Escándalo en Hollywood 89. Hayden
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89. Hayden

Hayden

—¡¿T ú pagarías nueve millones por este ático que parece el set de un episodio de las Kardashian?! —exclama con sarcasmo mi primo en cuanto pone un pie en mi apartamento.

—Baja la voz, que Ashley acaba de dormirse —lo regaño.

Él se acomoda en el sofá, como si estuviera en su casa.

—¿Cuándo tienes el vuelo a Londres?

—A las once; dentro de tres horas —respondo—. Pero haré escala en Washington.

—¿Vas a coger un vuelo comercial? —inquiere con cara de desaprobación—. ¿Transoceánico? Estás loco.

—Viajo solo, porque Corey está convaleciente, así que me ha parecido un derroche.

—Esta casa sí es un derroche: cocinas y comes en la misma estancia.

—Suelo encargar comida o como fuera… ¡Pero a qué viene todo esto, si tú ni siquiera tienes casa!

—A ver, yo estoy aquí para hacerte un favor, pero, si te molesto, me voy. En lugar de dormir aquí y mañana llevar a Ashley a casa de Madison, puedo decirle a su madre que venga ahora.

—No lo harás por dos motivos: uno, detestas a Madison más que yo; y dos, te encanta ganarte la adoración de Ashley y jugar a que eres el tío enrollado.

—La vanidad es mi punto débil.

—Ya.

—¿Todo va bien?

—Sí, ¿por qué?

—Acabo de darte una oportunidad de burlarte de mi narcisismo, y no la has aprovechado. No es propio de ti.

—Solo estoy preocupado por el viaje —respondo.

—¿Tú, preocupado por cuatro entrevistas? ¿Cuándo se ha visto esto?

En realidad, es una mentira. Así, pruebo a convencerme de que no estoy pensando en Sofía, sino en una lista de preguntas que ya he respondido mil veces. Ni el más tonto se lo creería, y Nate no tiene nada de tonto.

Me suena el móvil; es Corey por videollamada, que va a hacer el enésimo repaso previo a mi partida.

Me siento en el sofá al lado de Nat y pongo el teléfono frente a nosotros.

—¡Un West y un Edgerton en la misma llamada! —exclama con la boca llena—. Menudo privilegio.

—Ahora que estás fuera de juego, he tenido que buscarme otra niñera —le indico—. ¿Estás comiendo patatas fritas con mayonesa después de que te hayan puesto un estent? —le pregunto a Corey.

—Son zanahorias baby con humus —responde acercando el plato a la cámara del teléfono—. Por cierto, aunque yo soy el del infarto, tú tienes peor pinta que yo. Tendrán que disimularte las ojeras con una buena capa de maquillaje antes de salir al set.

—Tiene razón, primo. Ahora que me fijo, parece que te haya pasado un tanque por encima —lo secunda Nate.

—Solo me faltabas tú —mascullo.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —inquiere Nate

—¿Nate no sabe lo de Sofía?

—No —mascullo.

—¿Qué debería saber?

—Nada —respondo evasivo.

—Hayden ha decidido interrumpir la investigación en la que estaban trabajando ambos, ocultar los documentos que probarían la mala praxis de la Whitaker Chemical y no cederle a Sofía el espacio en Wild Wild West , a fin de proteger a la candidata de los West a las primarias, y ella lo ha dejado —sintetiza Corey.

Necesitaba a alguien con quien hablar, y él lo sabe todo de mí: se pasó escuchándome cuatro horas enteras, durante las cuales le expliqué lo mío con Sofía, desde los tiempos de la universidad, pasando por la investigación del Nomyra, hasta nuestra discusión final en El Cielo.

También le conté lo de la boda, pero le hice jurar por la Biblia que no se lo diría a nadie.

—El fin justifica los medios. —Es el implacable comentario que emite Nate.

—¿Aunque la Whitaker la haya cagado y nosotros estemos encubriendo una injusticia? —lo provoco—. ¿El fin justifica los medios sin ningún tipo de límites?

—No creo que tú quisieras que la cosa fuera así —opina Corey—. Has acatado un deber para con el apellido West. ¿Pero tú, Hayden, habrías tomado la misma decisión?

—Nosotros no separamos el nombre del apellido —responde Nate con su tono de voz más institucional—. No teníamos otra opción, solo había una salida.

Mi representante deja escapar un gruñido de desaprobación.

—No me convences. Yo, aquí, veo a un hombre que está sufriendo, y una verdad que quiere taparse. Esta decisión me parece una derrota por partida doble.

—Tú apoyas a otro partido, Corey. Tus observaciones están plagadas de tus propias convicciones políticas —le replica Nate.

—Y, si tú fueras tan buen político como dices ser, no te limitarías a cumplir órdenes y encontrarías una solución —discrepa Corey.

—Estamos hablando por hablar, desperdiciando tiempo y energías —concluyo—.

Soy consciente de la decisión que he tomado, aunque suponga tener que convivir con un amor no correspondido.

Y, por mucho que Sofía me odie, estoy contento de no haberla arrastrado a un enfrentamiento con mi familia.

Me duele, y me seguirá doliendo, pero es mucho mejor para ella que yo ya no esté metido en esto —afirmo.

Corey niega con la cabeza, molesto.

—¿Ya has puesto el pasaporte en la maleta? —pregunta con sequedad.

—Sí.

—Perfecto, te mandaré los últimos detalles por email —dice, y cuelga la llamada.

Nate y yo nos quedamos en silencio durante unos minutos, y por fin él exclama:

—No le hagas caso, ya sabes que se obceca en su opinión y la considera la única válida. Es una deformación profesional propia de los representantes.

—¿Tú crees?

—Él no sabe lo que es crecer en el manicomio del que venimos nosotros.

Cojo el móvil, abro el buzón y recupero las credenciales para registrar mi embarque en el vuelo.

Pasajero Hayden West: facturación concluida con éxito.

Pasajera Sofía Cortez…

El cursor parpadea mientras valida sus datos.

—Entonces, ¿ella y tú habéis roto definitivamente? —me pregunta Nate.

—Definitivamente —le confirmo.

—Has hecho bien. Si amas de verdad a una persona, debes mantenerla lo más lejos posible de nuestra familia.

Pasajera Sofía Cortez: embarque anulado.