Escándalo en Hollywood 71. Hayden
76%

71. Hayden

Hayden

N ingún rincón de West Crown Diamond está intacto o permanece inmune a nuestra presencia, y estoy maravillado de mí mismo y de llevar un ritmo de vida del que no disfrutaba al menos desde hacía seis años.

Ahora estamos tumbados en una hamaca, bajo la palapa, en la playa. Sofía sigue jadeando encima de mí, yo sigo duro dentro de ella. En teoría, tenía que enseñarle a surfear, pero en la práctica ni siquiera hemos empezado.

—¿Seguro que no tienes vecinos? —me pregunta Sofía, azorada.

—A decir verdad, ahí abajo tiene su casa Oprah Winfrey, y al otro lado de la bahía están los Obama.

Ella se pone rígida, levanta la cabeza y me mira aterrorizada.

—¡¿Los Obama?!

—Pero no están casi nunca —le digo para tranquilizarla.

—Tu familia mandaría una unidad de asalto si supiera que estoy aquí contigo —comenta Sofía.

—¡Que envíen a quien quieran! Cuando murió mi abuelo, una parte de la propiedad pasó a ser de mi propiedad. Puedo traer a quien me dé la gana.

Mi móvil vibra; acaba de entrar un mensaje. Es Nate.

«¿Podrías darme una razón plausible que explique por qué mi jet está geolocalizado en Hawái?».

«Secuestro», me limito a responderle.

—¿Cómo es posible que vivas en el purgatorio de Los Ángeles pudiendo vivir aquí, en este paraíso? —me pregunta Sofía, con su aliento acariciándome la piel.

—Porque el paraíso no parecería tan hermoso sin haber atravesado antes el purgatorio.

—¿También eres filósofo?

—Míranos ahora: ¿crees que estaríamos así si no nos hubiéramos pasado años en guerra?

—Sobre todo por mi culpa.

—No pienso permitir que te atribuyas todo el mérito; yo también me he portado como un idiota, pero me está encantando recuperar el tiempo perdido.

—¿No te parece que somos patéticos? Somos un par de adultos autosuficientes y responsables, pero nos comportamos como dos adolescentes a merced de un frenesí hormonal. Eso sí, dos adolescentes con una villa en la playa y un jet privado a su disposición.

—Estaba pensando que dentro de una semana empiezo la gira promocional por Europa. Corey está convaleciente y no podrá venir conmigo, pero podrías acompañarme tú.

—¿Yo?

—De entrada, disfrutaríamos de dos fantásticos vuelos privados transoceánicos para seguir comportándonos como adolescentes frenéticos, y de suites de cinco estrellas reservadas en las ciudades más bellas de Europa: Londres, París, Roma, Madrid… —le propongo.

—¿Y el trabajo? ¿La investigación?

—Solo serán diez días, no afectará a la investigación —le aseguro, acariciándole el pelo.

—Lo pensaré. —De pronto, Sofía me sujeta la muñeca derecha—. ¿Aún llevas enrollado mi tanga?

—Y ahí seguirá durante mucho tiempo —afirmo con orgullo—. ¿Te acuerdas de aquella noche que te emborrachaste, te llevé al Marmont e improvisaste para mí aquel concurso de alto nivel intelectual titulado «Adivina de qué color son las bragas que llevo puestas»?

—Dios mío, qué vergüenza —murmura apoyando la cabeza en mi pecho.

—Entonces también recordarás que acerté en el último intento.

—Posees un talento innegable.

—Y, como no hablamos de qué premio estaba en juego, he decidido que me quedaré con esto en prenda hasta que lo cobre.

—¿A ti, qué premio te gustaría? —me pregunta.

—Te concedo el privilegio de que lo decidas tú. Tienes carta blanca.

—Ahí te la estás jugando.

—Me gusta que me sorprendan.

—Pues entonces pensaré en algo.

Dormir es una actividad marginal, así que solo nos abandonamos al sueño cuando estamos realmente agotados, y casi siempre lo hacemos abrazados. Sofía en la cavidad de mi hombro, y yo apoyado en su pecho, haciendo la cucharita… Con una sola cama individual habría de sobra.

Ayer nos pasamos la noche en el jacuzzi del patio, frente al fuego que crepitaba en el brasero, para más tarde calentarnos a nuestra manera en el gran colchón circular donde Nate suele tumbarse para trabajar.

Cuando Sofía se quedó dormida, la llevé a la cama de la habitación de mis padres, que da al jardín interior, y debo decir que el murmullo de la fuente a mí también me precipitó enseguida en el mundo de los sueños. Deberíamos volver más a menudo a West Crown Diamond.

El sopor de la duermevela me provoca una sensación extática: siento unos ligeros escalofríos recorriendo mi cuerpo y un hormigueo que parte de la cabeza, se extiende por los brazos y las piernas y acaba concentrándose en mi bajo vientre.

La sangre también circula más rápida y caliente por mi entrepierna, que palpita.

¡Dios! Sofía y yo lo hemos hecho tantas veces que ya no recuerdo cuándo fue la última vez que mis manos no estaban en contacto con su cuerpo.

Sigo sintiéndola encima de mí, como si estuviera dentro de ella en este momento, mientras duermo.

— Mmm…

Un dulce gemido entra de puntillas en mi sueño, señal de que mi imaginación aún no se ha colmado.

Puedo imaginarme sus caricias y la suavidad de su boca como si fueran reales. E, incluso estando medio inconsciente, muevo instintivamente la pelvis, como si estuviera a punto de poseerla de nuevo, y escucho una vez más su placentero gemido.

Bajo la mano para refrenar la erección que está apoderándose de mi despertar, y entonces mi palma se posa sobre la redondez de una cabeza.

Abro los ojos de par en par, me apoyo en un codo, aparto la sábana y veo a Sofía con mi pene erecto entre los labios, mirándome. Lo envuelve con la lengua y me dedica una sonrisa traviesa.

—Buenos días, Hayden.

—Estoy muerto —exclamo, dejándome caer sobre la almohada.

A su boca suma la mano, que acentúa todos sus movimientos.

—A mí no me lo parece.

—¿Qué estás haciendo? —balbuceo, al borde del orgasmo.

—No creía que tuviera que explicártelo, pero…

Mi erección desaparece entre sus labios, para reaparecer más hinchada y encarnada.

—Puesto que ayer me sorprendiste despertándome en Hawái, he pensado que yo también podría despertarte con una sorpresa. Pero, si no quieres, paro…

—Solo quieres torturarme.

—Me diste carta blanca para que eligiera tu premio, ¿no?

El modo en que me masajea el sexo con la lengua me provoca un cortocircuito en el cerebro, y apenas atino a responder.

—Sí, no… Sigue —le imploro.

Sofía me acaricia, me lame, me chupa con voracidad, y por el modo en que me mira sé que estoy total y absolutamente en su poder, pero me siento muy feliz de que sea así.

Cuando me corro, la experiencia es cercana a la muerte: durante dos segundos veo el más allá, y a continuación regreso entre los vivos, con la vista nublada y los oídos tapados. Incluso me parece escuchar campanas.

—Hayden, ¿eso que suena no es un teléfono? —me pregunta Sofía, desconcertada.

Hago un esfuerzo para entender de qué me habla. No soy yo quien oye campanas; en efecto, el sonido que resuena por la casa es el de un teléfono.

—Tenemos una línea fija, pero nunca la usa nadie.

En otras circunstancias, me limitaría a ignorarlo, pero me resulta tan extraño que me obligo a levantarme. Voy hasta la mesita del vestíbulo y respondo en el inalámbrico cuyo piloto parpadea indicando una llamada entrante.

—¿Quién es? —pregunto con cautela.

— Michelle Hannigham.

—¿Quién?

No conozco a ninguna Michelle Hannigham.

—¿Perdona?

—¿Estás sordo? Pásame a Sofía —repite la voz, impaciente.

Vuelvo a la habitación, y Sofía aún está en la cama.

—Preguntan por ti.

—¡¿Por mí?!

—Michelle Hannigham.

Ella se sienta de golpe, alarmada.

—Es mi compañera de piso.

Coge el teléfono y pulsa el «manos libres».

—Michelle.

—He enviado múltiples solicitudes de conexión, pero el terminal estaba inactivo.

—¿Eh? —preguntamos Sofía y yo al mismo tiempo.

—He intentado llamarte veinte veces, pero tienes el móvil apagado.

—Lo puse en «modo avión» para estar tranquila y… ¿Cómo has dado conmigo?

—Desde tu ordenador, donde tienes registrado tu móvil, he rastreado tus coordenadas geográficas; he localizado el lugar exacto en el mapa y he entrado en el sistema de seguridad de la villa.

Entre los datos del cableado está el número de la línea fija.

¿También quieres saber lo que he visto en las cámaras?

—¿Q-qué cámaras? —balbucea Sofía.

—Las que dan al patio —responde Michelle.

—Hayden, ¿hay cámaras grabando aquí? —me pregunta angustiada.

—Las del sistema de vigilancia, pero lo desactivé en cuanto entramos —le aseguro.

—Tranquilos, volví a conectarlas solo para verificar la presencia efectiva de Sofía —masculla Michelle por el auricular—. Ah, felicidades, no sabía que fueras tan flexible.

Sofía parpadea, muerta de vergüenza.

—¿Por qué me andas buscando?

—¿Te acuerdas de aquella bromita de hackear los hospitales de Los Ángeles y «pescar» en las bases de datos los de todas las mujeres a las que les han implantado el Nomyra? Pues lo he logrado.

—¡Qué grande eres! —exclama saltando encima de la cama.

—Y he enviado a sus contactos el cuestionario que habías elaborado.

—¡Eres un genio, Michelle, gracias, gracias, gracias!

—Solo quería que supieras que durante las últimas cuarenta y ocho horas ya han llegado a mi buzón dos mil cuatrocientos setenta y dos cuestionarios. No, perdona, setenta y tres con el que acaba de entrar ahora.

Sofía y yo nos miramos atónitos.

—¡¿Cuántos?!

—Dos mil cuatrocientos setenta y cuatro —nos informa Michelle, actualizando el dato en tiempo real.

Sofía se muerde el labio, pensativa.

—¿Qué aforo tiene El Cielo Club? —me pregunta.

—Puede que necesitemos un local más grande.

—Gracias, Michelle. Ahora hemos de pensar cómo proceder. Te llamo pronto —se despide Sofía.

—Ah, Hayden —me dice Michelle por el micro del teléfono—, tu coeficiente de curvatura respecto al modelo de interfaz posterior tiene una definición excelente.

—¿Qué ha dicho? —pregunto.

Sofía se encoge de hombros.

—No tengo ni idea.

—Que tienes un culo estupendo —traduce Michelle antes de colgar.

—En eso estoy de acuerdo con ella —concuerda Sofía—. En cuanto a los cuestionarios, parece que tenemos mucho trabajo por delante.

Me mira con cara de pena, y solo necesito un segundo para descifrar su expresión.

—Volvemos a Los Ángeles, ¿verdad?