Escándalo en Hollywood 76. Sofía
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76. Sofía

Sofía

R afael carga sus cajas en un taxi y me despido de él enviándole una nota de cargo por todos los resúmenes que me ha hecho escribirle «porque tú eres mucho mejor que yo», y, cuando el coche en el que va gira la esquina del cruce y desaparece de mi vista, me siento aliviada.

Sin embargo, la frase que Hayden lanzó al aire cuando nos dejó solos sigue martilleándome la cabeza.

«Yo, a Sofía, le hago el amor».

Por un lado, sé que en ese momento Rafael y Hayden se habían enzarzado en una competición, y que probablemente Hayden se haya tirado a la piscina, de modo que me obligo a restarle importancia a sus palabras.

Pero, por otro lado, ¡me encantaría que fuera verdad! Porque yo también hago el amor con Hayden.

Estoy en casa de la abuela, con mi madre, que me está cortando el pelo, la mar de contenta.

Ella quería cortármelo muy arriba, pero al final hemos pactado que solo me lo cortaría hasta media espalda, que en mi caso son casi treinta centímetros.

Me entra un email del doctor Folger informándome de que en el expediente de aprobación que nos consiguió Nate no consta ninguna anomalía, lo cual me decepciona. Yo esperaba que hubiera algo.

—¿A qué vienen esos morros? —me pregunta mi madre mientras me retoca el flequillo—. ¿No te estarás arrepintiendo de habértelo cortado?

—¿No te estarás arrepintiendo de haber mandado a la mierda a ese cabrón de Rafael? —dice la abuela, haciéndole eco a mi madre—. ¡Ya no hay marcha atrás!

—Ni una cosa ni la otra. Lo que pasa es que esperaba que en los documentos de aprobación de la FDA encontraríamos algo que pudiéramos relacionar con los trastornos de los pacientes, pero no hay nada.

—¿Y si llamas directamente a la empresa? —sugiere la abuela, con una ingenuidad que me conmueve.

—Me soltarían un discurso prefabricado por su Departamento de Comunicación. —Suspiro.

—¿Quién elaboró los documentos de la Whitaker? Seguro que no fue el Departamento de Comunicación.

Le echo un vistazo al documento, y, al final de los resultados de los análisis y de las pruebas, localizo la firma de la persona responsable del Departamento de Investigación y Desarrollo.

—Es una tal doctora Elmas Paulsen. Pues sí que podría contactar con ella.

La busco en internet y, cuando veo que es una exalumna de la USC, se me ocurre una idea.

La Whitaker Chemical es un sistema tan complejo e intrincado en sí mismo que necesito hacer al menos diez llamadas para dar con el número del laboratorio de Investigación y Desarrollo con el que necesito contactar —existen varios, diseminados por todo el país, y cada uno se ocupa de una rama distinta—, pero al final lo consigo.

—Buenos días, llamo del Trojan , el periódico de la USC.

Quisiera hablar con la doctora Elmas Paulsen para hacerle una breve entrevista.

Es una de nuestras exalumnas de Biología, y estamos contactando con antiguos estudiantes que hayan tenido una carrera exitosa para que transmitan su experiencia a los alumnos actuales y…

—¿Ha dicho Paulsen? —preguntan al otro extremo de la línea.

—Elmas Paulsen —confirmo.

—Solo me sale un doctor Paulsen en nuestro laboratorio de Investigación y Desarrollo: Gary Paulsen.

—Elmas Paulsen tendría que ser la responsable del departamento.

—Según consta aquí, Elmas Paulsen se jubiló hace siete años.

Realizo un veloz cálculo aproximativo: tendrá unos diez años más que mi madre.

—¿No es demasiado joven para haberse jubilado?

—Yo no soy quien hace las reglas. Al parecer, tuvo la oportunidad de hacerlo y la aprovechó: menuda suerte la suya; yo ni siquiera sé si podré jubilarme.

—Me iría muy bien disponer de su contacto.

—Lo lamento, pero no tenemos sus datos.

—No pasa nada, gracias. —Finalizo la llamada con una sensación de derrota.

—¿Y cómo la encuentro ahora?

—Entrando en la red del sistema de la Seguridad Social —responde desde el sofá la voz de Michelle, con su habitual tono fúnebre.

—¿Llevas aquí todo el rato? —le pregunto, desconcertada.

—No quería interrumpiros a Hayden y a ti. A juzgar por lo que vi en las cámaras de Hawái, vosotros dos no sois de dormir mucho.

—Me dijiste que solo las hackeaste para confirmar que yo estaba allí —la reprendo.

—Mentí.

—Volvamos al tema de la Seguridad Social… ¿Puedes obtener los datos de contacto de Paulsen? Te descontaré otro mes de alquiler.

—No quiero más descuentos.

—¿Pues entonces qué puedo darte a cambio? —le interrogo intrigada.

—Nada. Ahora que sé lo que estás haciendo y para qué necesitas estos contactos, no quiero nada.

—¿De verdad? —le pregunto, sin acabar de creérmelo. No me creo que esté hablando con Michelle, la gorrona por excelencia.

—De verdad. Y ahora déjame trabajar y cállate de una vez.

Michelle se pone a ello y me proporciona los contactos de la doctora Paulsen con una facilidad que da miedo: hay quince Elmas Paulsen en todo Estados Unidos, pero solo una concuerda con la fecha de nacimiento. ¿De verdad los sistemas digitales del Gobierno son tan vulnerables?

Cuando llamo al número que me ha conseguido Michelle, tras unos pocos tonos de espera, me responde una mujer de voz clara y cristalina.

—Buenos días, ¿estoy hablando con la doctora Paulsen? —pregunto.

—Sí, hola. Dígame.

—Llamo del periódico de la USC. Estamos entrevistando a nuestros exalumnos más relevantes, y al ver que usted obtuvo una matrícula de honor en su licenciatura de Biología…

—Yo soy licenciada en Matemáticas por la Universidad de Seattle —me rectifica.

—Ah —digo, sintiéndome una estúpida—. Debo de haberme equivocado de número, disculpe.

Al parecer, ni siquiera Michelle es infalible.

—Pero mi madre sí es licenciada en Biología.

¡Bingo!

—¡Estupendo! ¿Sería tan amable de pasármela, si está en casa?

—No hay problema.

Al cabo de unos segundos, tras un intercambio verbal lejano, el teléfono cambia de mano.

—Emma Paulsen al aparato, ¿en qué puedo ayudarla? —pregunta una voz más apagada.

—Hola, me llamo Sofía Estrada y llamo desde la USC, su antigua universidad.

Soy la directora del Trojan , y quisiera entrevistarla acerca de su carrera, sobre su actividad en la Whitaker Chemical, las investigaciones que llevó a cabo y las tecnologías aplicadas a la medicina que ayudó a desarrollar…

—No.

—Sería de gran interés para los doctorandos —insisto.

—Yo no hablo de esas cosas —concluye y cuelga.

—Michelle —la llamo—, ¿tenemos también una dirección?