Prólogo #3
Ahora que me había quedado sin sueldo, tendría que ingeniármelas un poco más, pero eso solo hacía que el reto fuese más interesante.
Como por fin había llegado la temporada de melocotones, me había llevado dos.
También había cogido unos cuantos tomates reliquia mini de temporada.
Si los condimentaba con un poco de burrata , hierbas aromáticas y vinagre balsámico, y lo acompañaba con el crujiente pan que había comprado en el puesto de la panadería local, quedarían riquísimos.
Me rugieron las tripas, como si estuviesen aprobando mi plan.
En cuanto me dispuse a ir sacando los ingredientes, empezó a vibrarme el móvil en el bolsillo.
A esto le siguió una cacofonía de sonidos.
De todos los tipos que podía emitir mi teléfono.
Avisos de mensaje de texto. De e-mail . De llamada. Todo a la vez.
Mi sistema de alarma soltó un pitido de advertencia; ese que indicaba que se descontrolaría del todo como no pusiera la contraseña en menos de dos minutos.
Luego, empezó a sonar una canción de rock a tope a través del equipo de música y, acto seguido, se encendió el televisor con un volumen ensordecedor.
Alce aulló, molesto. Fui corriendo hacia el aparato de la alarma, puse el código y saqué el móvil, que seguía vibrándome sin parar en el bolsillo.
Vi una lista interminable de notificaciones en la pantalla, e iban acumulándose tan deprisa que me resultaba imposible centrarme en una sola.
Y las notificaciones no paraban de sonar y sonar.
Silencié el teléfono y entré en la app del correo electrónico. La cifra de la bandeja de entrada: mil seiscientos cincuenta y tres. Se me aceleró el pulso. Esta mañana tenía SEIS mensajes por abrir. Ni uno más ni uno menos.
Intenté leer los temas de los mensajes en diagonal, pero no paraban de llegarme otros nuevos e iban amontonándose a toda prisa.
Solo pude pescar lo que ponía en algunos.
Alertas de la tarjeta de crédito. Anuncios sobre alargamientos de pene y pérdida de peso.
Y porno. Muchísimo porno. De ese que hace que se te revuelvan las tripas.
Salí de la bandeja de entrada y me metí en los mensajes de texto. Mensaje tras mensaje. Demasiados para contarlos. Había un hilo del banco.
¿Ha aprobado usted este cargo? 1.309,13. $ para Juguetes Sexuales, Inc.
¿Ha aprobado usted este cargo? 10.237,53. $ para Escorts de Hollywood.
Cargo tras cargo. Cada uno, peor que el anterior. Y entonces se me heló la sangre.
Número desconocido: Eres tú?
El mensaje no venía acompañado de ningún enlace. Pero sí de una captura de pantalla. De una página web porno. Donde salía yo.
Empezó a temblarme el cuerpo entero y me pitaron los oídos. Una parte de mi cerebro interiorizó que mi sistema de alarma se había vuelto a activar, pero fui incapaz de moverme. No pude hacer otra cosa que no fuera quedarme mirando esa foto.
Era yo. Eso era innegable. Ese edredón colorido y chillón lo dejaba clarísimo. Salía yo en medio de mi cuarto, sin camiseta y con las manos en el botón de los vaqueros mientras dejaba que mi rubia melena me cayera en cascada por la espalda desnuda.
Cambiándome. Estaba cambiándome. Esa foto era un pantallazo de un vídeo. De un vídeo de cinco minutos. Lo cual significaba que la cosa seguía.
Se me aceleró la respiración y el hipo se me mezcló con los sollozos, cada vez más seguidos. Otro pantallazo. Yo. Con la cara girada por completo hacia la cámara, sin ser consciente de absolutamente nada, mientras me quitaba la ropa. Desnuda. Todo mi cuerpo expuesto. En Internet.
No podía ser real.
Las alertas siguieron bombardeándome el móvil.
E-mails , mensajes de texto, llamadas telefónicas.
Avisos de fraude. Advertencias de que me quedaba poco saldo en el banco.
Enlaces a nuevas fichas de porno a mi nombre.
Todo mientras el equipo de música y el televisor continuaban sonando a todo volumen de fondo.
Las lágrimas empezaron a brotarme con fuerza y sin parar de los ojos; eran como ácido quemándome las mejillas. Y entonces oí una voz. Una que conocía.
—Recuerda quién está al mando, Selly.
Se me heló la sangre mientras buscaba algo, lo que fuera, con lo que pudiera defenderme. Di con un sujetalibros de piedra con forma de flor. Lo agarré y eché a andar hacia el lugar de donde procedía la voz.
Y entonces oí una risa, una grave y rasposa, mientras la luz de la cámara y del dispensador de premios de Alce pasaba del azul al rojo, color que indicaba que el aparato estaba conectado.
—¿No querías ser puta, Selly? Pues acabo de convertir tu sueño en realidad.
Brendan.
Me moví lo más rápido que pude. Arranqué el cable de la toma de corriente y estampé la cámara contra la pared. Pero era demasiado tarde. Yo ya lo sabía.
Porque todas esas fotos mías en mi cuarto indicaban que había otras cámaras por aquí. Podían estar en cualquier parte. Incluso ahora, en este instante, Brendan podía estar observándome.
Tenía que salir corriendo, largarme de allí, pero era incapaz de mover los pies.
Mi campo de visión se fue reduciendo y empecé a notar un cosquilleo en los dedos. Y, entonces, me absorbió la oscuridad.