70. Sofía
Sofía
S ubidos en un jeep descapotable que conduce Hayden a través de senderos que discurren entre bosques de palmeras, llegamos a una villa frente al mar, con playa privada y todo. No se me escapa la placa con la inscripción West Crown Diamond en la verja.
—Es toda para nosotros el tiempo que queramos —me dice, tendiéndome la mano para ayudarme a bajar.
—Espera, ¿esta es la famosa villa familiar donde celebraste tu fiesta de graduación de la que tanto se habló? —le pregunto.
—Y a la que no viniste —me recuerda.
—Mi orgullo me impidió aceptar —le respondo—. Maldito orgullo.
—¿Aceptarías ahora? —me pregunta, señalándome la entrada.
—Mi orgullo y yo estaríamos encantados —afirmo mientras lo sigo—. Pero no pretenderás hacerme creer que todo esto es improvisado y que saliste llevando contigo las llaves de la casa de vacaciones.
—De hecho, no tengo las llaves —me dice y, tras acercar el pulgar derecho a un pequeño recuadro negro que hay junto a la puerta, esta se abre con un clic.
Claro, es un escáner de huella digital.
Dejamos los zapatos en la entrada y Hayden me acompaña a dar una vuelta por la casa. Ambos vamos con los pies descalzos sobre el reluciente parquet.
La villa me deja boquiabierta. Es magnífica y desborda elegancia: la casa es de una sola planta cuadrada, y todas las habitaciones dan a un jardín interior con una fuente en la que flotan nenúfares.
Con todos los ventanales abiertos por los cuatro costados, uno tiene la sensación de que no hay paredes, como si formara parte de la naturaleza que la rodea.
El gran salón da a un patio, y una larga piscina sin fin hace imposible discernir dónde termina la piscina y dónde empieza el mar.
Un mar que, por cierto, es del mismo color que los ojos de Hayden.
Él camina detrás de mí, cogiéndome de la cintura y besándome los hombros.
—Aquí podemos ser solo nosotros dos, sin problemas, investigaciones, conflictos familiares… Solo tú y yo. Tú y yo, y nada más.
Con el dedo índice y el anular, tira de los extremos de mi vestido, que me he anudado para cubrirme, como si fuera un peplo, y la tela, exhausta después de haber sufrido tanto, se desploma en el suelo.
—Y, tal como te dije, aquí no necesitamos ropa.
Tras lo cual me coge en brazos y baja los peldaños de la piscina, mientras el espejo del agua crea ondas alrededor de nuestros cuerpos y nos envuelve con su calidez.
—Pero si está…
—Templada, sí. Y aquí no tendrás que contenerte cuando grites de placer, porque no tenemos vecinos en varios kilómetros a la redonda.