Epílogo. Sofía
Epílogo
Sofía
Dos meses después
—¡N o me lo puedo creer! ¡También el día de vuestra boda! —Es el saludo de Nate en cuanto llega a la comisaría con el talonario de cheques para la fianza ya en la mano.
—Deberíamos regalarles una tarjeta de fidelización a estos dos —dice entre risas uno de los agentes que nos custodian—. Cada diez detenciones por «Agitación y disturbios en eventos sociopolíticos», una excarcelación gratuita.
Hayden y yo hemos participado en una manifestación, pero no tenemos la culpa de habernos visto envueltos en una trifulca.
—El salón del Chateau Marmont está lleno. Hace una hora que os espera todo el mundo. Pero al menos ya estáis vestidos.
Nate le echa primero un vistazo a Hayden y después otro a mí: estamos sentados en los bancos de las celdas, él con su chaqué y yo con mi vestido de novia, una camiseta de activista por encima y el velo totalmente torcido.
—Tú, vuelve a hacerte el nudo de la corbata. ¿Cómo es posible que casi con treinta y dos años aún no te salga bien? Sofía, quítate la camiseta de Bader Ginsburg. ¿Llevas algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul?
—El vestido es nuevo, los zapatos son viejos, los pendientes son de Cindy —le enumero.
—¿Y la cosa azul? —me pregunta Hayden.
Le indico con un gesto que se acerque a la reja metálica que separa a las mujeres de los hombres.
—¿Te acuerdas de las bragas que llevaba el día que me caí del ascensor?
Hayden abre los ojos de par en par.
—¿Aquellas con la frase «All you can eat»?
—No las tiré.
—¡Sí! —exclama Hayden con entusiasmo, agitando el puño.
—Te quiero —le susurro.
El teléfono de Nate suena y él responde de inmediato.
—¿Cómo que el oficiante se va? Me importa un bledo que tenga un funeral dentro de media hora…
Nate nos lanza una mirada incendiaria a los dos.
—Espero que os alegréis de saber que, con vuestra ocurrencia de asistir a una manifestación, la boda se ha ido al garete.
—Un momento. Agente Willis —exclamo, señalando al policía con el dedo—.Usted es un funcionario público, ¿no?
—Muy bien visto, señorita Cortez —me responde, sarcástico.
—Pues cásenos usted —le propongo.
—¡¿Qué?! —exclaman a la vez el agente, Nate y Hayden.
—Nosotros dos estamos aquí, Nate está aquí, y vosotros tenéis a mano todos los documentos. Podemos casarnos ahora.
—Dijimos que esta vez haríamos las cosas como es debido —me recuerda Hayden.
—Pero, según parece, ese no es nuestro estilo.
—Comprendo. —Nate alza los ojos al cielo y coge el móvil—. Arleen, baja del coche y tráeme las alianzas, por favor. Sí, aquí, a la comisaría, ¿dónde, si no? Y avisa enseguida a Corey y a la familia de Sofía de que vengan para acá.
Al cabo de unos minutos entra la asistente, ahora ya ascendida a la categoría de madre auxiliar, y Ashley, vestida de dama de honor con el traje que le confeccionó mi abuela.
—Papá, ¿por qué estás en la cárcel? —pregunta desconcertada—. ¿Es que no has hecho los deberes? ¿No te has lavado los dientes?
—Hum, sí. Me has pillado —responde él—. ¿Ves cómo te decía la verdad? Si no te lavas los dientes después de cada comida, la policía viene y te detiene.
—¡Como si no tuviéramos otra cosa que hacer! Fuera de aquí —nos ordena el agente Willis, abriendo las puertas de las dos celdas—. Vamos allá con esta locura. Poneos delante de…, del panel para las fotos policiales. Madre mía, las cosas que tengo que hacer —refunfuña.
Nate se coloca al lado de Hayden, Arleen a mi izquierda y el agente Willis frente a nosotros, con nuestra acta en las manos.
A su lado, Ashley sostiene el estuche con las alianzas: el fragmento del plato roto de mi abuela y un óvalo con dos rosas entrelazadas, dividido en dos mitades, cada una de las cuales ha sido montada sobre un aro de oro blanco.
—Bien. —El agente Willis se aclara la voz—. Estamos aquí reunidos en este día tan feliz para celebrar el matrimonio entre Hayden Thorn Carmichael West y Sofía Rosa Cortez de Mendoza…
—¡Un momento! —exclamo, interrumpiendo al agente y mirando consternada a Hayden—. ¿Tu segundo apellido es Thorn?
—Sí —me confirma él; nuestra primera boda en Las Vegas fue rápida e informal, y el oficiante no usó nuestros nombres completos—. En memoria de mi bisabuelo materno.
—«Thorn» —repito alucinada—. «Thorn», como «espina» en inglés.
—Exacto, «Thorn», como «espina».
—No me lo puedo creer —le susurro—. Mi abuela siempre me repetía que un día encontraría mi espina. Yo, la rosa, debía encontrar mi espina. Y una vez me dijo que tú eras mi espina. Estaba en lo cierto.
—Disculpad, ¿puedo ir a la sustancia del asunto? —pregunta el agente Willis.
Hayden me mira, como me miraba en la foto de la graduación.
—Esta no es cualquier sustancia. Esta es nuestra «Sustancia».
—Nosotros dos somos la «Sustancia» —le respondo.
Siempre lo hemos sido.