Escándalo en Hollywood 97. Hayden
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97. Hayden

Hayden

U na algarabía de gritos capta mi atención, y veo que un grupo de personas se ha concentrado alrededor de la barandilla del muelle. Unos miran hacia abajo, y otros parecen estar haciéndome señas con las manos.

Sigo sus miradas, y debajo de ellos emergen dos brazos del agua.

Mi primer pensamiento es que «se ha caído un niño», pero justo después una voz más débil, que también surge del mar, lo desmiente.

—¡Hayden! —grita.

Es Sofía.

Me tiendo boca abajo en la tabla y nado hacia ella. Nunca creo haber dado brazadas tan veloces.

—Has vuelto —exclama cuando llego junto a ella y se agarra a la tabla.

—Te has lanzado desde el muelle —le digo.

—Te estaba llamando, pero no me oías.

La ayudo a subirse a la tabla, y ahora estamos sentados el uno frente al otro, tan juntos como no pensaba que volveríamos a estarlo.

Ella coge mi mano izquierda y estrecha entre sus dedos la alianza que llevo en el anular.

—Aún la llevas puesta.

—¿Quieres que me la quite?

Niega con la cabeza.

—Ojalá no hubiera tirado la mía.

—Entiendo por qué lo hiciste. Yo firmé la anulación porque no quería que te sintieras atada a una persona que te había traicionado a ti y a todo aquello en lo que crees —le respondo entrelazando mis dedos con los suyos—.

Pero me quedé con la mía, para recordar que nunca había sido tan feliz como estas semanas que pasé contigo.

—Lo que has hecho en Insider …, estoy sin palabras.

—He comprendido que, si te daba la espalda, me la estaba dando a mí mismo. Yo también he firmado la nulidad, pero no puedo anular el cambio que has aportado a mi vida, a mi cabeza y a mi corazón. Allí a donde quiera que me has llevado, me has hecho cruzar un punto de no retorno.

—¿Lo que le dijiste de mí a tu padre, antes de salir de su despacho fue porque lo creías de verdad, o solo querías sacarlo de quicio?

—Quería sacarlo de quicio —admito—. Pero no le habría dicho algo en lo que no creo: ahora mi familia eres tú, si aún me quieres.

Sofía toma mi rostro entre sus manos y me mira con los ojos brillantes.

—He encontrado una foto de nuestra graduación que guardaba mi abuela y que yo no había visto nunca. Estábamos solos, tú, yo y el rector, pero tú no mirabas al fotógrafo, me mirabas a mí.

—Lo sé. Recuerdo la foto de la que me hablas; yo también la tengo.

Pensaba que ese sería el último día que nos veríamos; tú te irías por tu camino y yo por el mío, y me dije: «Espero que, sea quien sea aquel a quien conozca Sofía, se dé cuenta de la suerte que tiene de poder respirar el mismo aire que ella».

—Pero yo no quiero a quien sea. Te quiero a ti, Hayden.

—Apoya su frente en la mía y contiene un sollozo—.

Llevo toda la vida queriéndote, desde el primer día que te vi entrar en clase, en la universidad, y te sentaste detrás de mí.

Me movía tanto porque estaba nerviosísima de tenerte tan cerca; mi corazón latía a mil por hora durante toda la clase, quería decirte algo, pero no sabía qué, y tampoco recuerdo nada de lo que explicaba la señora Clarkson.

Pero era demasiado estúpida y orgullosa para permitirme admitirlo.

Beso cada centímetro de su rostro, recogiendo con mis labios las gotitas saladas que lo humedecen, mitad agua de mar, mitad lágrimas.

—Yo también era demasiado estúpido, porque, a pesar de que me lo había admitido a mí mismo, nunca tuve el valor de decírtelo. Pero hoy no solo soy capaz de decirte que te amo, sino que quiero tener el privilegio de poder decírtelo todos los días.

—¿Cómo se anula una anulación? —me pregunta ella entre risas y lágrimas.

—No se puede —le respondo—. Hay que casarse de nuevo.

—¿En Las Vegas?

—No, no deprisa y corriendo, ni en secreto. Esta vez quiero que todos sepan que tú eres mi familia.

—¡Que la beeeseee! —corea la muchedumbre congregada en el muelle.

—Debemos satisfacer a nuestro público —le digo, atrayéndola hacia mí.

—Si lo piensan, será porque tienen razón.