77. Hayden
Hayden
D espués de acompañar a Ashley a la fiesta de cumpleaños, orgullosa a más no poder de su vestido personalizado y de su pelo color lila, voy a buscar a Sofía, que me ha dado luz verde ahora que Rafael ha despejado el terreno.
Sale de su casa con unos vaqueros ajustados y rotos, y una camiseta con una frase de Marie Curie: «¿Cómo es estar casada con un genio? No lo sé, pregúntaselo a mi marido».
—Es el coche de cortesía, mientras el taller repara el mío.
Se acomoda a mi lado y la beso sin perder un segundo.
—Hoy estamos de celebración.
—Hoy nos vamos a Las Vegas —responde ella, enseñándome dos pasajes de avión—. ¿Cuántos caballos tiene este coche?
—Al menos trescientos cincuenta. ¿Por qué?
—Pues haz que corra como si tuviera cuatrocientos, porque nuestro vuelo sale dentro de una hora.
—«Turista» —constato, apretujándome en el microscópico sello de correos al que la aerolínea llama asiento—. ¿No había nada mejor, Sofía? Ya te dije que los viajes los cargo a la sección de gastos.
—He reservado el primer vuelo con dos plazas libres que estaba disponible. No me he fijado en la clase. Además, el trayecto dura una hora y media.
—No me gusta ser aguafiestas, pero ¿podrías explicarme por qué razón estamos volando a Las Vegas? —le pregunto mientras las azafatas nos indican las medidas de seguridad.
—Folger no ha hallado nada inusual ni irregular en la documentación que la Whitaker Chemical presentó a la FDA para que aprobase la comercialización del Nomyra, así que se me ocurrió contactar con la persona que, en calidad de responsable del proyecto, firmó todos los documentos científicos: la doctora Elmas Paulsen —me explica, ahora ya en modo «reportera de investigación».
—¿Y qué te dijo?
—¡Nada! Me colgó el teléfono en cuanto le pedí que me hablara de su trabajo en la Whitaker Chemical, donde, en un giro inesperado de guion, ya no trabaja porque se jubiló precisamente el año en que presentaron el proyecto Nomyra.
—Ya entiendo. Vamos camino de su casa, ¿a que sí?
—En efecto.
—Me extraña que te haya facilitado su dirección —le comento.
—A decir verdad, no lo ha hecho.
—Lo sospechaba.
Entre despedidas de soltero, grupos de turistas y encuentros de aficionados al boxeo, en el aeropuerto de la «Ciudad del Pecado» al fin logramos parar un taxi que nos conduce a un barrio residencial al oeste del Strip, salpicado de casas adosadas, todas iguales.
—Es un lugar extraño para disfrutar de la jubilación —comento—. Después de haberse pasado toda la vida enterrada en un laboratorio.
—La hija es licenciada en Matemáticas; trabaja en un casino como observadora. ¿Sabes? Son los que controlan que los jugadores no hagan trampas.
—Espero que te hayas estudiado bien tu papel, porque corremos el riesgo de que nos calen a la primera de cambio.
Enfilamos el camino de acceso y Sofía llama a la puerta introduciendo la mano entre barrotes de una sólida reja.
Al cabo de poco, nos abre una señora.
—No tengo tiempo para predicadores —refunfuña.
—La comprendo perfectamente —le respondo—, pero no hemos venido a predicar. Quisiéramos hablar de su trabajo, doctora Paulsen.
—Yo soy Sofía, hemos hablado por teléfono esta mañana.
La mujer pone los ojos en blanco, molesta.
—Váyanse, no tengo nada que decir —responde, y nos da con la puerta en las narices.
—Doctora Paulsen, me consta que usted es la investigadora que dirigió el proyecto de desarrollo del Nomyra —sigue diciendo Sofía, subiendo la voz para que pueda oírla, pero al otro lado de la puerta no se oye nada—.
Necesitamos hallar respuestas en referencia a una serie de trastornos que posiblemente estén vinculados con el dispositivo —insiste, dirigiéndose a la puerta cerrada—.
Estamos hablando de la salud de miles de mujeres.
Silencio.
—Cindy, cinco hijos, le implantaron el Nomyra en Navidad, y acaba de ser intervenida por un embarazo extrauterino.
Joy, dos hijos, pérdida de visión. Sally, tres hijos, hemorragia abdominal.
Lana, un hijo, dolores articulares que ni siquiera le permiten desenroscar los tapones de las botellas —recita de corrido—.
Samantha, dos hijos, problemas de equilibrio. Penny, tres hijos, pérdidas de memo…
La puerta se abre apenas.
—¿Y tú qué sabes de todo esto?
—Cómo lo sé, es lo de menos. Necesito que me diga qué sabe usted —le responde Sofía.
—Voy a hacerle una propuesta, doctora Paulsen —prosigo—: Sofía y yo le contamos todo lo que hemos descubierto, las investigaciones que hemos llevado a cabo hasta ahora.
Solo le pedimos que nos escuche. Después, ya decidirá si quiere hablar con nosotros o echarnos de su casa.
Y, si nos echa, le prometo que no volveremos, ni la molestaremos más.
La mujer resopla y a continuación introduce la llave en la cerradura de la verja.
—Entrad.