Escándalo en Hollywood 96. Sofía
98%

96. Sofía

Sofía

—L a retirada de una candidata a las puertas de las primarias plantea dos opciones: ceder la candidatura a otro representante del partido, o bien proponer un nuevo nombre para la carrera electoral.

¿Por cuál de las dos piensan optar? —le pregunto a Nate, al que estoy entrevistando en su suite del Waldorf Astoria, en Beverly Hills.

En mi bolso ya tengo impresa la acreditación del Post con mi nombre.

He recibido propuestas de todos los periódicos, incluso del Record , pero mi decisión ya estaba tomada.

Y, desde mañana, seré invitada habitual del pódcast Salem Survivors .

—La prioridad es, ante todo, revisar la lista de donantes.

Agradecemos haber sido informados de los daños que estaba causando el dispositivo Nomyra y de las omisiones llevadas a cabo por la empresa fabricante, que, al ocultar información a la FDA, también nos la ocultó a nosotros —responde seguro de sí mismo, manteniendo el contacto visual—.

Exigimos transparencia en las actuaciones de todos nuestros patrocinadores.

—¿Es usted consciente de que muchas de sus electoras que llevan implantado el Nomyra no volverán a confiar en su criterio, pese a la depuración de la candidata Mosley y de la Whitaker Chemical? —le pregunto para provocarlo.

—Sí, de hecho tenemos la intención de hacernos cargo de la asistencia jurídica que se precise para reclamar las indemnizaciones.

Además, como garantía de nuestra buena fe, y en demostración de que nuestro partido está unido y cohesionado contra la injusticia, más allá de las distintas corrientes internas, hemos confiado a nuestra diputada Nicole Clark (que es nuestra opositora, y una experta en demandas colectivas) la instrucción de la causa junto con todos los abogados que se están ocupando del caso.

Tras un par de preguntas más, la entrevista concluye, los cámaras nos retiran los micrófonos y volvemos a ser libres.

—«Terremoto Sofía» —me comenta él mientras se me acerca—, ¿o debería decir «Terremoto Sofía West»?

—Hayden lo dijo solo para provocar a su padre. Actuamos por impulso en Las Vegas, pero anulamos el matrimonio cuando aún no habían transcurrido ni cuarenta y ocho horas.

—Lo anulaste —me corrige.

—Pero Hayden ha firmado.

¿Quería que firmase? Sí. ¿Esperaba que no firmase? Por supuesto que sí.

—Lo ha hecho por ti, no por él.

—Cuando había que elegir, os eligió a vosotros —respondo con el corazón sangrándome todavía.

—¿Estás segura? ¿Has visto bien el vídeo? —inquiere.

—Me lo sé de memoria.

—¿Y no has notado nada? —insiste—. Ponlo.

Obedezco y abro Insider de nuevo.

—¿Qué debería notar?

—Avánzalo deprisa hasta el final. —La voz de Nate ahora suena imperiosa—. Cuando deja la carpeta en la mesa del tío Daniel. ¡Aquí, ponlo en pausa!

La pantalla restituye la imagen de su mano posando la carpeta azul en la superficie de la mesa.

—¿Aquí?

—Mira el anular —me pide señalando el círculo de metal que lo rodea—. Aún lleva puesta la alianza.

Se me para el corazón. Nate está en lo cierto.

—No me había fijado.

—Creo que deberíais hablar.

—A estas horas ya estará en Europa.

—¿Tú crees? Prueba a llamarlo.

Busco su nombre en la agenda, pero no logro contactar con él, y miro a Nate con resignación.

—Estará volando.

—Pues yo tengo entendido que sigue en Los Ángeles —replica Nate—. Hayden y yo siempre nos tenemos localizados el uno al otro, por si acaso.

—¡Entonces ha vuelto!

Preferiría que mi voz no sonase tan esperanzada, pero no soy capaz de ocultar mi sorpresa.

—Ya tienes su dirección. Puedes coger mi coche.

El chófer de Nate me lleva hasta The Palm, pero, una vez en el vestíbulo, el conserje me detiene gesticulando con la mano antes de que suba al ascensor.

—¡El señor West no está en casa, señorita Cortez! —me informa cuando me ve.

—¿Ha dicho cuándo volvería? ¿O adónde ha ido? ¡Tengo que hablar con él! —lo interrogo, sin aliento.

—Ha salido hace poco a hacer surf; lo he visto coger la tabla del trastero y dirigirse a la playa.

—Surf. Vale. Mil gracias. —Pero, antes de salir, descargo mi pesadísimo bolso en el mostrador—. Guárdemelo.

Echo a correr por Colorado Avenue hasta el paseo marítimo, maldiciéndome por haberme vestido como una ejecutiva con tacones precisamente hoy.

A mitad de la calle me rindo, me los quito y empiezo a correr descalza, procurando esquivar a ciclistas, skaters y patinadores para no quedarme sin dedos.

Cuando llego al muelle de Santa Mónica, me detengo y trato de localizar la silueta de Hayden.

Por fin lo encuentro.

No se exhibe con acrobacias dignas de aplauso, no cabalga las olas para deleite de sus admiradores: está sentado en la tabla, con la mirada perdida en el horizonte.

—¡Hayden! —grito, asomándome por la barandilla—. ¡Hayden!

Pero no me oye, mi voz queda ahogada por el oleaje.

Dejo los zapatos en el muelle —estos Casadei no tardarán en cambiar de propietaria— y salto la barandilla.

—¡Hayden, estoy aquí! —grito una vez más antes de zambullirme, entre un coro de voces que exclaman: «Pero ¿qué hace? ¿Está loca?».