72. Sofía
Sofía
E n cuanto regresamos a Los Ángeles, después de haber comprado cuatro cosillas en una tienda de recuerdos del duty free , vamos directamente a casa de Hayden, pero allí nos espera una sorpresa.
Al menos para mí, cuando observo que él se da una palmada en la frente y pone cara de frustración, como si se hubiera olvidado de algo importante.
—¿Se puede saber dónde te habías metido? ¡Esta tarde te tocaba tener a Ashley! —brama en nuestra dirección una aguda voz femenina, desde el centro del vestíbulo de The Palm.
Ashley está ocupada sumergiendo a un miniponi rosa en la fuente, mientras una mujer rubia, recién salida de la peluquería, maquillada impecablemente, luciendo un vestido de tubo color marfil con botones dorados, que llevan grabada la doble «C», y un bolso Kelly Mini de Hermès colgado de la muñeca, se encara a Hayden dando una zancada propia de una valquiria con tacones de aguja.
Lleva el pelo más corto y ya no viste el uniforme de animadora, pero sin duda es Madison.
—Lo sé, tienes razón. Ha sido mi culpa —se disculpa Hayden alzando las manos—. Pero ya me ocupo yo. ¿Cuánto me he retrasado…? ¿Media hora? Una hora como mucho.
—Yo también tengo una vida, ¿sabes? —le replica cruzando los brazos, tras lo cual me mira detenidamente de arriba abajo.
Yo, calzada con sandalias, le llego por debajo de la nariz.
—No me digas —comenta con fastidio—. Sofía Cortez… Así que no bromeabas.
—¿Cómo te va, Madison? —la saludo, ignorando el tono hostil de su voz.
—Camisa de flores, camiseta con la palabra «Aloha» estampada, narices coloradas —constata a medida que estudia nuestra indumentaria—. Ya veo por qué has llegado tarde, estabas pasando de todo en Hawái.
—Lo que estuviera haciendo y dónde lo estuviera haciendo no es cosa tuya, Madison —zanja Hayden.
—Ashley —Madison llama a su hija alzando la voz—, tu padre ya ha llegado.
La niña alza la vista en dirección a Hayden, corre a su encuentro con el miniponi goteando y lo abraza gritando:
—¡Papááá!
—¿Has visto cómo al final he llegado? —Hayden se agacha para ponerle a Ashley en el cuello una corona de flores de hibisco falsa, que ha comprado en el aeropuerto—. Dile adiós a mamá, y así ya podrá marcharse.
Ashley hace el ademán de abrazarla, pero ella se aparta.
—No, que me mojarás el traje —objeta, y se limita a darle un beso.
—La fiesta de mañana por la tarde es a las tres. Cuando la lleves, coge también su mochila con la ropa de recambio, y después pasaré yo a recogerla.
—Sí, Madison, ya lo hemos hecho otras veces. No necesito que me des instrucciones.
Antes de marcharse, pasa por mi lado y me lanza una última mirada glacial.
—No vayas a creerte que eres especial. Se lleva a West Crown Diamond a todas las que se folla —masculla entre dientes.
—Pues ahora que lo dices, me está follando a mí —le susurro en un arranque de orgullo.
Madison me responde con una sonrisa cortante:
—Ya veremos durante cuánto tiempo.
Finalmente, se marcha, al compás del ruido que hacen sus tacones de aguja en contacto con el mármol de la entrada.
—Su comportamiento no tiene excusa —me dice Hayden, mientras Ashley se dedica una vez más a hacer cabalgar su poni por las jardineras—. Y, en cuanto a lo que ha dicho de West Crown Diamond, es falso.
—Resulta difícil no darle importancia a lo que diga la madre de tu hija, si he de serte sincera.
—No tolera que haya otra en su lugar. O, cuando menos, en el que ella cree que debería ser su lugar —comenta él.
—Mentiría si te dijese que su opinión no me importa, pero confío en ti más que en nadie —le confieso, aunque por dentro me esfuerzo en reprimir esa necesidad instintiva que siento de hacer comparaciones—.
En cualquier caso, hoy debes estar con Ashley.
Yo me pondré manos a la obra de inmediato: catalogar todos los cuestionarios y a todas las pacientes llevará mucho trabajo, pero, cuanto antes me ponga con ello, antes podremos dar el siguiente paso.
—Preferiría que lo hiciéramos juntos —objeta él.
—¡Papá, papá! —lo llama Ashley mientras se acerca saltando—. ¿Lo has comprado?
Hayden parece desconcertado.
—Comprar, ¿qué?
—¡El vestido de hada de los unicornios! —responde ella como si fuera lo más obvio del mundo—. Me dijiste que lo encargarías.
Una sombra de pesar se adueña del rostro de Hayden, que susurra «Mierda» entre dientes.
—Lo has encargado, ¿verdad? —insiste Ashley, haciendo aletear sus largas pestañas de muñeca.
Ahora, el rostro de Hayden es de pánico, pues se siente dividido entre causarle una tremenda desilusión a su hija o confesarle una verdad irrefutable: que nunca llegó a comprar el vestido.
—Papá pensó que te merecías un disfraz muy especial —tomo la palabra agachándome para ponerme a la altura de la niña—. Un disfraz que no puede comprar cualquiera, porque es solo para ti. Es único.
A Ashley se le transfigura la cara en una mezcla de adoración y asombro.
—¡¿Solo para mí?! ¿Hecho expresamente para mí?
—Como tú quieras que sea, hasta el último detalle.
La niña salta como un resorte, rebosante de entusiasmo.
—¡Quiero verlo! ¿Subimos?
—No está aquí en casa —le explico—. Está en la casa de una señora muy especial.
Ashley corre hacia la salida, llevándose por delante a un mensajero y a dos transeúntes.
—¡¿A qué estamos esperando?!
—Supongo que tendrás un plan —me dice Hayden.
—Claro que lo tengo: mi abuela.
—¿Cómo lo quieres? —le pregunta mi abuela a Ashley, que está de pie encima de una silla de nuestra cocina, mientras le toma las medidas.
—Plateado, pero con una falda abullonada, que no quede caída; y con varias capas de tul de los colores del arcoíris. Con las mangas abullonadas, y alas, y un lazo justo aquí —dice señalándose el centro del pecho—. Y uno más grande detrás.
—Gracias, Blanca. Le pagaré por las molestias. Y por los materiales —se apresura a especificar Hayden.
Llevamos aquí un cuarto de hora y la abuela ya ha transformado la cocina en la sastrería de los estudios. Ha dispuesto su kit de costura sobre la mesa: la Singer automática, los patrones y unos rollos de telas maravillosas de todas las clases.
—Mi arte no se paga con dinero —le responde orgullosa mi abuela.
—Eh, Ashley, ¿qué te parece si te pongo el pelo de color lila?
—¡Sí! —exclama exultante la niña—. ¡Qué bien que hayas encontrado a las señoras mágicas, papá!
—¿Qué he hecho yo para merecerte, Sofía? —me susurra Hayden.
—En realidad, todo ha sido una estratagema para atraerte aquí y que hagas el trabajo duro —le digo, dejando caer al suelo una caja que he ido a buscar a mi casa.
—¿Qué hay en el interior?
—Le he pedido a Michelle que me haga el favor de imprimir todos los cuestionarios.
Ahora tenemos que subdividirlos, tal como nos indicó el doctor Folger, por grupos de síntomas, y crear una escala que vaya de los más comunes a los más raros.
Establecer las franjas de edad, llamar a las mujeres para conocer su disponibilidad a ser visitadas de forma gratuita…
—Parece un trabajo interminable —señala él.
—Lo es, y debemos dedicarle hasta el último segundo de nuestro tiempo.
—Yo sé de alguien que podría ayudaros —apunta la abuela mientras cubre a Ashley con un velo de tul.
—¿Quién? —preguntamos Hayden y yo al unísono.
Media hora más tarde, en el salón de casa ya están Juana y Paloma del club del cupón, las máximas expertas en catalogación y clasificación, que ordenan los cuestionarios; Michelle ha creado una base de datos con todos los inputs , y ha importado también mis patéticas hojas de Excel; Patrick —que ya ha ascendido a la categoría de nuevo compañero fijo de mi madre— está organizando los horarios de las citas para las visitas con el doctor Folger y sus ayudantes; y Hayden y yo estamos revisando las respuestas de cada cuestionario.
Al cabo de media hora, me escribe Cindy, que ya le han dado de alta del hospital, e insiste en venir a echar una mano, y, aunque yo le he repetido una y otra vez que necesita reposo, se presenta aquí igualmente.
—Te dije que te quedaras en casa —la reprendo en cuanto la tengo delante—. Aquí tenemos para toda la noche, y tú no debes fatigarte.
Pero Cindy me ignora.
—Dame algo que hacer, aunque sea llevar las tazas de café. Tenemos que poner fin a los implantes de Nomyra.
Se arrodilla en el suelo, delante de una mesa cuadrada alrededor de la cual se han instalado todos.
—He llamado a Kim, ella también está de camino.
—¡¿Kim?! —exclamo consternada—. No necesitamos un elemento perturbador.
—Nosotros ya estamos lo bastante perturbados —añade Hayden, que sostiene el tapón de un marcador entre los labios.
—Le he contado lo de tu investigación y todo lo que ha pasado. Estará en el equipo —me explica Cindy.
El timbre suena de nuevo mientras busco una excusa para mandar a Kim de vuelta a su casa, pero cuando abro la puerta me encuentro a Casey y a Mark, su marido, en el umbral.
—Hayden nos ha dicho que había trabajo por hacer —dice a modo de presentación y entra, seguida por su pareja.
—¿Alguien quiere pizza? —pregunta Mark, levantando por los aires una pila de cartones humeantes.
A mi espalda escucho un gimoteo de histeria grupal.
—¡¿Casey Jameson?!
Mi madre está hiperventilando, y a Cindy es como si se le hubiera aparecido la Virgen María en persona; Paloma y Juana se limpian las gafas y Patrick se rasca la frente, perplejo.
—¿Quién es Casey Jameson?
—No es más que una actriz que ha ganado dos premios Oscar, Pat —le explica mi madre—. ¡En nuestra casa! Sal del sillón, deja que se siente.
Y, con el pincel del tinte para el pelo de color lila en una mano y el bol con el color en la otra, se postra y le hace una reverencia.
—Es un honor recibirla aquí, en nuestra humilde morada; espero que, aunque modesta, le resulte acogedora, lady Jameson.
—Llámame simplemente Casey —le responde ella—. Soy yo quien os agradece que os hayáis sumado a esta causa.
Estoy a punto de cerrar la puerta, cuando una mano la bloquea desde fuera.
Kim entra con determinación, sin alzar la vista del móvil.
—Según mis cálculos, si solo en Los Ángeles hay dos mil ochocientas mujeres que llevan el Nomyra, en toda California habrá alrededor de veintiséis mil. Me parece obvio que es imposible fichar manualmente a cada paciente.
—Estoy de acuerdo —coincide Michelle desde detrás de su monitor.
—Es preciso crear una red —anuncia Kim con su característico tono agresivo—; una red que ponga en contacto a las mujeres con un equipo de médicos dispuestos a visitarlas; expertos en ciencias biomédicas que estudien la correlación entre los dispositivos y los efectos secundarios detectados; abogados y asistentes legales que tramiten las solicitudes de indemnización caso por caso.
Pero, antes que nada, hay que activar una fuente de financiación mediante crowdfunding , porque todo este tinglado no se sostendrá por sí solo.
También se necesita una estrategia de comunicación para poner a la opinión pública de nuestro lado.
Estamos hablando solo de California, pero estoy segura de que otros muchos estados nos seguirán.
Somos los líderes, y por eso debemos estar organizados.
—Kim —la interrumpo, no sé si admirada o asustada. No me imaginaba que pudiera implicarse hasta tal punto—. ¿No estás pensando demasiado a lo grande?
Ella examina la sala con su habitual cara de «¡¿Cómo es posible que nadie me entienda?!» y suspira.
—Pero bueno… ¿Es que no habéis visto Erin Brockovich ?