88. Sofía
Sofía
L os encuentros han sido todo un éxito.
Ha habido mujeres entre el público que se han puesto a llorar de alivio al haber hallado una posible explicación a todos sus sufrimientos.
El doctor Folger tiene una apretada agenda de visitas que lo mantendrá ocupado a él y a sus colaboradores durante más de un mes.
Nos queda otro mes de trabajo clandestino, al final del cual hemos acordado que presentaremos la investigación a la American Medical Association. Sin embargo, no acabo de sentirme del todo satisfecha.
Tres días después, ahora que me ha bajado la adrenalina y la concentración, estoy exhausta. Intento reunir fuerzas para vestirme e ir a la redacción, pero no hay manera.
—¿Sofía? —Es mi madre—. Te traigo el desayuno.
Durante estas tres noches ininterrumpidas de reuniones, ella y la abuela se han asegurado de que comiera y durmiera con regularidad, y la visita de esta mañana no es una excepción.
Lo que pasa es que hoy, a diferencia de ayer, no me veo con fuerzas de levantarme e ir a trabajar, de modo que se sienta en la cama.
—Has estado fantástica —me felicita—. Toda una leona.
—Aún no hemos empezado siquiera a afrontar el trabajo serio —le digo.
—¿Has tenido noticias de Hayden?
—No —respondo con aspereza—. Se ha retirado de la investigación, por lo que no hay motivo.
—No me refiero a la investigación. Me refiero a hablar de lo vuestro.
—«Lo nuestro» ya no existe, si, tal como espero, ya ha firmado la nulidad.
—¿No habrás actuado impulsivamente?
—Sin duda. Casarse en Las Vegas es la definición de «actuar impulsivamente».
—Por lo de la anulación. Puede darse que no estéis de acuerdo sobre alguna cosa, pero no por eso hay que romper con todo.
—Esto no es «alguna cosa» sin más, mamá. No hemos discutido sobre qué película veríamos por la noche. No puedo estar con alguien que no esté a mi lado incondicionalmente. Él siempre estará de parte de su familia, cuyos valores comparte. Yo, en cambio, no estoy dispuesta a comerciar con los míos.
—Pero estás enamorada.
Lo sé, y me odio por no ser capaz de extinguir esa llama que se enciende cada vez que pienso en Hayden. Me odio por ser incapaz de dejar de pensar en Hayden.
—Ya se me pasará.
—¿Tú crees?
—Se me pasará —repito con la voz rota, un nudo en la garganta y las lágrimas nublándome la vista—. Se me tiene que pasar.
—Buenos días, Sofía —me saluda Oliver la mar de contento.
La foto de Ló y Casey brindando en El Cielo Club —sin contexto— cómplices y sonrientes, le ha valido a nuestra página una avalancha de clics.
—¿Has venido a despedirte antes de volar a Europa? Porque, en ese caso, tengo una pequeña lista de souvenirs que podrías traer. Sobre todo, de comida.
—Ya no voy. —Son las últimas palabras que pronuncio antes de sentarme frente al ordenador.