hábiles, se paseaban por el jardín en busca de los comederos que había colocado por ahí.
Estas criaturas, aleteando y volando con tanta determinación, me conmovían.
Dejando su delicadeza de lado, eran unos guerreros por derecho propio.
Huían de los enemigos a diestro y siniestro.
Me obligué a apartar la mirada, me pasé la sudadera por la cabeza para ponérmela y giré la llave en el cerrojo de alta seguridad.
Puede que hubiese quien lo considerara extremo.
Tener algo así en la puerta de casa no era lo más normal del mundo y yo había tardado meses en ahorrar el dinero necesario para poder permitirme aquel aparato de seiscientos dólares.
Sin embargo, cuando te ocurría lo que me había ocurrido a mí, hacías lo imposible con tal de mantener a los intrusos bien lejos de tu casa.
Podría tener una docena de cerrojos de ese tipo y seguirían sin ser suficientes.
Sabía que era un mecanismo de defensa. Una minúscula pizca de control después de que me hubiesen arrebatado precisamente eso y en gran medida.
Pero me ayudaba. El sonido del cerrojo al cerrarse.
Las llaves al meterlas en mi bolsillo. Las llevaba siempre encima.
Nunca dejaba que quedasen cerca de nadie que pudiese atraparlas y hacer una copia.
Al igual que las alarmas que había puesto en todas y cada una de las ventanas.
No eran de esas que van conectadas a algún aparato electrónico, sino que eran de las que simplemente emiten un sonido horrible y estridente en el caso de que alguien abriese dichas ventanas.
Si le dabas rienda suelta a la imaginación, podías crear tu propio sistema de alarmas sin tener que recurrir a la tecnología.
Y yo había encontrado un libro en la biblioteca que me había dado varias ideas.
Luces con sensor de movimiento; protectores para las ventanas gracias a los cuales yo podía ver el exterior, pero que impedían ver el interior desde fuera, y un césped que, suponiendo que alguien hubiese estado merodeando por ahí, me permitiría darme cuenta enseguida.
Daba igual que llevase casi dos años sin ver a Brendan ni saber nada de él.
Ahora ya tenía esta rutina superinteriorizada.
Y me tranquilizaba. Ya no era solo el pensar que así estaba a salvo.
Era casi como si estuviese tocando madera de forma compulsiva.
Lo que me hacía sentir más segura no eran tanto los cerrojos y los sensores, sino la rutina.
Porque, a pesar de que durante los primeros meses en Sparrow Falls me había preparado para lo peor, Brendan no me había encontrado.
Y, a cada día que pasaba, una traicionera esperanza se iba adueñando más y más de mí: la esperanza de que no daría conmigo.
De que se había olvidado de mí y había seguido con su vida.