Escándalo en Hollywood 69. Hayden
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69. Hayden

Hayden

S i pudiera, quisiera seguir mirando a Sofía, que ahora duerme desnuda, boca abajo, sobre la cama deshecha, pero no me es posible.

La despierto besando cada centímetro de su espalda hasta el cuello, y, cuando llego al punto detrás de la oreja que sé que la vuelve loca, ella deja escapar un gemido capaz de encenderme el alma y hacer que arda en el infierno.

—Acabamos de aterrizar, Sofía —le susurro al oído—. Es hora de bajarse.

Abre apenas los párpados, y la luz le hiere los ojos, de modo que al instante los cierra de nuevo.

—Es de día.

—Tu perspicacia resulta infalible —le comento en broma y la obligo a girarse. Su rostro somnoliento, con sus facciones relajadas y los labios enrojecidos por todos los besos que nos hemos dado, acaba de convertirse en mi nueva visión preferida.

—Entonces de verdad que hemos estado volando toda la noche —constata con voz culpable—. Hemos emitido la misma cantidad de CO 2 que una central eléctrica.

—Chissst… —le digo, acallándola con un beso, y le paso su vestido hecho jirones.

—Estamos sin vestir —constata Sofía, buscando el modo de cubrirse con lo que tiene.

—No importa, hoy no necesitamos ropa.

Ella frunce sus cejas oscuras.

—¿No la necesitamos?

—¿Recuerdas nuestro plan: tú y yo, playa y mar?

—¿Cómo olvidarlo?

—Pues bajemos y no perdamos ni un segundo más.

—En eso te equivocas, Hayden —me susurra Sofía acercando la boca a mi oído—: Tú y yo no hemos perdido nunca el tiempo, y mucho menos esta noche.

El piloto y la tripulación nos saludan impasibles, pues no en vano parte de su trabajo consiste en no ver ni oír nada de lo que sucede a bordo, y en ese momento Sofía, sonrojada y mirando al suelo, agradece su profesionalidad.

—Nunca me habían hecho un paseo de la vergüenza en un Aeroscape Legacy —me dice por lo bajo con una sonrisa.

—Tú, hasta el paseo de la vergüenza lo haces con estilo —le replico.

En cuanto pone un pie en la escalerilla, al llegar a la puerta del avión, Sofía se queda paralizada.

—Perdona, Hayden, pero yo diría que esto no es el aeropuerto de Los Ángeles.

—En efecto, no lo es —le confirmo—. Cuando te quedaste frita, entre el segundo y el tercer asalto, si no recuerdo mal, me tomé la libertad de pedirle al piloto que cambiase de rumbo. Bienvenida a Hawái, Sofía.