Escándalo en Hollywood 86. Sofía
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86. Sofía

Sofía

—¿P uedes repetírmelo, por favor? —le pido a Hayden.

—Tenemos que interrumpir la investigación —me repite, sin darme margen a posibles interpretaciones.

—¿Interrumpir? Pero si estamos metidos hasta el cuello.

—Lo sé, pero no podemos seguir adelante. No, en estas condiciones.

No está bromeando, tiene el rostro rígido y frío como el mármol.

—¿No me estarás diciendo que quieres salvarle el culo a Scott?

—Él me importa una mierda —responde sin añadir nada más.

Me creo lo que dice, pero la alternativa es igual de repugnante.

—Ya lo entiendo: se trata de tus padres.

Temes que, si publicamos la investigación, su vínculo con la Whitaker Chemical (que, por una parte, financia la campaña de la candidata a las primarias por la que apuestan los West, y, por la otra, está perjudicando la salud de millones de mujeres con un dispositivo fallido) podría verse perjudicada su imagen.

—No puedo publicar en Wild Wild West una investigación que ponga en entredicho a los West —me explica.

—Pero tú detestas a tu familia —le recuerdo.

—Eso no significa que quiera destruirla.

—¿Cómo dijo tu padre en la fiesta? «La familia West es lo primero».

Y entonces un gélido escalofrío me recorre la columna vertebral.

—No has traído contigo la documentación de la doctora Paulsen, ¿verdad? —le pregunto con un nudo en la garganta.

—No —responde, mirando al suelo.

No es necesario que añada nada más. Esos documentos nunca verán la luz del sol. Estúpida de mí, se los entregué sin tan siquiera hacer una copia.

—Lo siento, Sofía

—¿Esas mujeres no te importan? —le reprocho—. La Whitaker Chemical está jugando a la ruleta rusa con su salud solo para lucrarse. ¡Hemos llegado hasta aquí para demostrar que están siendo víctimas de una injusticia, y ahora te echas atrás!

—No alces la voz, Sofía, fuera podrían oírnos —me dice, y trata de cogerme la mano para que me tranquilice, pero la aparto.

—¡Pues que nos oigan! —exclamo—. Tenemos pruebas de que la empresa se está lucrando con un producto que no es seguro, vendiendo mentiras, engañando a la FDA, ocultando pruebas, amenazando y asustando a las personas que buscan el modo de solucionarlo, ¡y tú te echas atrás!

—lo acuso—. ¡Eres un cobarde! ¡No tienes lo que hay que tener, Hayden!

—¿Es de cobardes querer protegerte? ¿Es cobardía velar para que no te suceda nada?

—me replica, y ahora él también está alzando la voz, que resuena por todo el cuartito—.

¿Acaso crees que, cuando la Whitaker Chemical descubra la investigación que tienes entre manos, te permitirá seguir adelante?

Hará lo que sea para impedírtelo. Lo que sea.

—No necesito que me protejas, no necesito que creas en lo que yo creo. Si estás dispuesto a dar marcha atrás por miedo a las represalias, no eres la persona que creía.

—Tu problema, Sofía, es que solo sabes mirar al frente, solo ves el objetivo que tienes delante. Nada más. Nunca miras a los lados, que es de donde vienen los peligros. No te preocupas por lo que puedes perder.

—¡No, por lo que tú puedes perder! ¡Tu familia tiene mucho que perder! —le espeto, señalándolo con el dedo—. Yo no tengo nada que perder porque nunca he poseído nada.

—¿Ni siquiera nosotros dos?

—¿Acaso existe un «nosotros dos»? ¿Dónde está?

Porque yo no lo veo —le replico en tono desafiante—.

Solo veo a un niño de papá que, por no hacer enfadar a su padre todopoderoso y a su apellido altisonante, está dispuesto a renegar del trabajo de semanas, a sacrificar nuestros sueños y a dejar de luchar por una causa justa.

—El hecho de que no quiera tomar parte en la investigación no significa que te quiera menos.

—Para mí, sí. Si no estás conmigo, si abandonas, te conviertes en su cómplice.

—¡¿No te parece que solo estás teniendo en cuenta tu punto de vista?! —exclama él, alzando los brazos y dejándolos caer a los lados.

—Te voy a dar otro punto de vista: ¿y si entre las mujeres que están ahí fuera, a las que se les ha implantado un dispositivo peligroso y que están sufriendo sin saber la causa, se encontrara tu hija?

—No metas a mi hija en esto.

—Claro que la meto, porque todas las que están hoy aquí son las hijas de alguien. Que no entiende por qué su hija no para de entrar y salir de urgencias sin un triste diagnóstico. Si una de ellas fuera Ashley, ¿te echarías atrás con tanta facilidad?

—Ashley tiene siete años —objeta.

—Pero no los tendrá eternamente —le replico—. Dime, Hayden, cuando subiste al escenario durante la manifestación en defensa de Hannah Lawson y cogiste el megáfono, ¿creías de verdad en lo que decías, o solo fue una escenita para follarme?

—¡¿Para follarte?! —La voz de Hayden suena casi ofendida—. ¡Pero si estamos casados!

Estoy bastante segura de haber oído a alguien exclamando «¡¿Qué?!» fuera del almacén.

—En vista de que no te tomas en serio esta investigación, tampoco creo que seas capaz de tomarte en serio el matrimonio, y puede que para mí sea mucho mejor de este modo. Espero que no tengas demasiados reparos en firmar la anulación.

—¡¿La anulación?! Los únicos motivos que pueden alegarse son la consanguinidad, ser menor de edad, el fraude o la enajenación mental.

—El enamoramiento entra en este último supuesto.

—No puedes estar hablando en serio —susurra Hayden.

—Nunca he hablado más en serio. Mañana mismo te haré llegar los formularios. Y hazme un favor, devuélveme firmado el documento de anulación antes de marcharte a Europa. Ya he tenido suficiente.

—Entonces ¿esto se acaba así?

—Ni siquiera tendría que haber empezado.

—¿Tan poco hace falta para borrar lo que ha habido? ¿Para aniquilar el amor?

—El amor no se alimenta del aire, Hayden.

Se alimenta de acciones. Vive de la confianza, que debe resistir cuando es puesta a prueba, y esta prueba no la hemos superado.

Y sentirlo, por sí solo, no sirve de nada si no trae consigo un cambio.

Y, por desgracia, tú no has cambiado. —Abro la puerta del trastero, y una multitud de rostros azorados nos mira fijamente—.

Buena suerte con las primarias: espero que te sientas orgulloso de apoyar a una candidata mujer, que dice que está de parte de las mujeres, mientras el principal donante de su campaña está envenenando a las mujeres con el Nomyra —lo felicito.

Hayden agacha la cabeza, desolado.

—No esperaba que lo comprendieras, pero sí que al menos pudiéramos hablarlo.

—No hay nada de qué hablar. Yo seguiré adelante igualmente, contigo o sin ti. Con o sin los documentos de Paulsen. Si no quieres ayudarme, al menos no me hagas perder el tiempo. —Dicho lo cual, le doy la espalda y me dirijo a la entrada de la sala.

Tomo el micrófono para anunciar a Ló y a Casey, con mi madre pisándome los talones.

—¿A qué te referías con lo de «casados»?