Escapar contigo (Sparrow Falls 2)
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Prólogo
¿De cuántas formas distintas puedes imaginarte matando a alguien? A lo largo de los últimos meses, Nikki y yo nos habíamos puesto creativas y se nos habían ocurrido verdaderas perlas.
—Quemado vivo con hormigas rojas —dije hundiéndome todavía más en el mullidísimo sofá de su minúsculo apartamento.
Ella, tumbada en el suelo y sujetando precariamente una copa de vino con la mano, rio.
—No es lo bastante malo ni de broma. Yo me decanto por... devorado por pirañas, empezando por el pene.
Reí por la nariz y le di un sorbo a la bebida.
—Igual podría ahogarse con sus propias mentiras y ya —musité.
Nikki se sentó con un movimiento ágil, dejando que su cabellera pelirroja le danzara alrededor de la cara, y derramó un poco de vino en el proceso.
Al menos era blanco y no tinto... A pesar de que iba un poco contentilla, me miró con los ojos entornados de esa forma que ahora ya me resultaba familiar.
Esa que le daba un aire feroz y amable a la vez.
Era una de esas mejores amigas que siempre están ahí para ti; una de las pocas a quienes Brendan no había influenciado con sus gilipolleces.
—Tienes que contárselo a alguien. A alguien que pueda darle una buena lección, pero de verdad. O eso o lo atropello yo misma con el coche —gruñó Nikki, y depositó la copa de vino sobre la mesita.
Me acerqué las rodillas al pecho en un intento por dejar que esa presión me reconfortara, como si abrazarme a mí misma fuera a sacarme de aquel embrollo.
—¿Y qué le digo? ¿Que no paran de llamarme desde un número desconocido y que, cuando respondo, solo se oye a alguien respirando agitadamente al otro lado de la línea?
—Leches, Sel, que te despidieron por su culpa. De un curro por el que te dejaste la piel.
Cierto. Una carrera de Empresariales. Un máster en gestión de organizaciones sin ánimo de lucro.
Un sinfín de horas de prácticas no remuneradas y trabajo voluntario.
Todo para poder conseguir un puesto en la organización de mis sueños: el proyecto de alfabetización.
Pero todo mi esmero se había ido al traste esa misma mañana cuando me enteré de que me habían echado.
—No hay pruebas... —argumenté en voz baja.
Aun así, sentí una punzada de dolor en el pecho. Sabía que Nikki llevaba razón, por más que no tuviésemos manera de demostrarlo. Brendan tenía muchos contactos y tanto poder que podía llegar a estrangularte.
Nikki soltó un suspiro.
—Sabes que ha sido cosa suya. Ha ido desembolsando pasta y moviendo hilos.
Me mordí la comisura del labio mientras notaba que la presión a mi alrededor se volvía cada vez más y más densa; era como si me estuviese sofocando el mismísimo aire.
Empezaba a sentirme como si Brendan estuviese por todas partes, literalmente.
Pensé que romper con él le pondría fin a todo esto.
Que me liberaría. Pero eso solo había sido el principio.
—Seguro que ya está —dije al fin, mirándola a los ojos—. Ha ganado. Creo que es lo que quiso desde un buen principio. Igual así por fin puedo pasar página.
Lo que no sabía era dónde lo conseguiría.
En Los Ángeles ya no me sentía como en casa.
Había vivido aquí muchísimo tiempo y me había encantado.
El panorama musical, los museos y la variedad de restaurantes increíbles con todo tipo de oferta culinaria imaginable.
Siempre me había dado la sensación de que podía sumergirme en este mar de personas y perderme en su variopinta singularidad.
Ahora, en cambio, tenía la impresión de que cualquier par de ojos podía estar observándome.
—Puede... —murmuró Nikki.
Me incliné sobre la mesita de café y le apreté la mano.
—Gracias por ser la mejor amiga que cualquier chica podría tener.
Se limitó a mirarme con la frente arrugada y respondió:
—Quiero pegarle una patada en los huevos y luego arrojarlo a las pirañas.
Me atraganté con mi propia risa.
—Adelante —contesté.
Pero mi risa sufrió una muerte súbita. A Nikki solo le había contado partes de todo lo malo que había ocurrido.
Si hubiese sabido la historia entera, ya hubiera estado llenando el depósito del coche de gasolina, lista para atropellar a Brendan y darse a la fuga de verdad.
Aunque saber que era capaz de hacer algo así solo hacía que la quisiera todavía más.
Me levanté, cogí la copa y me terminé el vino.
—Tengo que irme a casa. Ya casi es la hora de cenar de Alce.
Nikki sacudió la cabeza.
—Más te vale mantener a la bestia esa alimentada. Como no lo hagas, es capaz de arrancarte un dedo del pie mientras duermes.
Consiguió sonsacarme una sonrisa genuina con sus palabras mientras le llevaba la copa al fregadero.
—Alce, nunca.
Nikki gruñó mientras intentaba ponerse de pie.
—Tú sigue pensando eso... Has pedido un taxi, ¿no?
Negué con la cabeza.
—Me he pasado a gaseosa después de la primera copa.
Se quedó boquiabierta.
—Serás zorra... Yo, aquí, estando de lo más taja, ¿y tú bebiendo Fresca? Manda narices.
Solté una discreta risa y la abracé.
—Lo siento, amorcito.
Para ser sincera, últimamente no tomaba más de una copa de vino. Ya tenía la ansiedad por las nubes y necesitaba poder contar con todas mis facultades.
Nikki me abrazó con más fuerza.
—¿Quieres que venga contigo? Puedo dormir en el sofá.
Dios, si es que era una amiga maravillosa.
—Estaré bien. Seguramente me quedaré despierta hasta tarde averiguando si hay alguna vacante en otra ONG.
Nikki siguió abrazándome y, sin soltarme, me dijo:
—Eres increíble. No dejes que las gilipolleces de ese tío te hagan pensar lo contrario.
Noté que me escocían los ojos y las lágrimas amenazaron con resbalarme por las mejillas. Hice todo lo que pude por contenerlas. Porque, en ocasiones, había empezado a plantearme si realmente yo era como decía Brendan. Una manipuladora, una tarada cruel y una puta.
Dos años atrás, si alguien me hubiese dicho que estaría pensando algo así de mí misma, me habría reído.
Me parecía alucinante que las cosas pudiesen cambiar tan deprisa.
Que alguien pudiese retorcerle la mente a otra persona tan rápido.
Y me parecía alucinante lo mucho que se tardaba en reparar un daño semejante.
—Te quiero, Niks —susurré.
—Y yo a ti —me dijo soltándome por fin—. Escríbeme cuando llegues a casa o llámame si quieres hablar con alguien mientras entras.
Ya volvían a escocerme los ojos y las lágrimas amenazaban con brotarme de nuevo.
La había llamado más de una vez cuando me alteraba porque pensaba que me estaban siguiendo solo para luego darme cuenta de que simplemente se trataba de algún transeúnte inocente que iba a la suya. Nikki nunca se quejaba.
—Gracias —respondí antes de darle un beso en la mejilla y pillar el bolso.
Salí de su pequeño apartamento en las afueras de Silverlake y eché a andar por la acera hacia mi coche.
La calle estaba bastante iluminada, pero la cabeza aún me iba a mil por hora y analizaba a cualquiera que tuviese a mi alrededor.
Estaba la típica parafernalia hípster, una pareja enrollándose cerca de una cafetería, una familia con dos niños pequeños corriendo en círculos alrededor de sus padres... Lo habitual.
Pero yo continuaba agitada. Aceleré el ritmo mientras me acercaba a mi Subaru de cinco puertas que había visto días mejores.
Ese coche había disfrutado de mucha acción antes de que lo comprara cuando iba a la universidad, pero hacía tiempo que había perdido su esplendor.
Sin embargo, como no tenía trabajo, no podría permitirme algo mejor hasta dentro de bastante tiempo.
Pulsé el mando para abrir el vehículo, que emitió los pitidos correspondientes, me subí e hice una mueca al ver la tote bag llena de frutas y verduras que tenía en el suelo.
No había previsto quedarme tanto rato en casa de Nikki.
Con algo de suerte, lo que había comprado en el mercado de agricultores seguiría en buen estado.
Cerré la puerta, bloqueé el coche y solté un suspiro. Me miré en el retrovisor. Llevaba mi rubia melena enmarañada y unas oscuras bolsas acunaban mis claros ojos verdes. Pero no aparté la mirada; ni siquiera cuando empezaron a aparecer las lágrimas.
—Eres una buena persona —me recordé a mí misma con un hilo de voz—. No eres como dice él.
Me sonó el móvil y metí la mano en el bolso para coger el aparato. Mientras lo sacaba, volvió a sonar y se iluminó. Al ver que aparecía un texto en pantalla, me dio un vuelco el estómago.
Número desconocido: Has visto? ;-)
El texto iba acompañado de la captura de pantalla de un artículo:
EL ACTOR brENDAN BOSEMAN DONA UN MILLÓN DE DÓLARES AL PROYECTO DE ALFABETIZACIÓN.
Paseé la vista por aquel breve escrito con las manos temblorosas.
El señor Boseman, bien conocido por los papeles que ha interpretado en taquillazos de películas románticas y verdaderos éxitos de historias de superhéroes, fue fotografiado en los alrededores de la sede de la organización en el vecindario de West Adams, aquí, en Los Ángeles.
«Siempre me ha encantado leer. Y me honra poder colaborar con el proyecto de alfabetización para ofrecerle a la gente las herramientas necesarias para prosperar».
Noté que seguían escociéndome los ojos con más lágrimas por derramar, resultado de una mezcla de enfado, miedo y frustración ante las flagrantes gilipolleces que le salían de la boca al chico este.
Brendan consideraba que «leer» era echarle una ojeada en diagonal a The Hollywood Reporter y maldecir a cualquiera que hubiese conseguido algún papel que le interesara a él. No pude seguir leyendo. Era demasiado.