Escándalo en Hollywood 84. Sofía
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84. Sofía

Sofía

E n realidad, Jimmy se llama Gonzalo. Tiene diecinueve años, aunque le gusta especificar que dentro de dos meses cumplirá veinte, y está mordiendo una porción de pizza como si hiciera días que no hubiera comido nada.

Patrick y yo nos hemos citado con él en un Domino’s lo bastante frecuentado para no llamar la atención, pero lo suficientemente tranquilo para poder hablar sin que nos molesten.

Los tres chicos con ropa de básquet y un balón, sentados dos mesas delante de la nuestra, son del equipo de Patrick.

—Gracias por acudir a la cita. Yo soy Sofía —le digo.

—No eres de la policía, ¿verdad? —farfulla con la boca llena.

Niego con la cabeza.

—Estoy investigando el incendio desde un punto de vista periodístico y quisiera hacerte unas preguntas, pues me consta que no te llamas Jimmy, que no eres recepcionista, que te presentaste en el hotel poco antes del incendio y te fuiste poco después.

No estoy aquí para denunciarte a las autoridades, sino para saber si quieres estar en el lado correcto de la historia.

—¿Qué historia?

—¿Sabías que en el Livingston había un grupo de personas que se encontraban allí para reunirse?

—Duda, engulle el bocado y mira hacia otro lado—.

Personas que se habían puesto de acuerdo porque tenían que discutir sobre algo importante, y que podría molestar a alguien —prosigo, pero no reacciona—.

Personas que sufren dolores —añado—. ¿Tienes familia, Gonzalo? —le pregunto.

—Tengo un niño de tres años.

Casi me atraganto con el té frío.

—Me refería a si tienes madre o hermanos, pero tu respuesta me vale igualmente.

Verás, en el hotel había niños. Cuya vida corrió peligro.

—Dosifico las palabras y el tono de mi voz se vuelve más sombrío, esperando penetrar en su conciencia—.

Uno de ellos tenía la edad de tu hijo. —Gonzalo se muerde el labio, esforzándose en mantener la pose de «tipo duro al que todo le importa una mierda»—.

Si los servicios de emergencias llegan a tardar diez minutos más, el accidente se habría convertido en una masacre.

—Escucha, Gonzalo —interviene Patrick—, Sofía te está haciendo un favor, así que más te vale contestar, porque, si dependiera de mí, ya estaríamos en la comisaría.

Somos el policía bueno y el policía malo.

El chico baja la vista, incapaz de sostenernos la mirada.

—No tendría que haber salido así —masculla.

—¿Cómo tenía que haber salido? —lo apremio.

—Bastaba con crear un foco que activara la alarma a fin de que vinieran los bomberos y evacuaran el edificio.

Solo tenía que dar miedo, sin que nadie resultara herido.

¡No tenía ni idea de que la alarma no funcionaba!

Me dijeron que solo había que darles un pequeño susto, a modo de advertencia —suelta de un tirón.

—¿Quién te lo dijo? ¿Alguien te encargó el incendio? ¿Te dijo por qué?

Niega con la cabeza.

—No sé por qué. Yo trabajo para… Hum, una organización.

La misma vieja historia de siempre en Los Ángeles: si creces en alguno de los barrios pobres, y no tienes una familia con la suficiente presencia de ánimo para mantenerte alejado de las calles, hasta el punto de prohibirte dar una vuelta en bici, la calle te acaba conquistando con promesas de dinero fácil.

Las bandas atraen a los adolescentes, los seducen concediéndoles pequeños lujos que siempre han deseado —un móvil de última generación, unas zapatillas de marca— y, en cuestión de meses, se ven atrapados en una cadena de favores que nunca llega a su fin.

—Una banda —lo corrijo sin medias tintas. Tráfico de drogas, robos, prostitución, siempre es el mismo negocio.

—Hace tiempo que quiero salir, pero necesito dinero para hacerlo. Me lo ofrecieron, y acepté —concluye sin más.

—¿Quién te lo ofreció? —inquiero.

—No sé los nombres. Eran dos en un coche.

Me llamaron desde un número desconocido, y alguien me dijo que esperase en un cruce de Pico Boulevard.

Allí me recogieron y me explicaron lo que tenía que hacer.

Me pagarían cien mil dólares por el trabajo: cincuenta mil por adelantado y cincuenta mil más al concluirlo.

En efectivo. Era suficiente para acabar con la banda del Chino, de modo que acepté.

—¿Recuerdas a esos dos tíos? —le pregunta Patrick—. ¿Puedes describirlos?

—Uno es The Hammer, o así es como yo lo conozco. Controla los «trabajos» que se hacen al sur del Downtown, y en este caso actuó como intermediario. Se lleva el veinte por ciento.

—¿Y el otro?

—El otro, yo diría que no es de aquí. —Gonzalo juguetea con la pajita de la Pepsi—. Pero es un tío bastante vulgar, podría ser cualquiera. Lo que sí puedo decirte es que íbamos en un Escalade negro.

—Ese es el coche que más abunda en Los Ángeles —le digo a Patrick.

—Sí, pero era de alquiler: vi el adhesivo en la ventanilla.

Ventura Car Rental, si no me equivoco —se esfuerza en recordar—.

Yo diría que pagó el otro tío, no The Hammer, porque, de los dos, el otro era el del dinero: iba vestido con traje y corbata, peinado, perfumado, y llevaba un reloj caro. Auténtico, no de imitación.

—¿Ojos? —le pregunta Patrick—. ¿Pelo? Trata de describírnoslo.

—Ojos marrones. Cabello fino, largo hasta aquí —se señala la mandíbula— y un poco ondulado. Rubio. No, castaño rojizo. Más rojizo que rubio. Barba bien cuidada. Yo diría que era lo que le olía a perfume.

—Una flor silvestre —comenta Patrick.

—Llevaba un montón de anillos —añade Gonzalo.

—¿Puedes decirnos cómo eran?

—Llevaba dos en cada dedo: de plata, sencillos. El más grande lo tenía puesto en el índice derecho, con unos símbolos en la parte de arriba.

—¿Símbolos de bandas? —pregunto—. ¿Calaveras o cosas por el estilo?

—Dos iniciales y un dibujo: una «H», una «O» y un triángulo —responde—. Pero no conozco ninguna banda que se llame así.

—¿Tienes un bolígrafo, Sofía? —me pregunta Patrick.

Se lo paso; él garabatea HOΔ en una servilleta manchada y se lo muestra a Gonzalo.

—¿Así?

—El triángulo va en medio, entre las dos letras. Y dentro de la «O» había una línea. Patrick escribe «HΔ Θ », y en ese instante una terrible sospecha resuena por todos los rincones de mi cerebro.

—Eso no es un triángulo. Es la letra griega «delta». Todas las letras son griegas, y pone «Eta-Delta-Theta» —les explico.

Patrick me mira sorprendido.

—¿Lo conoces?

—Es el símbolo de una de las fraternidades de mi universidad —confirmo con un suspiro. La fraternidad de Hayden—. ¿Has dicho pelo castaño-rojizo, un poco largo, ojos marrones y barba cuidada? ¿Estás seguro, Gonzalo?

Él asiente.

—Fue él quien me dijo que me mezclara con el personal del hotel y provocara el incendio. Aparte de eso, solo hizo el siguiente comentario: «Alguien necesita una advertencia».

—¿Qué día tuvisteis esa conversación?

Gonzalo se rasca la frente.

—No recuerdo la fecha, pero estoy seguro de que fue un jueves, porque eran las últimas eliminatorias de la Western Conference, Lakers contra Timberwolves.

—Patrick, ¿puedes comprobar con tu amigo policía si un hombre llamado Scott Preston alquiló un Escalade negro en Ventura Car Rental?

—Veo que tienes las ideas claras —señala él.

—Demasiado claras.

Las pesquisas de Patrick confirman mis sospechas: Scott alquiló el Escalade.

Y, para comprender cuál es el vínculo entre la Whitaker Chemical y él, me basta con abrir la lista de miembros del consejo de administración: L. L. Preston, su tío, es el vicepresidente.