Escándalo en Hollywood 90. Sofía
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90. Sofía

Sofía

A hora que Rafael se ha llevado sus cosas de la casa, decido utilizar el trastero, que hacía las veces de almacén provisional de sus cajas, y convertirlo en un minúsculo estudio —el cuarto que debía cumplir esta función sigue ocupándolo Michelle— y reorganizar mis cosas.

Sobre todo, las que había dejado en casa de mi madre y de la abuela por falta de espacio.

Ahora puedo tenerlo todo aquí.

En el dormitorio tendré solo la ropa y los objetos de uso frecuente, y el resto lo guardaré en el trastero. He encontrado un tutorial que te enseña a optimizar repisas y estantes para crear un minidespacho.

Dicen que poner orden fuera también sirve para poner orden dentro y, en consecuencia, sentirte mejor; y Dios sabe hasta qué punto necesito sentirme mejor.

A partir de hoy ya puedo tener todos mis zapatos lejos de las garras de mi madre, ordenar la bisutería, el equipamiento de pilates que pedí cuando me descargué la aplicación y que nunca he usado, las cajas aún por abrir de unos dioramas que iba a montar durante las dos semanas en las que pensé dedicarme al modelismo, todos los apuntes de la universidad clasificados rigurosamente en sus respectivas carpetas y mis libros: Mary Wollstonecraft, Hannah Arendt, Simone Weil, Edith Stein, Simone de Beauvoir, Virginia Woolf…

Pienso dedicarles un estante a mis tres heroínas: Nellie Bly, Katharine Graham y Ruth Bader Ginsburg.

Una mesita de sesenta por cuarenta centímetros encajada a la fuerza entre dos paredes de pladur será mi superficie de trabajo.

Libero de su caja un micrófono profesional y unos auriculares nuevos, destinados a grabar los vídeos para mi blog y hacer streaming como Dios manda.

La última caja está tan revuelta que me entran ganas de tirarla, pero, si la abuela llegara a enterarse, le daría un ataque. A ella le parecería un despilfarro, incluso si osara tirar un simple alfiler que aún se pudiera utilizar.

El primer dólar que gané guardado en una bolsita para conservarlo como talismán, un cuaderno de recetas tradicionales costarricenses escritas de mi puño y letra cuando era una adolescente, los bocetos de mi Eco y una foto guardada aún en la carterita del fotógrafo.

La abro y doy un salto en el pasado de ocho años: es la ceremonia de graduación.

En la imagen solo salimos el rector, Hayden y yo, con los diplomas a los mejores estudiantes del curso.

Pero Hayden no mira al objetivo, me mira a mí.

Me mira como me miraba en Hawái, en Las Vegas, en casa de mi abuela la noche del terremoto.

Me sorprendo a mí misma llorando abrazada a la foto, sentada en el suelo de este trastero oscuro y sofocante, y un río de lágrimas me inunda los ojos.

Poner orden no sirve para estar mejor.

Una está hecha una mierda igualmente.