Escándalo en Hollywood 93. Hayden
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93. Hayden

Hayden

Tres horas antes

—P robando, probando… ¿Se oye el micrófono? —pregunto mientras compruebo una vez más que quede bien oculto en el bolsillo de mi camisa.

—Afirmativo —responde Michelle al otro extremo del teléfono—. Ahora muéstrame un número con los dedos delante de la cámara.

Así lo hago, y le muestro un tres.

—Está demasiado baja, muévela hacia el botón de arriba.

La cámara es microscópica, como un pequeño ojo negro que se confunde con los botones de mi camisa. Me he pasado al negro desde que rompí con Sofía. Al diablo con mi imagen de marca personalizada.

En el aeropuerto, en la tienda de informática y tecnología, he comprado lo que Michelle me ha dicho.

Ella ha entrado en el blog de Sofía y, mediante los datos que me ha transmitido, el plan es que enviaremos en streaming lo que yo grabe.

Me he quedado en Washington. No he tomado el vuelo a Londres, sino que me he dirigido al despacho de mi padre en el Capitolio, donde en este momento espero a que me reciba.

—Adelante, Hayden. —Su asistente me invita a entrar.

—¿Estás ahí, Michelle? —le pregunto, porque no la oigo.

—Un momento.

—No tenemos un momento, ya entro.

—Oh, disculpa… Si te ves capaz de hacerlo tú, adelante.

—Perdona.

—Ya estoy. Comienza la transmisión; ten en cuenta que la grabación empezará dentro de medio minuto, así que no digas nada importante antes, o no quedará registrado. ¿Listo?

—Puedes apostar tu modelo de interfaz trasera a que lo estoy —le respondo mientras cruzo el umbral.

—Hayden —me saluda mi padre, indicándome el sillón que hay enfrente de su escritorio para que me siente—. Te hacía en Londres, por tu gira.

—La he pospuesto —le comento—. He hecho escala aquí y se me ha ocurrido que podríamos vernos.

—¿Has venido a disculparte por tu «escenita» en la fiesta de la semana pasada?

—Dado que estoy a punto de hacerte un favor que no has pedido, creo que puedes tomártelo como una disculpa. ¿Qué tal va la campaña de Johanna?

—Muy bien, los sondeos le son favorables y cuenta con apoyos sólidos.

Estamos satisfechos de nuestro trabajo y confiamos en que en la Casa Blanca pronto habrá otro presidente por el cual han apostado los West —me anuncia complacido—.

¿Qué favor piensas hacerme? ¿Tienes algún escándalo en la manga que podamos usar para distanciarnos aún más de Abrahams?

—No exactamente.

Mi padre esboza una sonrisa maliciosa.

—¿Sobre un candidato del otro partido? ¿Algún as en la manga para las presidenciales?

—¿Te acuerdas de Sofía Cortez, la periodista?

Se le apaga la sonrisa.

—¿Otra vez ella?

—Sí, otra vez ella. Ambos estamos llevando a cabo una investigación.

Todo partió de un incendio en un hotel de las afueras de Los Ángeles, donde se hospedaba una actriz a la que le seguía la pista.

A Sofía le interesaba la noticia del incendio; a mí, la presunta infidelidad a su marido.

Nuestras pistas se unieron: el incendio resultó intencionado, y lo provocó alguien al que le habían encargado que «les diera un susto» a los huéspedes del establecimiento.

Allí se hospedaban, además de mi actriz, un grupo de mujeres que aparentemente no tenían ningún vínculo que las relacionara, salvo porque a todas ellas les habían implantado un dispositivo de esterilización permanente que les provocaba trastornos incapacitantes.

—Todo esto es muy conmovedor, pero ¿por qué tendría que interesarnos? —me apremia.

—Te estoy resumiendo un mes entero de trabajo, ten un poco de paciencia.

Michelle me recomendó que dosificara las informaciones porque los usuarios se irían conectando paulatinamente. El tránsito hacia Insider iría aumentando a través del relanzamiento del streaming en los canales sociales de Casey y Ló.

—Hum… —murmura mi padre mientras alinea las plumas en el escritorio—. Prosigue.

—Sospechábamos que el médico que le había implantado el dispositivo no contaba con la suficiente experiencia, y que no las había advertido de posibles efectos secundarios, pero, al no existir un protocolo de extracción, se negaba a extraerles el esterilizador.

»Mi actriz, por su cuenta y riesgo, dio con un ginecólogo que se lo extrajo mediante una laparotomía, y sus dolencias desaparecieron.

Entonces, decidió reunirse allí, en aquel hotel aislado, con las mujeres que había conocido en la clínica, y de las que sabía que padecían los mismos trastornos que ella, para proponerles que demandaran a la clínica.

—Muy conmovedor —repite mi padre.

—Sofía y yo obtuvimos los nombres del resto de las pacientes a las que la clínica les había implantado el dispositivo, y todas presentaban trastornos, lo cual nos convenció de que realmente la clínica era responsable de una mala praxis. Pero resulta…

—¿Resulta qué?

—Resulta que Sofía tiene una amiga que también lleva el dispositivo y, al igual que las demás, sufre distintas molestias, pero a ella se lo habían implantado en otro centro, y de ahí dedujimos que la causa podría estar en el dispositivo.

Nos organizamos para obtener y revisar el expediente de aprobación y comercialización presentado a la FDA, y descubrimos que no coincidía con el expediente original redactado por el laboratorio.

El dispositivo contiene plástico y níquel, pero no se menciona en ninguna parte el riesgo de potenciales alergias.

Además, no se testó el tiempo suficiente, porque a la empresa le urgía comercializarlo.

A todo ello cabe añadir que la empresa ignoró todas las notificaciones que recibieron de los médicos solicitando información sobre los posibles efectos secundarios.

¿Quieres saber el nombre del dispositivo y de la empresa que lo fabrica? —le pregunto.

—¿Es relevante?

—El dispositivo se llama Nomyra y lo fabrica y comercializa la Whitaker Chemical. ¿Te parece relevante?

La mirada de mi padre se vuelve sombría.

—¿Hay algo más?

—Hemos descubierto que solo en el área de Los Ángeles hay dos mil ochocientas mujeres que llevan el Nomyra. En California hay casi treinta mil. En todo Estados Unidos, cerca de cuatrocientas mil.

—¿Cuántas personas tienen conocimiento de esta investigación?

—Hasta ahora, tú, yo y Sofía. Y todas las mujeres que llevan implantado el Nomyra en Los Ángeles, pero no sabría decirte si esta información que te estoy transmitiendo seguirá siendo confidencial.

—«En este momento ya no lo es»—. Y no creo que sea demasiado difícil saber que uno de los principales donantes de la campaña electoral de Johanna Mosley es Armie L.

L. Preston, el vicepresidente de la División de Salud del Consumidor de la Whitaker Chemical.

—Johanna y él son muy amigos —comenta mi padre—. Será difícil decirle que renuncie a su apoyo.

—¿Y cómo piensas decirles a las estadounidenses que voten a una candidata financiada por la empresa que las está envenenando? —inquiero, desafiante.

—Lo siento mucho por ellas, pero ¿cuál era el favor que pensabas hacerme?

—El favor es daros la oportunidad de cambiar. Una vez alguien me dijo que sentirlo, por sí solo, no sirve de nada si no trae consigo un cambio. Ahora tenéis una oportunidad.

—Tu madre y yo somos los responsables de la financiación de la campaña de Mosley. ¿Cómo puedes pensar que esto, además de a ella, no nos perjudicará también a nosotros? Los West antes que…

—Este país le ha dado mucho a los West —lo interrumpo—; nos ha regalado el privilegio de llegar muy cerca del poder —le digo señalando con el brazo Pennsylvania Avenue, al fondo de la cual se alza la Casa Blanca—, de tener la facultad de elegir a potenciales gobernantes.

Pero los privilegios no están exentos de responsabilidades, y la nuestra consiste en devolverles la confianza a quienes la han depositado en nosotros, ofreciéndoles un candidato digno.

Un candidato que responda ante sus electores, que sea leal con sus electores, no con sus donantes.

—Siempre has sido el mejor con las palabras; deberíamos hacer que nos escribieras los discursos, Hayden —comenta con una risa nerviosa—. Pero será mejor que sigas encargándote de los chismorreos. La política no consiste en eso.

—O cambiáis, o el cambio os arrollará.

Dejo caer de golpe sobre la mesa una carpeta en la que he recopilado todos los datos de la investigación, la documentación del Nomyra que se entregó a la FDA y una copia de los informes de la doctora Paulsen, que fotografié antes de guardarlos en la caja fuerte, por si acaso.

—Me he tomado la molestia de darte algo sobre lo que reflexionar, por si mi resumen te hubiera suscitado dudas.

—¿Esperas un «gracias»?

Francamente, no.

—Entonces te dejo para que sigas atendiendo tus compromisos.

—Una cosa más. Tú siempre me has dicho que los West son lo primero, que mi familia está por encima de todo.

Me he casado con Sofía. De modo que ella también es una West. —De hecho, solo es verdad a medias, pero, aunque he firmado la nulidad, para mí no ha cambiado nada—.

Es a ella a quien amo. Ahora ella es mi familia.