Escándalo en Hollywood 73. Hayden
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73. Hayden

Hayden

S on casi las once de la noche, y cada cual está concentrado en sus tareas, mientras Ashley juega a los desfiles de moda con los viejos disfraces de Halloween de Sofía, cuando me llega un correo electrónico de Nate.

Puede que no estés en posición de pedirle favores a Scott, pero tú y yo tenemos un vínculo de sangre.

He pedido que me envíen el expediente que habías solicitado. Espero que encuentres lo que necesitas.

N

—Sofía —la llamo mientras ella está confrontando una ficha con Cindy—. Tenemos el expediente del Nomyra que obra en poder de la FDA.

—¿De verdad?

—Creo que es la forma que tiene Nate de disculparse. Te lo reenvío, y también se lo envío al doctor Folger.

—Me gustaría echarle un vistazo ahora, pero empiezo a ver borroso.

En este momento, las únicas informaciones que soy capaz de procesar son hospitalizaciones y terapias contra el dolor.

¿Sabías que Cindy ha encontrado al menos a doce portadoras que fueron operadas por una presunta apendicitis y sufrían un embarazo extrauterino?

—me explica totalmente concentrada, con los ojos enrojecidos por el esfuerzo.

—Aquí hay otra más —exclama Cindy agitando un cuestionario.

—Páralo todo —dice Casey, que está marcando los cuestionarios provenientes de los contactos que ha hackeado Michelle—. Aquí aparece Lauryna Rupert: «Cuestionario sin cumplimentar».

—¿Quién es Lauryna Rupert?

—Su apellido de soltera es Lee —le explico—. Lauren Rupert es más conocida como Ló Lee.

—¿Ló Lee, la actriz? —me pregunta Sofía, y a continuación se dirige a Casey—: ¿Tu amiga-enemiga?

—La misma —le confirma Casey a Sofía—. Ló Lee es su nombre artístico.

—El spin-off de The Elite sobre su personaje tenía que haber empezado a filmarse hace meses, pero siguen posponiendo el rodaje —comento—. A mí siempre me han dicho que era por caprichos de las exigencias económicas de Ló.

—Ló ya gana muchísimo dinero, no pondría pegas a un show íntegramente basado en ella, y que la cadena ha hecho cuanto ha podido para que se emita —constata Casey—. Creo que está mal por culpa del Nomyra. Y quizá este sea el momento adecuado para poner fin a una enemistad que ya dura diez años.

—¿Podrías hablar con ella? —le pregunta Sofía, refiriendo en voz alta lo que yo también pienso.

—Me gustaría hacerlo —se aviene Casey.

—Nos sería de gran ayuda contar con dos testimonios de vuestro calibre.

—Mañana por la mañana iré a verla.

—Gra… cias.

El rostro de Sofía se contrae en un bostezo ininterrumpido.

—¿Café? —le propongo.

—Un litro, por favor.

Nos apoyamos en la encimera de la cocina, a la espera de que la cafetera se caliente. Sofía se ha recogido el pelo en lo alto de la cabeza con un lápiz.

—No acabaremos nunca. Ni siquiera vamos por la mitad.

—Ya vamos «casi» por la mitad —le digo para animarla y ahuyentar su pesimismo.

—¿Y si todo esto no sirve para nada?

—Haremos que sirva. ¿A qué viene esta repentina pérdida de confianza?

—He infravalorado la magnitud de la investigación. Me he dado cuenta de que a mí esto me viene demasiado grande.

—A nosotros —la corrijo, recogiéndole un mechón de pelo tras la oreja—.

No «a mí», a nosotros. Y, si vuelves a subestimarte una sola vez más, me veré obligado a abrirte los ojos.

¡Mira! —le digo, señalando el cuadrado de sillones que forman el de Casey, Mark, Patrick, Michelle, Cindy, Kim y el club del cupón, revisando páginas, tecleando y subrayando sin desfallecer—.

Todos ellos creen en la investigación. Sin ti, no estarían aquí.

—¿Este es el célebre discurso motivador que se le suelta al desventurado caballero antes de que se enfrente a los dragones? —me pregunta, con la vista fija en el café que gotea dentro de la taza.

La obligo a mirarme posando un solo dedo en su barbilla.

—Yo tampoco estaría aquí, y no sabría decirte cuándo fue la última vez que me sentí tan vivo, desde que me dedico a esto.

—Hayden…

Hay algo que quiero decirle desde nuestra primera noche juntos, en su destartalado Cady, pero un ruido sordo, seguido de una vibración que asciende del suelo, me bloquea.

—Pero ¿qué…?

La vibración se transforma en una sacudida violenta que nos hace saltar y tambalearnos; a nuestro alrededor caen libros, que se rompen al precipitarse hacia el suelo. Tazas, vasos, cuadros…

—¡Un terremoto! —grita alguien.

Reacciono automáticamente y busco a Ashley, que sigue trotando con su disfraz de exploradora. La cojo con la mano derecha, y a Sofía con el brazo izquierdo, para meterlas a ambas debajo de la mesa, y me pongo encima de ellas, cubriéndolas con el pecho.

—¿Qué está pasando, papá? ¿Por qué tiembla todo? —me pregunta Ashley, llorando asustada.

—Hay una gran oruga bajo tierra que de vez en cuando se despierta y lo sacude todo.

—Dentro de poco volverá a dormirse —le dice Sofía.

—¿Es mala la oruga?

—Solo refunfuña cuando le duele la barriga, pero por suerte no le pasa a menudo —añado yo.

Ya sé que no hay que mentirles a los niños, pero ahora no es momento de improvisar una lección de geología.

Cuando cesan los temblores, miramos a nuestro alrededor. La estructura de la casa está intacta, salvo por alguna grieta en el revestimiento, pero los objetos de decoración y otros enseres yacen desparramados y hechos añicos por todas partes.

Me fijo en un fragmento de cerámica que ha caído bajo la mesa. Sofía lo aferra entre sus dedos con tristeza.

—Los platos del abuelo.