Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Prólogo #2
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Prólogo #2

Yo lo había dado todo por el proyecto de alfabetización: había destinado una cantidad ingente de largas horas de trabajo cobrando un sueldo irrisorio, le había ido detrás a un sinfín de benefactores para que no nos quedásemos sin fondos y había desempeñado tareas que nada tenían que ver con mis funciones.

Y todo porque creía en esta misión. Y porque también me encantaba formar parte de un proyecto que ayudaba a cambiar vidas.

Y, ahora, se había acabado. Lo había perdido.

Una lágrima me resbaló mejilla abajo y me cayó en los vaqueros, tiñendo el color índigo de un tono un poco más oscuro a medida que iba calando.

A lo mejor era justo lo que necesitaba, la gota que había colmado el vaso y que conseguiría que me marchara de Los Ángeles y empezara de cero en otro sitio.

Una oportunidad para ser libre de verdad.

Aparte de Nikki, tampoco es que me quedase nada más aquí. Me lo habían ido arrebatando todo, lenta y deliberadamente. Me tragué el cabreo que se iba adueñando de mí, pillé la llave del asiento y traté de arrancar. Tuve que girarla tres veces hasta que el motor reaccionó.

Otra cosa más que no me podía permitir arreglar.

De todos modos, lo ignoré y puse rumbo a casa.

A pesar de que eran las cuatro de la tarde, la hora punta ya había empezado y aquel trayecto de diez minutos se convirtió en uno de veinte.

Mientras aparcaba en ese descuidado cuádruplex, se me pusieron los pelos de punta.

Llevé a cabo el que era ya mi escaneo habitual de aquella calle residencial. Nada fuera de lo común: una pareja paseando a la bola de pelo que tenían por chucho, una mujer joven con un carrito, y un par de adolescentes gritando mientras bajaban a toda leche por la calle en sus bicis tuneadas.

Aun así, yo me sentí observada. Aquella ansiedad ya familiar había echado raíces en mi interior y la frustración le pisó los talones de inmediato. Porque no tenía ni idea de si lo que sentía estaba justificado o es que estaba perdiendo la chaveta. Pillé el móvil y me apresuré a escribir un mensaje.

Yo: Casa. Voy a darle de comer a Alce y prepararé la cena. Asegúrate de comer algo para no despertarte con una resaca del copón

Nikki: Ya he pedido pad thai y pad see ew . Así se absorbe todo el alcohol

Intenté esbozar una sonrisa mientras apagaba el motor, pero no lo conseguí del todo. Me agencié el bolso y la tote bag con todo lo que había comprado en el mercado y salté del coche. Me guardé el móvil en el bolsillo y volví a echar otra ojeada a mi alrededor antes de ponerme a andar.

Mientras caminaba con los cinco sentidos bien despiertos, fui desviando la vista hacia cualquier atisbo de movimiento a mi alrededor. Pero seguí andando. No tenía alternativa. Como me permitiese hundirme, nunca saldría de esta.

Aceleré el paso por el pavimento agrietado y subí los peldaños de cemento picado. Marqué el código del edificio, esperé que emitiera el ruidito correspondiente y entré. Cerré la puerta a toda prisa detrás de mí, me aseguré de que se hubiese quedado bien cerrada y fui hacia la puerta del 1B.

Abrí el cerrojo primero y, luego, giré el pomo. Cuando la puerta se abrió de par en par, sonó un pitido. Un grave maullido me dio la bienvenida mientras yo desactivaba la alarma.

—Hola, Alce —lo saludé, envuelta por la oscuridad.

Oscuridad porque tenía absolutamente todas las cortinas del apartamento echadas.

Cuando entré en este minúsculo piso, me enamoré de sus ventanas: era todo luz natural. Ahora, en cambio, reinaba únicamente la artificial.

Encendí las luces mientras Alce se paseaba entre mis piernas. En cuanto volví a pasar el pestillo, me agaché para cogerlo y gruñí al levantar a mi maine coon de ocho kilos, que comenzó a ronronear y a frotar su cabeza contra mi barbilla.

Lo abracé más y dejé que su ronroneo y el tacto de su pelaje gris me tranquilizaran.

—¿Qué te parece? ¿Nos vamos ya de Los Ángeles? A lo mejor podríamos trasladarnos a algún sitio con jardín. Y así te enseño a pasear con correa.

Alce soltó un melódico maullido como diciendo: «Pero ¿qué dices, mujer?».

Reí.

—Vale, lo de la correa ya lo dejamos para más adelante. ¿Qué? ¿Cenamos?

Otro maullido.

Sonreí mientras lo dejaba en el suelo sin bajarme la tote bag del hombro. Fui andando por el apartamento con las manos temblorosas, encendiendo una luz tras otra. Ese simple tembleque evidenciaba la realidad. Brendan había ganado.

Mi vida aquí había llegado a su fin. La única opción que me quedaba era marcharme y rezar por que no le saliera el ramalazo vindicativo y me tocara las narices allá donde fuera.

Moví la mano a tientas hasta encontrar el interruptor de la cocina y lo encendí.

Mi encimera era la clara definición de «caos».

La fruta se había caído del bol y las marcas que atisbé en una de las naranjas eran un claro indicio de que habían pegado un mordisco y habían clavado las garras a dicha fruta. Miré a Alce de soslayo.

—¿Ya hemos vuelto a jugar al fútbol?

Se lamió la pata y se frotó la cara.

Acto seguido, vi el objetivo principal de la trastada en cuestión. El dispensador de premios con cámara estaba en el suelo y tenía toda la pinta de que lo hubiese aporreado. Lo volví a colocar bien y puse la fruta que no se había estropeado en el bol.

—¿En serio? El veterinario dice que ya tienes sobrepeso.

Juraría que Alce me fulminó con la mirada. Y luego maulló con ganas.

—A mí no me contestes así o te quedarás sin premios después de cenar.

Bufó.

Tuve que morderme el labio inferior para contener la risa. Al menos tenía a Alce. Por más fea que se pusiera la cosa, él siempre conseguía hacerme reír.

Dejé la tote bag en la encimera y procedí a ordenar la compra mientras intentaba esquivar a Alce.

A medida que lo fui colocando todo, empecé a idear una receta mentalmente.

Me encanta desafiarme a mí misma tratando de dar con algo que pudiese crear con lo que más buena pinta tuviera del mercado de agricultores.