87. Hayden
Hayden
S ofía no bromeaba.
A la tarde siguiente, en la recepción del edificio, Ari me dice que espere un instante y me entrega un sobre con el membrete de un despacho de abogados.
No necesito abrirlo para saber que es la anulación, pero por un momento espero que sea una querella por difamación de cualquier celebridad cabreada.
Sin embargo, todo queda en una esperanza.
Es el expediente de nulidad, ya firmado por Sofía en todos los campos, y con pósits sobresaliendo por los márgenes, indicándome dónde debo firmar yo.
Motivos: matrimonio celebrado en estado de embriaguez; capacidades cognitivas alteradas.
Dejo los documentos sin tocar en la mesita de la entrada, anhelando no concederle la nulidad.
No estaba borracha.
Sus capacidades cognitivas no estaban alteradas ni mucho menos.
Al tercer día, me digo que no quiero librar una guerra con Sofía, y que mi deber es darle lo que me pide. No la amo menos, pero la amaré en soledad. Puede que le haya robado su investigación, pero no puedo robarle su libertad.
Y, justo en el momento en que estampo la última firma en la línea correspondiente de la tercera copia del acta, junto a la de Sofía, es como si el bolígrafo se me hubiera clavado en el corazón.