Escándalo en Hollywood 74. Sofía
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74. Sofía

Sofía

—T engo que volver a casa, los niños estarán aterrorizados —dice Cindy.

—Ya has hecho más de lo que debías —la tranquilizo.

—Nosotros te acompañamos, nuestros gemelos también habrán pasado miedo —se ofrece Casey—. Ahora será imposible encontrar un taxi.

—Volved todos a casa, y esperemos que las vuestras estén en mejores condiciones que esta —digo—. Es tarde, habéis sido de gran ayuda, pero ya hemos abusado bastante de vuestra generosidad.

Me despido y les doy las gracias a todos, mientras la abuela, desconsolada, limpia y recoge los añicos de sus amados platos que ahora ya no son más que un montón de fragmentos, sorbiéndose la nariz y murmurando «Grancito» entre dientes.

—¿Entonces es verdad lo que me ha dicho Cindy? —me susurra Kim en el umbral cuando está a punto de salir.

—¿Qué te ha dicho?

—Que entre Hayden y tú… —me guiña un ojo— hay algo tierno. Aunque, pensándolo mejor, espero que también haya algo «duro».

—¡Kim! —la regaño.

—No puedes irte a la cama con Míster 911 y guardarte los detalles para ti sola. ¡El mundo tiene derecho a saberlo! ¿El apodo está puesto con fundamento?

—Vete ya —la conmino, empujándola fuera de la casa.

—Me lo tomaré como un sí.

—Gracias por la ayuda —concluyo la conversación, cerrándole la puerta en las narices, agotada.

Hayden me pasa un café, servido en un medidor de harina de plástico.

—Es el único superviviente. ¿Estás lista para trasnochar?

—Ashley y tú, marchaos a casa. Yo tendré que seguir toda la noche.

Hayden me rodea la cintura.

—Cuando se trata de aguantar toda una noche, no me echo atrás.

—Preferiría del otro modo —le respondo suspirando, y me apoyo en su pecho, rendida de cansancio.

Antes, cuando me abrazó durante el terremoto, la naturalidad con que me estrechó contra sí y me protegió, me hizo trizas el corazón. Fue el abrazo de alguien que se interesa por mí, alguien a quien mi vida le importa. El abrazo de alguien con quien puedo permitirme ser vulnerable.

Hayden me besa en la punta de la nariz.

—También tendremos tiempo para lo otro.

Mi madre consuela a Ashley con galletas de dulce de leche, mientras Hayden, Michelle y yo marcamos nombres y fichas sin parar, y sin fijarnos en las manecillas del reloj. Apenas prestamos atención a la luz diurna que ilumina el salón, haciendo innecesario encender la araña del techo.

A las cinco y cuarto, una vez catalogado el último cuestionario que quedaba, Hayden y yo nos miramos sin acabar de creérnoslo.

—¿Hemos terminado?

—Hemos terminado —me confirma él.

—Ya podemos enviárselo todo al doctor Folger.

Estiro los brazos hacia el techo y todo el cuerpo me cruje como una silla rota.

—Deberíais dormir unas horas —nos sugiere mi madre, tumbada en el sofá con Ashley, que dormita tras una maratón de dibujos animados.

—Creo que ya va siendo hora de que Ashley y yo os dejemos tranquilas —comenta Hayden poniéndose en pie.

—La verdadera molestia es tener que despertarla ahora. Está durmiendo tan a gusto… —Mi madre le aparta un mechón lila de la frente—. Después le haré un bonito peinado para la fiesta. La abuela ya ha preparado la pasta para las chorreadas del desayuno, por lo que no hace falta que te la lleves.

Hayden y yo nos miramos, exhaustos.

—¿Una cabezadita? —le propongo.

Él apenas puede contener los bostezos.

—Creo que en cuanto toque la cama, caeré en coma.

—Michelle —la llamo, retirándole los auriculares de las orejas—, ya hemos terminado.

—Tengo que darle los últimos retoques a la plataforma.

He creado un panel que conecta a cada paciente con sus correspondientes fichas, que a su vez pueden agruparse en función de los síntomas, número de hijos, visitas e ingresos, para poder generar estadísticas en tiempo real de cualquier dato que se busque.

—¿No estás cansada? —le pregunta Hayden.

—Trabajar no me cansa. La gente, sí. —Vuelve a ponerse los cascos, que bombean sin piedad death metal directamente en sus tímpanos.

Nos arrastramos dos manzanas hasta mi casa, vacía por primera vez desde hace no sé cuánto tiempo.

—Así que vives aquí —constata Hayden mirando a su alrededor.

—No es un ático en The Palm.

La casa, de una sola planta, consta de un pequeño vestíbulo que da a una cocina-salón-comedor-estudio, un pasillo microscópico que conduce a los dos dormitorios, y entre ambos se encuentra el baño. Es limpia, esencial, pero de elegante no tiene nada.

—Ruth Bader Ginsburg —dice él, señalando uno de los imanes de la nevera—. Rosa Parks, Simone de Beauvoir, Gloria Steinem…

—Katharine Graham —me sumo, señalando un póster enmarcado que lleva mucho tiempo esperando a que lo cuelguen.

—Sería capaz de adivinar que vives aquí sin necesidad de leer el nombre en el buzón.

—Rafael y yo pensábamos amueblarlo cuando decidimos vivir juntos, pero al final él siempre estaba de viaje, y sus cosas aún siguen empaquetadas en el trastero.

—Lo invito a seguirme al dormitorio—. Puedo ofrecerte una cama confortable y una almohada.

El aire acondicionado no funciona, pero tengo un ventilador.

—Recuerdo perfectamente esta cama —me dice guiñándome un ojo, ya sin camisa—. También te recuerdo a ti, tumbada boca abajo, con el pelo cayéndote en cascada por la espalda, y tu precioso trasero en penumbra. Las sábanas tenían rayas verdes.

—Qué capacidad de observación.

—Esa imagen quedó grabada a fuego en mi memoria —me confiesa, mientras se acuesta a mi lado y me abraza mientras hacemos la cucharita.

—¿No tienes calor así? —le pregunto.

—No —me susurra al oído.

El cansancio se apodera de nosotros, acunados por el zum-zum del ventilador del techo.

Nos despertamos dos horas más tarde, con el sol entrando a raudales por la ventana, empapados en sudor.

—No tengo una cascada tropical como en West Crown Diamond, pero en la ducha hay un gel de coco y mango —le propongo a Hayden—. Comestible.

—Nunca había deseado tanto darme una ducha.

Michelle aún no ha regresado, así que nos tomamos todo el tiempo del mundo, apretujados en la mampara de la ducha, que no está pensada para dos personas, pero, cuanto más apretujados estamos, más excusas encontramos para tocarnos, por azar o por deseo.

Hayden me lava el pelo, esparciendo el acondicionador por toda su longitud, y a continuación lo divide en mechones.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunto.

—Una trenza —responde, acariciándome la espalda con los dedos—. Es mi especialidad.

Yo lo incito, él me incita, nuestras manos se buscan, se persiguen por todos los rincones de nuestros cuerpos, y lavarse se convierte en un pretexto que pasa a un segundo plano.

Tenemos ganas de celebrar, de descargar toda la adrenalina durante el trabajo de esta noche y, si hay algo en lo que Hayden y yo somos buenos, es en esta clase de celebraciones.

Me levanta contra la pared y lo rodeo con las piernas, lista para recibirlo, pero al final se impone el sentido de la responsabilidad.

—El preservativo —nos acordamos los dos a la vez.

—Tendría que haber algunos en el armarito del espejo, pero puede que estén caducados, porque los compré por Fin de Año, y desde entonces no los he necesitado.

Hayden coge la caja y comprueba la fecha de fabricación.

—Caducan a los tres años. No es cuestión de desperdiciarlos.

—Es un pack de doce —le advierto.

—¿Me estás desafiando?

Me saca de la ducha con el brazo aún medio enjabonado y me sienta en la repisa del mueble del lavabo.

—Ya deberías saber que yo doy lo mejor de mí cuando estoy bajo presión.

—Lo sé, por eso lo hago.

Hayden introduce la mano en la mampara, coge el gel de coco y mango, me lo vierte por encima y el chorro empieza a descender por el cuello, entre los pechos, el vientre y finalmente en la entrepierna. Me abre los muslos y se arrodilla ante mí.

—Es la hora del desayuno.

Me abandono a sus caricias, con las piernas apoyadas en sus hombros, arqueando la pelvis cada vez que me lame. Él sabe reconocer cuándo se acerca el orgasmo, y justo en ese momento Hayden se detiene, se pone en pie, me gira y me toma con una embestida imparable.

Me sujeta la larga trenza con el puño, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás, mientras me devora el cuello con sus besos.

Acometida tras acometida, recupero el hilo del orgasmo que había quedado en suspenso…

— ¡¿SOFÍA?! —exclama una voz masculina exasperada—, ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO ? ¿QUÉ COÑO ES ESTO?

Abro los ojos y, reflejado en el espejo, además del rostro de Hayden y el mío, hay un tercer rostro: en la puerta del baño, con el petate al hombro.

Rafael nos mira atónito.