Escándalo en Hollywood 85. Hayden
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85. Hayden

Hayden

C uando llego a El Cielo Club para lo que se ha presentado como una «fiesta privada», en el cuarto trasero me encuentro a Sofía hablando con Casey y Ló, la examiga-enemiga de Hollywood, con quien ha hecho las paces.

Justo esta mañana he publicado un artículo en Wild Wild West con la exclusiva de la reconciliación.

—Hay veces —le explica Ló— en que no puedo mover las manos. Y veo fatal, no soy capaz de leer los guiones.

—Una noche estaba en la ducha y me resultó imposible abrir el champú —añade Casey.

Sofía les sonríe, con los ojos llenos de esperanza.

—Gracias por haber tomado la decisión de dar la cara. Significará mucho para todos… —Se gira y me ve. Se le ilumina el rostro—. ¡Hayden!

La sala está llena. Casi todas las pacientes han respondido a la invitación.

El Cielo tiene un aforo máximo de mil personas y, gracias a la buena disposición de Casey, Ló y el doctor Folger, los encuentros se irán repitiendo hasta que hayan sido atendidas todas las pacientes durante los tres días que el local estará cerrado al público.

—Bien —comento, con el cuerpo en tensión.

Sofía, en cambio, desborda entusiasmo.

—Hayden, hay algo que tengo que decirte, lo he descubierto esta mañana.

—Sí, yo también tengo que hablar contigo —le respondo, en un patético intento de no parecer preocupado.

—En el trastero —me dice, señalando la puerta que hay a mi espalda—. Mejor lejos de oídos indiscretos.

—Estoy de acuerdo.

En el trastero, iluminado apenas por una bombilla colgada del techo, Sofía y yo tenemos que apretujarnos entre cajas de vino y de vodka.

—Escucha, Sofía —comienzo a decirle con un peso en el estómago que ya no puedo seguir soportando.

—¡Primero yo! —me interrumpe—. Adivina con quién he hablado esta mañana.

—No creo que sea capaz.

—¡Con el chico que se coló en el Livingston Inn haciéndose pasar por el recepcionista, y que fue el responsable del incendio!

—exclama, pero al instante modera el tono de su voz—.

Patrick ha logrado localizarlo usando las grabaciones de las cámaras instaladas en los comercios que tienen contratada la seguridad con su empresa.

Quedamos con él, y nos ha confesado que le pagaron por provocar el incendio —me explica, sin pararse a respirar.

—¿Quién?

—Un hombre elegante, ojos marrones, pelo castaño rojizo, con barba y muchos anillos; uno de ellos lucía las iniciales de la fraternidad Eta-Delta-Theta.

La descripción corresponde con Scott Preston, y Patrick ha comprobado que él fue quien alquiló el Escalade que emplearon para quedar con el chico y «pagarle su parte».

La pregunta es entonces: ¿qué interés podría tener Scott en «asustar» a unas mujeres que pretendían emprender acciones legales contra una clínica que implanta el Nomyra?

—Sofía —digo, tratando de frenar su ímpetu devastador.

—Pues resulta que su tío, Armie L. L. Preston, es el vicepresidente de la División de Salud del Consumidor de la Whitaker Chemical.

Él debió de poner al corriente a Scott acerca de las quejas presentadas por la Avila’s Clinic, y le sugirió que hallara el modo de «disuadir» a las pacientes de que presentaran la demanda.

Y ahora también ha quedado claro por qué Scott le pasó a Nate el expediente de aprobación del Nomyra en poder de la FDA: sabía que era falso y que allí no íbamos a encontrar nada incriminatorio.

¡Es más, estoy completamente segura de que fue su tío quien colocó a Scott en la FDA!

—Ya lo sé.

Sofía me mira perpleja.

—¿Qué quieres decir con que lo sabes?

—Nate me ha enviado un documento con la lista de todos los patrocinadores privados que financian la campaña electoral de Johanna Mosley; uno de los más generosos es precisamente Armie L. L. Preston.

Ella parpadea, confusa.

—Perdona, ¿y esto desde cuándo lo sabes?

—Desde la mañana en que volvimos de Las Vegas —le confieso—. Pero no era de eso de lo que quería hablarte.

—¿Entonces de qué era?

—No podemos seguir adelante con la investigación.