Escándalo en Hollywood 94. Sofía
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94. Sofía

Sofía

—S eñorita, ya hemos llegado —me indica el taxista.

Sigo paralizada delante del vídeo que acabo de visionar.

Era Hayden.

En vez de volar a Londres, ha ido a ver a su padre a Washington y le ha mostrado la investigación en directo desde Insider .

Ahora el vídeo ya está subido a la página de inicio, junto con las fotografías en las que compara la documentación entregada a la FDA con la de la doctora Paulsen —con su firma y su nombre tachados—, y el enlace para acceder a la plataforma creada por Michelle.

Se hace un llamamiento a todas las mujeres que llevan implantado el Nomyra para que se inscriban, con el fin de comparar sus síntomas, concertar visitas de control y sumarse a una demanda judicial contra la Whitaker Chemical.

Todavía en trance, pago la carrera y subo a la redacción, donde me encuentro a Oliver, desquiciado.

—Se ha vuelto loco —me susurra Kim sin apenas mover los labios—. Lleva desvariando desde esta mañana.

—¡Sofía! Ven aquí —exclama él en cuanto me ve, indicándome que entre en su despacho—. ¡Te has cargado internet!

—¿Has probado a apagar y encender de nuevo el rúter? —le pregunto en plan sarcástico.

—¡¿Por qué te tenías tan callado lo de esta investigación?! Es una bomba. ¡Mira! —Gira la pantalla del ordenador hacia mí—. En el Times te han bautizado como «El terremoto Sofía: la periodista que podría hacer caer un partido».

—Normalmente, solo les ponen nombre a los huracanes.

—Podríamos haberlo publicado en nuestro periódico —insiste—. ¿Cuántas visitas tienes? ¿Cinco millones?

—Once —le actualizo el dato.

—¡Habríamos tenido once millones de visitas en cuatro horas!

—Sí, podríais. Te recuerdo que te propuse seguir la pista sanitaria, pero tú solo estabas interesado en los cotilleos sobre Casey. Por eso, he hecho como con todas mis otras investigaciones que tumbaste, la he publicado en mi insignificante blog —le respondo, dolida.

—¿Qué te parece si transferimos el contenido a Hollywood y Alrededores ? El punto culminante aún está por llegar; esta historia traerá mucha cola.

—No, gracias. Qué fácil es recoger los frutos cuando otra persona ha estado regando el árbol durante años, mientras que tú no creías ni en la mitad de mis propuestas. Solo te preocupaban los anunciantes.

—¡Lo hice para mantener el periódico a flote, y lo sabes! —me replica, a la defensiva.

—Y yo, como un buen soldadito, te di lo que me pediste, pero ya no me sacarás nada más.

—¿Me estás diciendo que no piensas seguir con la investigación?

—Te estoy diciendo que me largo. Renuncio. Y me llevo mis cosas ahora mismo.

—Un aumento —exclama levantándose de un salto—. ¿Qué me dices de un sueldo de sénior?

—Eso tendrías que habérmelo dado ya hace un año y medio, Oliver.

Él arruga la frente, contrariado.

—Me has decepcionado, Sofía.

—Perfecto, así estamos en paz.

Salgo de su despacho, me dirijo a mi cubículo, que comparto con Cindy, y empiezo a recoger las chorraditas que tengo esparcidas por el escritorio. Desde el marco de la pantalla de mi ordenador, la foto de Ruth Bader Ginsburg me mira con severidad.

No necesito nada de lo que hay aquí.

Salgo al pasillo con el teléfono en la oreja y el número de Dasselhoff dando tono.

Aferro el tirador de la puerta por última vez y me veo reflejada en el cristal.

—Hola, Sofía Cortez. Encantado de volver a hablar contigo.