91. Hayden
Hayden
E n la escala de Washington tengo que esperar una hora para tomar el vuelo a Londres: es poco tiempo para descansar en cualquier parte, y demasiado para pasarlo de pie en la puerta de embarque.
Quizá mi primo no se equivocaba y debería reconsiderar lo del vuelo privado que decidí no coger.
Deambulo por el duty free , mirándolo todo, pero sin decidirme a comprar nada.
Poco antes de la salida, me topo con una máquina expendedora de aperitivos.
Nada sorprendente, teniendo en cuenta que estoy en una zona de tiendas, salvo porque veo, a la altura de los ojos, los cacahuetes tostados junto a las barritas de Twix.
Aprieto los labios instintivamente, como si quisiera sentir de nuevo el sabor del primer beso que nos dimos Sofía y yo.
Estaba bien hasta ahora. Había logrado anestesiar cualquier atisbo de nostalgia durante el vuelo —nunca había estado tan atento como hoy a las instrucciones de seguridad que impartían las azafatas—, pero no estaba preparado para tropezarme con una combinación de cacahuetes y Twix, y, de pronto, mi cerebro le ha lanzado una granada cargada de recuerdos a mi corazón.
El dolor físico que me provoca el flashback de nuestra primera noche juntos me obliga a buscar una butaca para sentarme. Apenas puedo respirar, se me nubla la vista y tengo el rostro bañado en sudor.
Me paso las manos por la cara, pero no es sudor.
Estoy llorando.
En público.
Y no puedo dejar de hacerlo.
Me bajo las gafas de sol hasta la nariz, reprimo los sollozos que agitan mi pecho pidiendo ser liberados, y la pesada mano de las decisiones que he tomado me abofetea sin piedad.
Podía escoger entre Sofía y mi familia.
Y he escogido a mi familia, que ni siquiera reconocerá mi lealtad, ni mi sacrificio, puesto que dan ambos por sentados.
Podía escoger entre la parte incómoda y áspera de la verdad, o la parte cómoda y tersa de la mentira.
Pero la comodidad y la tersura me están ahogando.
Debo salir de mi cabeza y, para hacerlo, me concentro en las personas que hay a mi alrededor: dos mujeres están repasando una presentación de trabajo; un chico, con una bolsa llena de raquetas, habla con el que podría ser su entrenador de tácticas de golpes por la línea; una chica con auriculares y un pequeño micrófono inalámbrico le habla en streaming a la cámara del móvil sobre su inminente viaje a Tokio; una familia entretiene a dos niños para distraerlos de la espera. La mayor se parece a Ashley.
Me hubiera gustado tener un hijo con Sofía. Siempre había dicho que me plantaría con uno, pero, observando a esos padres, no puedo evitar vernos a Sofía y a mí en su lugar.
Ashley… Podría haber contribuido a construir un futuro mejor para ella.
Lo he estropeado todo.
Todo.
La desesperación está a punto de apoderarse de mí una vez más, así que vuelvo a fijar la vista en la streamer . Pero, cuanto más la miro, más se abre paso una posibilidad en mi mente.
Le envío un mensaje a Nate con el móvil
«Pase lo que pase durante las próximas horas, tú di que estás al corriente de todo».
A continuación, busco un número que jamás en mi vida habría pensado que marcaría. En Los Ángeles son las cinco, pero sospecho que la encontraré despierta.
—¿Qué quieres, gusano? —me pregunta una voz que suena cabreada al otro extremo del teléfono.
—Necesito tu ayuda, Michelle.