Escándalo en Hollywood 75. Hayden
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75. Hayden

Hayden

S ofía guía la mano que tengo libre hasta su pecho, erecto por la inminencia del orgasmo.

Yo también estoy a punto de correrme, cuando en el espejo cruzo la mirada con la de un hombre de pelo castaño con una coleta, una trenza con cuentas, barba larga, unas gafas de sol subidas a la frente y la boca abierta de par en par.

Solo lo había visto en fotos, pero el tío que nos observa fijamente a Sofía y a mí en pleno coito no es otro que Rafael.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, me aparto de Sofía, que se apresura a cubrirse con un faldón del albornoz, cediéndome a mí el minúsculo cuadrado de la toallita para la cara.

—Ra-Rafael —balbucea ella, con el rostro encendido y la respiración aún jadeante.

—¿Ese es el gel que yo te regalé? —pregunta él, observando la botella amarilla que sigue abierta en el lavabo.

—Alguien tenía que usarlo, ¿no? —comento a bote pronto.

—Perdona, ¿tú quién eres y por qué estás en nuestra casa?

—Ah, ¿es que tú vives aquí? —le replico sin pensarlo dos veces—. No me lo ha parecido.

—¿Quién es este tío, cariño? —le pregunta a ella.

— Hayden West —me presento, y le tiendo la mano.

—¿Hayden West? —repite, como si no diera crédito, sin corresponder a mi saludo—. ¿El escritorzuelo de chismorreos al que tanto odiabas?

—El mismo. Y, para que conste, ya no soy tu «cariño» —le responde ella, enfatizando la última palabra, al tiempo que se ciñe enérgicamente los dos faldones del albornoz y se aprieta el cinturón, como si la prenda le sirviera de coraza.

—Es una forma poco habitual de darle a entender que lo odias, ¿no? Espero una explicación.

—¡¿Una expli…, una explicación?! —estalla Sofía—.

Perdiste el derecho a cualquier explicación cuando empezaste a tirarte a Lynette van der Graaf.

Y ni se te ocurra decirme que solo es una compañera de trabajo, porque ya no me lo trago —le espeta, apuntándole con el dedo índice—.

Ya llevo demasiado tiempo tragándome tus gilipolleces.

—Y a ti se te ha ocurrido la genial idea de hacérmelo pagar follándote a otro. Perfecto, ahora estamos empatados. ¿Es así como quieres que se rija nuestra relación? ¿A tiros, con venganzas? Creía que éramos adultos.

—Disculpa, a ver si lo he entendido —intervengo de nuevo—. Entonces ¿en una relación adulta, solo tú puedes ser el infiel?

—¿Quieres hacer el favor de no entrometerte? ¿Y a ti qué te importa?

—Le importa, y mucho —le replica Sofía—. Porque, por desgracia para ti, lo mío no es solo por venganza. Me acuesto con Hayden porque me gusta, porque me siento bien estando con él, porque me escucha, porque me aprecia. Por todo eso que tú hace un montón de tiempo que dejaste de hacer.

—El jardín es de quien lo cuida, Rafael —añado.

—¿Entonces esto se acaba así? ¿No cuenta para nada que haya vuelto a casa antes?

—¿Antes de qué? Llevas meses posponiendo tu regreso. Además, ¿a qué casa vuelves? —le recrimina ella—. ¿A esta, cuyo alquiler pago yo?

—Bueno, he estado fuera mucho tiempo…

—¿A esta casa, cuyo patio tenías que reformar y sigue abandonado? También tenías que arreglar la verja, que sigue caída, y colgar los cuadros, que aún están en el suelo.

—Todo eso podías haberlo hecho tú, ¿no? —le replica—. ¿Eres una mujer independiente y feminista, pero para los trabajos de casa me necesitas a mí?

—No, yo quería hacer todo esto «contigo».

Colgar los cuadros contigo, montar el cenador contigo, pintar la valla contigo…

—enumera de corrido. Ahora ya no me interesa hacer nada de todo eso contigo.

Y, puesto que nunca te molestaste en sacar tus cosas de las cajas, eres libre de llevártelas tal como llegaron. Envíaselas a Lynette.

—No creo que tenga adónde llevarlas —intervengo una vez más—. ¿Este regreso anticipado no tendrá que ver con que el ex de Lynette, Troy Forsyth, se haya presentado en vuestro campamento base y ambos se hayan reconciliado?

—¿Qué demonio sabrás tú de Troy y Lynette?

Al nombrarle a esos dos, a Rafael le sale espuma por la boca. He dado en el clavo.

—Yo siempre lo sé todo. Y, justo esta mañana, Troy ha publicado en sus redes sociales una foto de un amanecer contemplado desde un bungalow sobre un árbol, con Lynette de espaldas y el siguiente pie de foto: «El para siempre empieza aquí».

Tú también lo sabrías si estuvieras suscrito al boletín de Wild Wild West .

—No me interesa tu basura.

—Subo el envite y apuesto a que Troy le ha pedido que se case con él. Lynette te ha utilizado para ponerlo celoso, el plan ha funcionado y ella te ha dado una patada en el culo. ¿Me equivoco, Rafael?

—Si ella no te ha querido, ¿qué te hace pensar que yo vaya a volver contigo? —le pregunta Sofía, contrariada—. A mí tampoco me interesa la basura.

—¿Prefieres dar crédito a las gilipolleces que te cuenta este tío para poder follarte que a mí, después de dos años de relación?

—Sí —afirma ella sin titubear.

—Si hemos de tener esta conversación, prefiero que solo estemos tú y yo, sin un molesto tercero haciendo de espectador —le replica Rafael.

—Me parece justo —le doy la razón. Tomo el rostro de Sofía entre mis manos, la toallita con la que me cubría vuela hasta el suelo y nos damos un beso largo y profundo—. Pasaré más tarde por tu casa; llámame si surge algún problema.

—Hasta luego, Hayden.

—Ah, Rafael —le digo mientras salgo del baño—: De todas las cosas que has dicho, te has equivocado en una: yo no follo con Sofía, yo, a Sofía, le hago el amor.